martes, 30 de octubre de 2012

LIBRO DE JORGE CASTAÑEDA RECONOCIDO DE INTERÉS POR LA LEGISLATURA RIONEGRINA.

 

El libro de escritor patagónico Jorge Castañeda, de la localidad rionegrina de Valcheta, mediante un proyecto de la Legisladora Provincial del bloque progresista CC-ARI Magdalena Odarda, logró  que sea declarado de interés "cultural, educativo y social.
Jorge Castañeda ha recibido por su extensa trayectoria literaria  una gran cantidad de premios y distinciones dentro y fuera del país. Tiene en su haber varios libros publicados y ha participado en numerosas antologías literarias, como así también ha colaborado escribiendo en varios diarios y revistas.
Entre sus libros se encuentra "Pilquiniyeu en un chancho que vuela", que es una novela corta de no ficción, sobre Pilquiniyeu del Limay, que tiene como protagonistas a la cultura de los diferentes pueblos pre-existentes apartada cada vez más por los efectos de la globalización.
Jorge Castañeda ha sido distinguido junto a otras personalidades por la Honorable Legislatura como "Ciudadano Ilustre de Río Negro".
 

domingo, 28 de octubre de 2012

UNA MUJER DIFERENTE.

 
Desde el primer día comprobé que eras diferente. Fue por eso que las vecinas del barrio comenzaron a tejer historias sobre tu vida.
No soportaban tu sonrisa siempre a flor de labios. Vivías como ellas en un barrio pobre, donde la lluvia dibujaba lodazales en cada esquina. Seguro que te molestaban los gritos de los chicos, que no perdonaban ni los domingos. Sin embargo nunca protestabas.
Ellas te espiaban escondidas tras las persianas, salías todas las mañanas y regresabas por la noche con la misma amabilidad, saludando a todos. Un día escuché a una de las vecinas decir:
-¿Pero a esta mujer nunca le duele la cabeza?
-Parece una Barbie –acotó otra.
-Si, pero de plástico, ¿Quién sabe a qué se dedica la mina esta? –sentenció la tercera.
Cuando el farmacéutico, el único soltero buen mozo que quedaba en la cuadra, comenzó a visitarte, ellas enfermaron de celos. El día que te vieron salir de su brazo, la envidia las carcomió, esperaron hasta pasada la medianoche para verlos regresar.
Cada día, una de ellas visitaba la farmacia y dejaba su gotita de veneno en los oídos del pobre hombre. Hasta que un día, él, dejó de visitarte. Cambiaste, ya no sonreías, tus ojos estaban siempre ocultos tras tus anteojos negros.
Los años pasaron, vos te fuiste del barrio, la farmacia cerró y según me contaron el farmacéutico se fue a Chile.
Ellas siguieron su vida de miseria, tan vulgares como los yuyos que brotaban en el cordón de la vereda.
Yo crecí, pero no olvide ni tu cara ni tu sonrisa.
Por eso, cuando te vi paseando por el centro de Buenos Aires, del brazo del farmacéutico, me sentí muy feliz y ante la cara extrañada de los transeúntes me largué a reír como una loca.
SIMPLEMENTE ME ENCANTÓ.
APLAUSOS PARA LA AUTORA: 

viernes, 26 de octubre de 2012

GLOSA - JORGE MANRIQUE.


A su mote que dice: "Ni miento ni me arrepiento"

Ni miento ni me arrepiento,

ni digo ni me desdigo,

ni estoy triste ni contento,

ni reclamo ni consiento

ni fío ni desconfío;

ni bien vivo ni bien muero,

ni soy ajeno ni mío,

ni me vengo ni porfío,

ni espero ni desespero.


Fin


Conmigo solo contiendo

en una fuerte contienda,

y no hallo quien me entienda,

ni yo tampoco me entiendo;

entiendo y sé lo que quiero,

mas no entiendo lo que quiera

quien quiere siempre que muera

sin querer creer que muero.

miércoles, 24 de octubre de 2012

DESPEDIDA... CHAU NÚMERO TRES DE MARIO BENEDETTI.



CHAU NÚMERO TRES
MARIO BENEDETTI.
Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres
sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo derrotando imposibles
segura sin seguro
te dejo frente al mar descifrándote
sola sin mi pregunta
a ciegas sin mi respuesta rota
te dejo sin mis dudas pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía
pero tampoco creas a pie juntillas todo
no creas nunca creas este falso abandono
estaré donde menos lo esperes
por ejemplo en un árbol añoso
de oscuros cabeceos
estaré en un lejano horizonte
sin horas en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra
estaré repartido en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen
y ojalá pueda estar de tu sueño
en la red esperando tus ojos
y mirándote.

lunes, 22 de octubre de 2012

Frente al mar ALFONSINA STORNI.


Oh Mar, enorme mar, corazón fiero
de ritmo desigual, corazón malo,
yo soy más blanda que ese pobre palo
que se pudre en tus ondas prisionero.

Oh mar, dame tu cólera tremenda,
yo me pasé la vida perdonando,
porque entendía, mar, yo me fui dando:
"Piedad, piedad para el que más ofenda".

Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
Hazme tener tu cólera sin nombre:
Ya me fatiga esta misión de rosa.

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
me falta el aire y donde falta quedo,
quisiera no entender, pero no puedo:
es la vulgaridad que me envenena.
Me empobrecí porque entender abruma,
me empobrecí porque entender sofoca,
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.

Mar, yo soñaba ser como tú eres,
allá en las tardes que la vida mía
bajo las horas cálidas se abría...
Ah, yo soñaba ser como tú eres.

Mírame aquí, pequeña, miserable,
todo dolor me vence, todo sueño;
mar, dame, dame el inefable empeño
de tornarme soberbia, inalcanzable.

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.

Y el alma mía es como el mar, es eso.
Ah, la ciudad la pudre y equivoca
pequeña vida que dolor provoca,
¡Qué pueda libertarme de su peso!

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
debió ser una arteria incontenible
y apenas es cicatriz que siempre duele.

sábado, 20 de octubre de 2012

SEMEJANZAS - POEMA DE RAFAEL OBLIGADO.

 
 
Brisa que en medio de la selva canta,
apacible rumor del oleaje,
es el susurro de su blanco traje
al deslizarse su ligera planta.

Luz de la estrella que al caer la tarde
de moribunda palidez se viste,
es el reflejo cariñoso y triste
que en los cristales de sus ojos arde.

Luna del seno de la mar naciente,
que va escalando, en silencioso vuelo,
y con tranquila majestad, el cielo,
es el relieve de su tersa frente.

Plácido arrullo, que ocultar no sabe
de la paloma la ignorada pena,
y en el silencio de los bosques suena,
es la armonía de su voz suave.

Cielo sin nubes que a la tierra envía
la luz y el fuego de su sol fecundo,
cielo sin nubes de un azul profundo,
es el cariño de la amada mía.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Va FANTASMAS DE MARIANO GIAMMONA.

Nueva entrega de este escritor patagónico
¡que lo disfruten con creces!


FANTASMAS.

Recuerdo como si fuera hoy a ese cascarón de madera que estaba al pié de la barda y que mi primo Paolo al verlo no dudó en calificarlo de antigüedad digna de un museo romano. Aún conservaba sus vidrios sanos, salvo uno que estaba rajado al medio. Después vinimos a saber que “Tito” el puestero de toda la vida de ese campo, lo había instalado allí para no ahogarse –decía-, en la gran inundación de mediados del siglo pasado. Se acostaba  en el interior de esa cabina desvencijada de tractor. Solo le quedaban afuera los pies y adentro dormía en las noches recostado  en su recado. La vieja casona con piso y paredes de barro quedaba unos trescientos  metros hacia el este, y allí  vivía de día cuando podía ver el avance de las aguas.

Con Paolo pasamos frente a el y seguimos camino al río que estaba retirado unos dos o tres kilómetros. El campo nos gustó y sacando cuentas pensamos que podríamos comprarlo, y así lo hicimos.

Decían que la casa  estaba embrujada. Solo Tito era capaz de dormir en la lúgubre edificación. 

Tenía cuatro habitaciones de cinco por cinco, y vivía solo…,  nadie lo quería acompañar, cuando llegaba la noche todos se iban.  El ruido de cadenas, platos lavándose y puertas crujiendo,  hacían poner los pelos de punta al más valiente.

El ruido era siempre en las habitaciones vecinas, nunca en la propia.

Tito era un buen hombre, pero nosotros queríamos que se hiciera cargo un hermano suyo, de nombre Luis.  Se fue de mala gana, pero después se le pasó  la bronca y tuvimos una relación bastante  normal.

Un día llegando para almorzar, Luis se asomó desde la barda y vio  espantado una gran humareda alzándose desde dentro del tamariscal donde estaba el rancho. De un galope bajó esos ochocientos metros y abriendo la puerta de la cocina incentivó sin querer la combustión.

Todo se quemó, nada salvó…,  solo la ropa que tenía puesta,  el facón que llevaba encima y el recado del oscuro. Allá salimos, desde Regina con mi señora a llevarle algo… desde un tenedor, hasta  calzoncillos,  colchón  y   frazadas.

Su desánimo era total…. mateaba en silencio con la bombilla nueva y ni convidaba…. En un momento se recompuso y exclamó…,parándose ligero.... ”bueno ché… por lo menos este fuego debe haber quemado al diablo…porque en esta casa no se podía ni dormir…”…  “pero afuera quedan varias…espero  que el humo también las haya  espantado”, decía  en su consuelo.  Yo me quedé pensando que otras  creencias habría…

Pasaron algunos años. Un día charlando con Tito, me dijo… “no te habrá querido contar… fíjate que para Semana Santa los perros a las doce de la noche todos aúllan apuntando el hocico para el lado de la tapera del río… Dicen que es porque aparece  el fantasma de la mamá del chico que se le ahogó en la orilla.  Ella se ahorcó con la cadena del perro al ver a su niño muerto, y cada semana santa aparece allí y los cuzcos  se vuelven locos acá. Al fantasma yo no lo vi, pero que los perros aúllan te lo puedo asegurar.  La otra cosa que tampoco te contó –seguro para no asustarte-, es que algunas noches baja una luz potentísima desde la barda, por el camino,… parece un reflector enorme que apunta hacia la casa, pero que cuando llega a la tranquera, después de la cabina, dobla hacia la loma y desaparece. Eso yo lo vi… y varias veces. Al otro día le vas a sacar rastro, y nada… no hay un solo rastro, parece cosa é mandinga ché”.

“Este campo tiene las suyas… viste…, hasta el nombre…”La Sirena”, sabés por qué?. 

No, -rápido contesté-, bueno…, cuentan que en una gran inundación, los antiguos se asomaban de la barda para ver todo este valle tapado por las aguas desbordadas, y vieron allá abajo, en dirección a los bañados, la figura de una mujer subida a la copa de un gran tamarisco, pidiendo auxilio. Nada pudo hacer ninguno… era un mar de agua y solo se veía algún árbol que otro  asomado a la superficie. No se sabe si la mujer se ahogó o se murió de hambre, pero lo que si decía la gente que su fantasma es bueno y no como el de la costa que hace aullar los choscos.  En fin ché… me voy a dormir”.

Pasaron varios años.    Para esto Luis ya no trabajaba más conmigo. En una confidencia un día me había contado lo de la luz  y lo de la mujer ahorcada. Fueron varios los nuevos empleados que me contaron las mismas historias…- pensé se la pasan de uno al otro, es por eso que todos dicen lo mismo-.

Era un día de abril y llegaba a ver como andaba mi nuevo encargado. En la tranquera me estaba esperando.

Y viste –me dijo- descubrí la luz, esta noche si aparece te  cuento, si te animás…,-reía-

Tarde, después de cenar,  partimos fusil en mano en dirección a la tranquera. Era una noche clara y la luna estaba remontada arriba de la barda en la meseta. No había ninguna luz.  Nos acercamos a la tranquera… los perros nos seguían en silencio. Quedamos esperando parados, como atornillados al  poste…

De repente, un haz de luz nos encandiló de golpe. Yo instintivamente puse el dedo en el gatillo del viejo  Mauser, y un escalofrío recorrió mi cuerpo…

A  mi me pasó lo mismo me dijo, y casi empiezo a los tiros…

Y como si fuera un filósofo comenzó a explicarme:  ….”.no ves que es la luna que en un punto de su recorrido hacia el oeste le pega al vidrio de la cabina vieja y nos apunta directo a los ojos?”  “Fijate que en un ratito nomás va a salir del ángulo pareciendo que dobla a la derecha, por eso se pierde el rastro...”,  Razonable pensé…, pero a pesar del frío no paraba de  transpirar.

Vamos, la ginebra nos espera…propuse.

Miré el reloj y era media noche… Los perros que hasta entonces estaban en silencio comenzaron todos a aullar al mismo tiempo…apuntaban  a la tapera del río….  era viernes …y de Semana Santa!!!.

Junté coraje y le dije…. Vamos a ver???

No jodás me contestó…los perros saben…!!

Este cuento de Mariano Giammona fue publicado en "El Globo de Villa Regina".
El correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor: mgiammona2002@hotmail.com

lunes, 15 de octubre de 2012

LA DAMA DE BLANCO de JORGE CASTAÑEDA.


 
LA DAMA DE BLANCO.


Por mi propia formación nunca he sido un hombre de exagerar situaciones ni de creer en fantasmas ni aparecidos. Eso sí, siempre he sido respetuoso de las creencias de los demás. Y antes que hablar más me gusta escuchar.

Estoy orgulloso de mi trabajo cuando presté servicios en la Policía de Río Negro. Pocos se podrán imaginar que esta profesión tiene muchos sinsabores y algunas pocas satisfacciones, sobre todo cuando uno se ha esforzado por hacer las cosas bien.

Y también que por los traslados, que generalmente se producen cada dos años, a pesar del perjuicio que ocasionan a la familia, tienen de positivo que uno se enriquece conociendo muchos lugares, personas y costumbres. Ciudades, pueblos chiquitos y hasta parajes perdidos en la meseta patagónica, en los que hay que hacer de todo, desde juntar leña, carnear algún animal para la comida, traer un enfermo al pueblo y a veces hasta oficiar de partero donde no hay centros asistenciales.

Después de trabajar en la comisaría de Bariloche, sorpresivamente, como habitualmente se hace, un día recibí el radiograma donde desde la Jefatura se ordenaba mi traslado a un pequeño lugar de la Línea Sur conocido como Sierra Pailemán, a casi sesenta kilómetros de Valcheta, un hermoso pueblo éste que ya conocía por haber pasado alguna vez.

Siempre me interesó conocer la historia de cada lugar y preguntando me enteré que Pailemán quiere decir en lengua mapuche “cóndor echado de espaldas”. Pero yo miraba el cielo y nunca  veía un cóndor, hasta que muchos años después en ese paraje un programa llamado “Desde los Andes al mar” los reinstaló allí con todos los cuidados.

Estaba habituado a los rigores del clima patagónico, pero en Pailemán los inviernos son realmente muy crudos con temperaturas de muchos grados bajo cero y los veranos sumamente calurosos.

El paraje es muy bonito y su gente muy buena. Hay algunas plantaciones de frutales y siempre  algún asado está aguardando, es que no hay muchas diversiones para que los pobladores se puedan entretener en sus horas libres.

Yo tenía en aquellos años una camioneta Ford F 100, porque en el campo hay que tener vehículos fuertes, nobles y de mecánica sencilla para andar entre los pedreros y las rutas de ripio. La 23 todavía no estaba pavimentada como ahora.

Como me hacían falta algunas provisiones tomé la decisión de viajar hasta Valcheta para comprar sobre todo verduras frescas y algo de indumentaria, entre otras cosas.

Salí temprano de Pailemán y cosa rara esta vez viajaba solo, no tenía ningún acompañante que necesitara viajar al pueblo por alguna necesidad.

Siempre me gustó mucho pensar. Y en este oficio de policía había visto muchas cosas y pasado por situaciones donde había que demostrar cierto coraje y valentía. Sin embargo…

Venía con estas cavilaciones cuando en la primera tranquera veo a una figura humana que estaba esperando seguramente que alguien la lleve hasta el empalme con la 23.
Voy aminorando la marcha y distingo a una señora que portaba una especie paraguas y  estaba vestida de blanco como una dama antigua, situación que mucho no me llamó la atención porque la gente de campo raramente anda a la moda como los puebleros.

Freno, bajo el vidrio, y le pregunto en que la podía servir, si necesitaba algo. Aclaro que en la Patagonia toda la gente en la ruta es más servicial para dar una mano al que lo necesita.

La mujer, cuyo rostro no me llamo mucho la atención porque no era nadie que hubiera conocido, me pidió si no la podía llevar para dejarla en el cruce porque tenía que ir hasta la ciudad de Viedma y allí era más fácil encontrar un  medio de transporte que la deje en su destino.

Yo pensé que a lo mejor la mujer estaba de visita en alguno de los establecimientos cercanos. Por supuesto que accedí a lo solicitado. Me bajé, le abrí la puerta del lado del acompañante y la invirté a subir a la camioneta. La cercanía a su cabello, que llevaba ceñido con una cintita de color, me invadió con una aroma como a violetas, que me hizo recordar un perfume que muchos años antes usaba mi madre.

Cuando me acomodo nuevamente al volante de la Ford, mi oficio de policía siempre despierto, advirtió nuevamente en la rareza del vestido de la dama, en el aroma a violetas que exhalaba su cabellera, en el extraño paraguas cuando el día estaba completamente despejado y en especial un detalle muy particular, que a cualquiera lo haría sospechar: no llevaba ningún equipaje. ¡Qué cosa más rara!

Al hacer menos de una legua y atento al camino que estaba en muy malas condiciones, intrigado quise hacerle algunas preguntas para aclarar el misterio, pero cuando miro a mi lado: ¡No había nadie! ¡La misteriosa dama de blanco se había esfumado en el aire! ¡Estaba yo solo en la cabina de la camioneta!!

Y allí a pesar de mi formación policial, tuve miedo, mucho miedo. Y comencé a temblar. Ni siquiera podía controlar mis movimientos y solamente me aferraba al volante imprimiendo al acelerador una velocidad desacostumbrada para mí.

Algo más calmado llegué a Valcheta. Pero ¿qué hacer?  ¿A quién contarle mi historia?  ¿Al Comisario?  Me tomarían seguro por un fabulador o lo que es peor por un insano y hasta me podía costar un sumario.

Pasaron los días y los años y nunca perdí del todo el miedo a los caminos solitarios. Después, mucho después, en alguna guitarreada donde también se hablaba de luces malas, de aparecidos y de fantasmas, un viejo poblador para mi sorpresa comenzó a mentar la desventura de la “dama de blanco” que se aparecía en la primera tranquera de Pailemán. Y explicaba que fue la dueña de un  establecimiento de campo que había heredado y que siempre vio siempre frustradas sus ganas de irse del paraje para regresar a su ciudad, muriendo y siendo allí y siendo sepultada en el mismo.

Y es por eso que  su fantasma en algunas ocasiones hace dedo en la ruta para irse del lugar y cumplir de alguna forma los sueños que estando en vida no pudo concretar.

Han pasado los años, yo ya estoy retirado del servicio activo, pero a veces cuando me invaden los recuerdos de tantas cosas vividas, me viene a la memoria la figura de la dama de blanco y su paraguas, parada haciendo dedo en primera tranquera de Sierra Pailemán.

Jorge Castañeda escritor patagónico - Valcheta (pcia. de Río Negro), Patagonia Argentina.

sábado, 13 de octubre de 2012

Despedida - Autor: Jorge Luis Borges.


Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.
No habrá sino recuerdos.
¡Oh tardes merecidas por la pena!
Noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo....
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.


jueves, 11 de octubre de 2012

Canción Para Carito. Sentado solo en un banco en la ciudad.

Canción Para Carito es un Chamamé de Antonio Tarragó Ros y León Gieco.



Sentado solo en un banco en la ciudad
Con tu mirada recordando el litoral
Tu suerte quiso estar partida
Mitad verdad, mitad mentira
como esperanza de los pobres prometida

Andando solo bajo la llovizna gris
Fingiendo duro que tu vida fue de aquí
Por qué cambiaste un mar de gente
Por dónde gobierna la flor
Mirá que el río nunca regaló el color.

Carito, suelta tu pena
se haga diamante tu lágrima
entre mis cuerdas
Carito, suelta tu piedra
para volar como el zorzal
en primavera ...



En Buenos Aires los zapatos son modernos,
pero no lucen como en la plaza de un pueblo
Dejá que tu luz chiquitita
hable en secreto a la canción,
para que te ilumine un poco más el sol


Cualquier semilla cuando es planta quiere ver,
la misma estrella de aquel atardecer
que la salvó del pico agudo
refugiándola al oscuro
de la gaviota arrasadora de los surcos


Carito, yo soy tu amigo,
me ofrezco árbol para tu nido
Carito, suelta tu canto
que el abanico en mi acordeón
lo está esperando.

miércoles, 10 de octubre de 2012

MIS PUEBLOS DEL SUR - HUGO GIMÉNEZ AGUERO.

MIS PUEBLOS DEL SUR.
                 
Saliendo en el tren desde Ingeniero Jacobacci a Bariloche, la vida afuera entre mesetas y cañadones es como un pájaro sin plumas, como un chorrillo seco, como un rancho sin techo, es como un eterno cuadro de Juanito Laguna, al que ningún pintor podría copiar.
                         
Por los lejanos pueblitos del sur
Vi la miseria saludando al tren
Que a veces pasa dejando la luz
De la esperanza.
Rancho de adobes capilla sin cruz
Ojos pequeños queriendo volar
Manos al aire como de papel
A la distancia.
Azul al viento los pueblos del sur
Son casi nada y acaso un tal vez
Donde la gente cuando pasa el tren
En su silencio se marcha con él.
       
Es el mallín de la vida el dolor
Como estampita pegada en la piel
Que a veces trae un cachito de luz
Pero no alcanza.

A quien le importan mis pueblos del sur
Ya nadie baja cuando pasa el tren
Llegó el olvido dejando hacia atrás
La pobre gente.
Azul al viento los pueblos del sur
Son casi nada y acaso un tal vez
Donde la gente cuando pasa el tren
En su silencio se marcha con él.

lunes, 8 de octubre de 2012

LA NEVADA DEL ´48 de SILVIA ANGÉLICA MONTOTO DE LÁZZERI.

UN CUENTO DE SILVIA ANGÉLICA MONTOTO DE LÁZZERI.
 
ESCRITORES PATAGÓNICOS.
 
 
LA NEVADA DEL ´48.
Fue en julio de 1948.

La tarde ya estaba promediando y el viejo Antonio no lograba llegar al rancho con la carga de leña que había ido a buscar al monte apenas amanecía.

-¡Vamos Pichuco, Luna!- les gritaba a las bestias, azuzándolas con el látigo que dibujaba en el aire su propio cansancio.

-Están viejos ya, ¡Qué más puedo pedirles a estos pobres matungos!-pensó- Bastante me han dado.

Sin embargo Antonio sabía que necesitaba un esfuerzo más.

Una tormenta de nieve se avecinaba por el Este y él conocía lo que eso significaba.

Apenas pudo cargar medio carro con raíces y ramas de piquillín y matasebo. El Turco Abdala ya se lo había advertido: -La última carga que ti doy. Turco ya ser demasiado generoso con paisano Antonio. El campo es de Abdala y de aquí no se saca un tronco más. ¿Me entiendí Usté?

¡Vaya si lo había entendido! Sabía que de ahora en más la escopeta del turco estaría alerta. No era hombre de promesas vanas, y un gesto amargo asomó a su rostro curtido por el viento.



¡Vamos Pichuco…fuerza Luna!...

Los animales subían sudorosos la última cuesta. Babeantes sus fauces, opacos sus ojos, y sobre las costillas, las varas pelándoles el cuero. La silueta del rancho asomó por fin en la lejanía. Un hilito de humo, como un suspiro agónico se elevaba desde la chimenea.

-Se están yendo las ultimas leñitas –pensó- ¡La pucha que duran poco!



En el rancho, arrebujada bajo las mantas y el quillango de zorro, estaba la Carmen, apagándose lentamente como los últimos destellos del piquillín en la chimenea.

Hacía 15 días que Antonio había terminado la changuita que, más por lastima que por necesidad, le había dado el vasco Wenceslao en la estancia. En el fondo del tarrito que hacia las veces de alcancía, sonaban apenas las últimas monedas.

Llegó finalmente al puesto y arrimó el carro al cobertizo donde almacenaba la leña. Desató los caballos y los llevó al bebedero.

En los ojos de Luna, esa yegüita alazana que por tantos caminos lo había acompañado sin desmayos, Antonio creyó leer un gesto de agradecimiento.

Pasó la mano por su grupa y arrimando su cabeza a la de la bestia le susurró en la oreja -¡Gracias Lunita,… Ud. sí que es una hembra guapa y linda!-… ¡No se me ponga celoso Pichuco que Ud también tiene lo suyo amigo!...-agregó, acariciando al otro animal.

Al cruzar el patio para entrar al rancho, una bandada de gorriones voló a baja altura. -¡Estos espían la tormenta!- pensó- ¡De seguro no pasa de esta noche!.



El rancho estaba frío y húmedo. Una capa de humo cortaba el aire. En el fogón, los últimos rescoldos parecían ojos de gatos en la oscuridad.

Un bulto casi imperceptible en un rincón de la única pieza del ranchito se movía apenas, era el cuerpo de la Carmen. Su brazo colgaba a una costado del camastro sarmentoso y seco como un tronco de viña.

Antonio le arrimó un vaso de agua a los labios resecos por la fiebre. La mujer apenas abrió los ojos.

-¿Se acuerda Carmencita cuando la traje pal`rancho? Era como en noviembre y los neneos estaban verdecitos. Yo le hice un ramo de lágrimas de la Virgen y se los puse en el escote…¡Qué vergüenza tenía mi novia, y yo estaba orgulloso con mi paisanita nueva…

-¿Cuántas nevazones habrán caído desde entonces? ¡Vaya uno a saber, ya ni me acuerdo!



Antonio descargó luego la leña y la acomodó en el cobertizo. Acarreó unas brazadas para el rancho, encendió la hoguera y cocinó el pan en el horno de barro.



Era medianoche cuando empezó a nevar, sólo se oía el sonido apagado de los copos al caer sobre el techo.

Antonio no tenía sueño, estaba inquieto por la Carmen que se quejaba y se revolvía en el camastro.

Sentado junto al fuego el resplandor de las llamas iluminaba su rostro ajado, con los ojos abiertos en la noche, viajaba en el infinito tren de los recuerdos.

Hacía treinta años que había venido por primera vez a los pagos de Colitoro para la esquila en la estancia de Wenceslao. Era verano, los neneos reventaban de capullos y el aroma inconfundible del campo esparcido en la brisa, llenaba sus jóvenes pulmones, mientras pensaba en aquella muchacha del pueblo que le había robado el corazón.

Antonio trabajó duro, no podía presentarse ante la Carmencita con pretensiones de casorio sin una moneda en el bolsillo, porque si era grande su amor, más grande era su orgullo.

A fuerza de sacrificios logró su objetivo.

Juntos levantaron el rancho, prepararon la huerta, criaron gallinas y conejos, compraron una vaquita y algunos chivos que Antonio vendió en el pueblo, con lo que vivían felices.

Al año nació el Jacinto, su único hijo al que criaron lo mejor que pudieron.



El muchacho, sin embargo, salió de mala entraña: Rebelde, pendenciero y haragán. Poco a poco se alejó del rancho.

-¡Déjalo que se curta mujer, que sepa lo que es la vida!- le decía Antonio para consolar a la pobre madre que vivía penando.



Y el Jacinto encontró el destino que había buscado…

La policía lo encontró cuatrereando a unas leguas del puesto y lo mató sin asco al desobedecer la orden de alto.

Con sus propias manos Antonio lo enterró en el fondo del patio, con las mismas manos callosas que habían trabajado sin descanso para hacerlo un hombre derecho.

La Carmen no se repuso más de aquel duro golpe. Junto a su hijo se habían ido todas sus alegrías.

En vano fueron los esfuerzos de Antonio quien no pudo volver a arrancar jamás una sonrisa de aquel rostro amado.



Casi amanecía…el fuego se había apagado. Apenas reverberaban algunos tizones. La nieve seguía cayendo cada vez más densa, cada vez más callada, moldeando los contornos irregulares del campo: ramas espinosas, redondeados coirones como copos de algodón y en esa inmensidad de soledades, en esa etapa blanca e infinita, el ranchito, como un mojón, donde un hombre y una mujer se consumían lentamente en aquel invierno del 48.

Homenaje a mi gente querida de la Línea Sur, que tanto vi sufrir en mis días de infancia en aquel invierno del 48.
 

Silvia  Angélica Montoto de Lazzeri, tiene en su haber publicados varios libros de poemas y cuentos.  De los libros de cuentos está  "Otro gallo cantaría y otros cuentos" de Editorial La Lámpara, 2004 cuando decidió darle una tregua a sus inspiraciones poéticas para dar paso a los cuentos. Este libro incluye cuentos que los denomina "Cuentos urbanos" y "Cuentos rurales".
"La nevada del ´48" está inspirado en vivencias del crudo invierno en postergada Linea Sur Rionegrina, páginas 85 al 89.
 



 

sábado, 6 de octubre de 2012

"ZAMBA DE LOS MINEROS" un poema del salteño Jaime Dávalos y la música nuestro inmortal “Cuchi” Leguizamón

Pasaré por Hualfín
Me voy a Corral Quemao.
A lo de Marcelino Ríos
para corpacharme con vino morao.

Yo soy ese cantor
nacido en el carnaval
minero de la noche traigo
la estrella de cuarzo de Culampajá.

La zamba de los mineros
tiene solo dos caminos
morir el sueño del oro,
vivir el sueño del vino.

Me voy a Pirquinay
Veta del Culampajá
cuando a mi me pille la muerte
tan solo esta zamba me conocerá.

Molino de Maray
que mueles con tanto afán
mientras otros muelen el oro
Marcelino Ríos su uva molerá.

La zamba de los mineros
tiene solo dos caminos
morir el sueño del oro,
vivir el sueño del vino.

“Zamba de los mineros” es un poema del salteño Jaime Dávalos y la música nuestro inmortal “Cuchi” Leguizamón "el abogado sin pleitos" quien decía: "Llevo mi tierra desde el taco de mi zapato al corazón".
Zamba de los mineros es un ícono de las zambas argentinas, una de las 82 creaciones registradas en SADAIC por el Cuchi Leguizamón. 
Zamba de los mineros que ha sido cantada por grandes intérpretes  del cancionero popular argentino como Mercedes Sosa,  Chito Zeballos, Jorge Cafrune, Bruno Arias, Chany Suárez, Patricio Jiménez, Enrique “Chichí” Ibarra, el Dúo Coplanacu, Juan Falú y tantos otros.
La zamba que se convirtió en el “himno de los mineros” y en tal sentido se la canta en muchas de las peñas que se realizan en los congresos o reuniones geológicas.
¿Cómo nació Zamba de los mineros?
Dicen que Don Jaime Dávalos fue invitado por amigos mineros salteños que habían hecho contrato para explotar las minas de oro de Culampajá en Catamarca.En una estanciera de la época viajaron por Cafayate, Santa María y Hualfín hasta Corral Quemado, en una travesía que duraba al menos un par de días. En Corral Quemado hicieron campamento en el almacén de ramos generales de don Marcelino Ríos. Los mineros partieron hacia la montaña y Jaime Dávalos decidió permanecer allí el tiempo que durara la misión.
Dicen que el paisaje, las historias del oro que contaban los parroquianos que acudían a la pulpería de Marcelino y el rico vino morado, lo fueron inspirando para escribir una zamba al gran Jaime Dávalos.
Y así nacieron estos versos:
“Pasaré por Gualfín / me voy a Corral Quemao / a lo de Marcelino Ríos / para corpacharme con vino morao”.
“Yo soy ese cantor / nacido en el carnaval / minero de la noche traigo / la estrella de cuarzo del Culampajá”.


jueves, 4 de octubre de 2012

LA CHICHARRA CHOCHA de José Solís Pizarro.

 

Este poema "descubierto hace unos minutos" es del salteño José Solís Pizarro (que tampoco lo conocía... ¡Cuánto por conocer y aprender queda en esta vida!).

José Solís Pizarro tenía 16 años cuando creó este inusual camposanto en el patio de su casa bajo una arboleda de frondosos laureles.No podía ver una ave muerta tirada en el campo…él la levantaba y le daba sepultura.La entrada al cementerio, que limita con un corral donde se amansan caballos, tenía una tranquera flanqueada por dos anchos pilares de piedras que están pintados a la cal. Ya no tiene la tranquera, y el hueco está protegido por una alambrada.
Debajo de la arboleda, hay un sendero a la par de una acequia que en verano baja con aguas cristalina. Con durmientes de quebracho se hizo un pequeño puente que comunica al cementerio con “El Refugio”, el patio donde se juntaba Solís Pizarro con sus amigos.
En 1975 la Asociación de Cananicultores y Ornitólogos de Salta puso una plaqueta recordatoria cuando el cementerio cumplió 50 años.“Todavía hay gente que viene desde la ciudad y de provincias vecinas a enterrar a sus pájaros. Los traen envueltos en una mortaja y así los sepultan”, explica Analía Pintos de Maruyama, nuera de Atocha del valle.
En el suelo hay lápidas con versos:Volaba de rama en ramaUn amoros jilgueroDonde quedó prisioneroY otra dice:Canta el copleroCanta el vidaleroPero el que mejor cantaEs el chalchalero“ Nunca se dejó constancia escrita de las aves que fueron sepultadas aquí – dice Analía - .
Son centenares, de eso estamos seguros. Aquí vienen los chicos de Atocha todas las semanas a enterrar un pajarito. Y eso tiene de bueno: que los chicos aquí no andan hondeando las aves. Al contrario ellos las protegen. Pero de ahora en más, vamos a llevar un registro de las sepulturas”.Atocha del Valle Solís Pizarro de Maruyama está segura: “los versos que hay pintados en la piedras del cementerio son de mi padre y de los poetas que venían al lugar.
Es una lástima que no los hayan firmado.”Camino a Atocha, pasando el barrio Santa Lucía, hay un barrio muy populoso que lleva el nombre de Don José Solís Pizarro. Sus calles tienen nombres de pájaros, en honor al Cementerio que creó el poeta.
Fuente: http://www.lavozdeatocha.com.ar/#/s13/

Y este poema que parece un trabalengua es ¡magnífico!

La chicharra chocha

de José Solís Pizarro.



Rechoncha la chicharra

chirria chocha,

en un churqui chorco

del país de Atocha.


Chirria pa la chicha

chura de los chicheros,

pa los charquis y el chilcán

de tuitos los chiveros.


Pa los techos de ají

del rancho a quincha,

pa las yeguas chunchas

que relinchan.


Pa los choclos asaos

del gaucho en la mañana,

pa los miches chamuscaos

de la colchana.


Pa los changos

rasquinchos

y tuitos los charangos

lomos de quirquincho.


Pa los nidos de chascas,

pa la guagua chuschenta,

pal machazo coyuyo

chilla más contenta.


Repente en la noche,

la chicharra chocha,

volóse del churqui

del país de Atocha.