Como es costumbre para estas festividades tradicionales de fin de año vienen los deseos de Feliz Año que por estas latitudes australes comienza dentro de unas casi tres horas...
Es mi deseo que tengamos un año nuevo sin contratiempos... se que a pesar de las adversidades que tengamos la buena fortuna y la resistencia para salir adelante y gocemos del respaldo, cariño y el ánimo de nuestros seres queridos.
Que el nuevo año sea de ayuda al prójimo para alivianarles, dentro de lo posible, sus necesidades y que mejoremos a nosotros mismos, valoremos el momento presente de nuestra existencia y agradecer.
¡Mis mejores deseos para este nuevo año venidero y que Dios nos bendiga!
No, la verdad, no, no me puedo quejar ni del bien que recibí ni del mal que me han hecho sufrir No, la verdad no me puedo quejar ya pagué, renuncié y olvidé todo lo que pasé De recuerdos vividos que me hicieron soñar que tal vez confundida con la felicidad Los amores de ayer que el azar me brindó fueron falso placer, todo eso acabó No, la verdad, no, no me puedo quejar ni del bien que recibí ni del mal que me han hecho sufrir No, la verdad no me puedo quejar ya pagué, renuncié y olvidé todo lo que pasé.
Por el año 1987 celebrando los 30° años con la música de la recordada Estela Raval en el programa "Badía y Cía" entre sus grandes éxitos cantó el clásico de la francesa Edith Piaf que grabara en 1962 en la versión en idioma castellano con "Los 5 Latinos".
Me observa desde la puerta del bar. Hay algo en ella que me confunde, deben ser sus ojos, me resultan conocidos, pero no sé de dónde me llega el recuerdo.
Desde hace varias semanas, cada noche, parece vigilarme. A veces se acerca murmurando palabras sin sonido, sólo veo su boca moverse. Su aspecto es el de una mujer perturbada. Será su ropa o ese olor a humo que se desprende de ella, pero con sólo verla me repugna.
Hoy su audacia llegó al límite de mi paciencia. Yo estaba en el bar, esperando buena compañía y ella se sentó a mi lado. Desde una de las mesas, el morocho de la otra noche me hizo señas para que lo acompañara. Me puse de pie para acercarme cuando la vieja, en el colmo de su estupidez, me agarró del brazo y me dijo: “No bebas más, ya no te mantenés en pié.” Mis hombros y mi cabeza se irguieron con furia y le dije: “¿Y a usted qué le importa?” Intenté zafar de su mano y ella siguió: “Estás muy borracha,” dijo. No me soltaba. Levanté el brazo y en el impulso por desprenderme de su garra, trastabillé y caí redonda al suelo. Todos me miraron, se reían, el morocho avergonzado se levantó y se fue. Alguien me ayudó y me acompañó hasta la puerta. Recorrí una cuadra o dos, no sé. Me senté en el cordón de la vereda. Las lágrimas rodaban por mi cara, no lograba vencer el río de furia y alcohol que me subía desde el pecho y se desarrollaba en un llanto inagotable.
Perdí la noción del tiempo. Al reaccionar la vi parada frente a mí, tan andrajosa y maloliente como siempre. “¿Qué querés perra de mierda?” exclamé. No respondió, sólo me miraba. ¿Quién sos vieja sucia? La rabia se hacía dolor en mi pecho y ella seguía imperturbable con su mirada acusadora. Por tu culpa me perdí al morocho, le dije, sabés, la última vez, por dos horas me dio quinientos pesos. Ella no se movió, le pregunté: “¿Qué querés de mí?” Se acercó y con una voz que me pareció conocida, habló suavemente: “Quiero que dejes la vida que llevás, no sólo sos una alcohólica, ahora sos puta”. Me puse de pie, con intenciones de romperle la cara de una trompada… y algo me detuvo, sus ojos claros y esa cicatriz en la barbilla. Me toqué la cara era mi cicatriz, eran mis ojos celestes. “¿Quién sos, vieja podrida?” Pregunté. ¿No lo adivinás? Me miró con lastima.
Tango estrenado por la actriz Olinda Bozán en el teatro "Sarmiento" de Buenos Aires en 1929. En 1930 lo graba la "Orquesta Típica Victor" lo populariza Carlos Gardel, también lo grabaron Ignacio Corsini.
Yira es un modismo, muy usual en la Argentina, del lunfardo.
Se decía YIRA por era la gira a la que se obligaba a los ladrones reincidentes,
por todas las comisarías de la ciudad, para que el personal de ellas los
conocieran. Es una castellanización del italiano "girare", andar,
callejear. El denominado “Yiraje” se
llamaba al paseo que efectúan los presos en los recreos al ser los patios
reducidos dan vueltas en una sola dirección como si fuera una calesita es decir
es un yira, yira… (este Discépolo tenía genialidades) Y cuando por aquellos
años el tango se lo consideraba de mala fama hasta el escritor Leopoldo Lugones
lo consideraba como “ese reptil de lupanar”.
Por los años en que estaba el General Farrell o de Ramírez (era
por aquellos años… ) se aplicó el manual que regulaba el vocabulario “con el
motivo de la “pureza del idioma castellano” donde se pretendía terminar con las
voces del lunfardo así fue que la creación “Yira, yira” pasó a llamarse “Camina,
camina…” Por radio le preguntan a Discépolo que le parecía la medida y declara:
“Me parece acertadísimo el nuevo reglamento, es más, ya cambié el título de mi
tango “Yira, yira” y lo rebauticé “Caminad, caminad”. Esas palabras irónicas bastaron
para que el funcionario que “buscaba la pureza del idioma castellano” se
alejara del puesto.
¡Fruto nuevo, amasijo de tierra y de agua! Cristalizó en el gajo más curvado del mundo la sal de tu ternura. ¡Afilando puñales de sed, trenzando los cabellos de una esperanza niña, desvaneciendo sombras he cuidado tu rama!
Pastor de grandes cosas que se mueven, yo conduje el rebaño de los días piafantes; he visto cien mañanas con los picos abiertos devorar la migaja de la última estrella y tembló entre mis manos toda noche como una yegua renegrida y ágil... Yo hilvané con mis ansias una canción de cuna para que se durmieran los cachorros del viento; y alcé un espantapájaros de odio sobre el campo frutal de tu sueño sin lágrimas. Con las hebras del sol has torcido el cordaje de tu risa. En las enredaderas de tus voces incuba sus tres huevos azules un pájaro de gracia... ¡La vida en tus talones es un giro de baile! Te aferras al abierto pavorreal de los días y le robas la pluma; sabes abrir tu noche como un libro de estampas.
Y no sé si deshojas la flor menguante de las lunas; y no sé si libertas los luceros cautivos; ¡o si el verano salta de tus ojos iguales a una lluvia con sol! Tengo los dientes rotos de morder imposibles: para ti guardan lechos de martirio mis brazos. En mis dedos retoñan zarzales de caricias,..
¡Todas las noches naufragaban en esta costa de mi anhelo! Grabé tu nombre en todas las arenas del aire: tu nombre es el perfume que buscaban mis años. Redoblan los tambores de mi fiebre largos llamados al otoño. Has de llorar tus frutas redondas como lágrimas... Ensartare en el hilo de mi plegaria sorda las cuentas de cien días y de cien noches; ¡y haré un collar de tiempo que te ciña! Conduciré el rebaño de mis voces por caminos que duerman bajo el opio del alba.
He de atar mis dos ojos a carros de vigilia ¡y haré un collar de tiempo que te ciña! para que sea manso tu caer en un día con fragancias de alcoba; y para que en la noche de tu llanto las estrellas más altas fructifiquen entre la mano de los niños.
Dije yo en la ciudad de la Yegua Tordilla: “La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo”. Los apisonadores de adoquines me clavaron sus ojos de ultramar; y luego devoraron su pan y su cebolla y en seguida volvieron al ritmo del pisón.
2
¿Con qué derecho definía yo la Patria, bajo un cielo en pañales y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda? Los apisonadores de adoquines escupieron la palma de sus manos: en sus ojos de allende se borraba una costa y en sus pies forasteros ya moría una danza. “Ellos vienen del mar y no escuchan”, me dije. “Llegan como el otoño: repletos de semilla, vestidos de hoja muerta.” Yo venía del sur en caballos e idilios: “La Patria es un dolor que aun no sabe su nombre”.
3
Una lanza española y un cordaje francés riman este poema de mi sangre: yo también soy un hijo del otoño, que llegó del oriente sobre la tez del agua. ¿Qué harían en el Sur y en su empresa de toros un cordaje perdido y una lanza en destierro? Con la virtud erecta de la lanza yo aprendí a gobernar los rebaños furiosos; con el desvelo puro del cordaje yo descubrí la Patria y su inocencia.
4
La Patria era una niña de voz y pies desnudos. Yo la vi talonear los caballos frisones en tiempo de labranza; o dirigir los carros graciosos del estío, con las piernas al sol y el idioma en el aire. (Los hombres de mi estirpe no la vieron: sus ojos de aritmética buscaban el tamaño y el peso de la fruta.)
5
La Patria era un retozo de niñez en el Sur aventado, en la llanura tamborileante de ganaderías. Yo la vi junto al fuego de las yerras: ¡estampaba su risa en los novillos! O junto al universo de los esquiladores, cosechando el vellón en las ovejas y la copla en las dulces guitarras de setiembre. (No la vieron los hombres de mi clan: sus ojos verticales se perdían en las cotizaciones del Mercado de Lanas.)
6
Yo vi la Patria en el amanecer que abrían los reseros con la llave mugiente de las tropas. La vi en el mediodía tostado como un pan, entre los domadores que soltaban y ataban el nudo de la furia en sus potrillos. La vi junto a los pozos del agua o del amor, ¡niña, y trazando el orbe de sus juegos! Y la vi en el regazo de las noches australes, dormida y con los pechos no brotados aún.
7
Por eso desbordé yo mi copa de tierra y un cachorro del viento pareció mi lenguaje. Por eso no he logrado todavía sacarme de los hombros este collar de frutas, ni poner en olvido aquel piafante cinturón de caballos ni esta delicia en armas que recogí en Maipú.
8
Guardosos de semilla, vestidos de hoja muerta, los hombres de mi clan ignoraron la Patria. Con el temblor sin sueño del cordaje la descubrí yo solo allá en Maipú. Y de pronto, en el mismo corazón de mi júbilo, sentí yo la piedad que se alarmaba y el miedo que nacía. “La Patria es un temor que ha despertado”, me dije yo en el Sur y en su empresa de toros. “Niña y pintando el orbe de su infancia, en su mano derecha reposa la del ángel y en su izquierda la mano tentadora del viento.” El temor de la Patria y su niñez me atravesó encostado (la cicatriz me dura).
9
Tal fue la enunciación, el derecho y la pena que traje a la Ciudad de la Yegua Tordilla. Y así les hablé yo a los inventores de la ciudad plantada junto al Río, y a sus ensimismados arquitectos, o a sus frutales hombres de negocio: “La Patria es un dolor en el umbral, un pimpollo terrible y un miedo que nos busca. No dormirán los ojos que la miren, no dormirán ya ell sueño de los bueyes.” (Los apisonadores de adoquines masticaban su pan y su cebolla.)
10
Y así les hablé yo a los albañiles: “La Patria es un peligro que florece. Niña y tentada por su hermoso viento, necesario es vestirla con metales de guerra y calzarla de acero para el baile del laurel y la muerte”. (Los albañiles, desde sus andamios hacían descender cautelosas plomadas.)
11
Y dije todavía en la Ciudad, bajo el caliente sol de los herreros: “No solo hay que forjar el riñón de la Patria, sus costillas de barro, su frente de hormigón: es de urgencia poblar su costado de Arriba, soplarle en la nariz el ciclón de los dioses. La Patria debe ser una provincia de la tierra y del cielo.”
12
Me clavaron sus ojos en ausencia los amontonadores de ladrillos. Los abismados hombres de negocio medían en pulgadas la madera del norte. Nadie oyó mis palabras, y era justo: yo venía del Sur en caballos y églogas.
13
Y descubrí en mi alma: “Todavía no es tiempo: no es el año ni el siglo ni la edad. La niñez de la Patria jugará todavía más allá de tu muerte y la de todos los herreros que truenan junto al río.”
14
La Patria no ha de ser para nosotros una madre de pechos reventones; ni tampoco una hermana paralela en el tiempo de la flor y la fruta; ni siquiera una novia que nos pide la sangre de un clavel o una herida.
15
Yo la vi talonear los caballos australes, niña y pintando el orbe de sus juegos. La Patria no ha de ser para nosotros nada más que una hija y un miedo inevitable, y un dolor que se lleva en el costado sin palabra ni grito.