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viernes, 17 de diciembre de 2021

Nuestro imprescindible artículo por Fernando Sorrentino.

 

Con el título, más bien genérico, de `Trova', Carlos Guido y Spano (1827-1918) compuso quince célebres quintillas octosilábicas que declaran su amor por nuestra patria. El poema ofrece la singularidad de que la estrofa decimoquinta repite el texto de la primera:­

He nacido en Buenos Aires. ­

¡Qué me importan los desaires ­

con que me trate la suerte! ­

Argentino hasta la muerte: ­

he nacido en Buenos Aires.­

El penúltimo verso fue adoptado, por el vate santiagueño Pablo Raúl Trullenque (1934-2000), como título, Argentino hasta la muerte, de la canción cuya música pertenece a Roberto Rimoldi Fraga.­

La letra se inicia con estos dos octosílabos:­

`Un poeta la bautizó­

con el nombre de Argentina.­

El poeta aludido no es otro que Martín del Barco Centeneratambién llamado, según otros indicios, Martín Barco de Centenera. (1) En todo caso, se llamara como se llamare, lo cierto es que vivió aproximadamente entre 1535-1536 y 1602-1606, que nació en la hispánica Logroño y que murió en Lisboa. En esta ciudad publicó Argentina y conquista del Río de la Plata. ­

El siempre atento y servicial padre Rodolfo Ragucci (Escritores de Hispanoamérica, Buenos Aires, Huemul. 3.ª ed., 1969, págs. 37-38) juzga la obra de esta manera:­

"poema prosaico de desmayadas octavas reales. (...). De poema épico no tiene éste más que la pretensión y los caracteres externos, y su división en cantos; es más bien otra crónica o historia rimada, fuente de algunas noticias para otros que después escribieron sobre los días de los primeros conquistadores de esta región''. (2)­

Tal como lo muestra la tapa de la edición primigenia, el autor omitió el uso del artículo "a'' ante el sustantivo propio "Argentina''. Digamos, como al pasar, que el vocablo Argentina incluía, en la mente de don Martín, también las actuales repúblicas de Bolivia, Paraguay y Uruguay.­

¿ARGENTINA O LA ARGENTINA?­

­Los españoles suelen llamar a nuestra amada y contradictoria comarca con omisión del artículo "la''. En disidencia, yo siempre he dicho y escrito "la Argentina''. Al arribar a este punto, cedo la palabra a quien ha explicado perfectamente por qué debemos preferir el uso del artículo (Luis CanossaSecretos y sorpresas del idioma, Buenos Aires, Atlántida, 1961, pág. 124):­

"El nombre de nuestro país está compuesto del sustantivo República y el adjetivo Argentina; por eso cuando se omite el primero de ellos el artículo "la'' debe acompañar al nombre de Argentina y no decir éste a secas, sino "la Argentina". (...). Éste es el criterio sustentado por la mayoría de los filólogos, aunque don Andrés Bello dice que no pasa de ser una costumbre''.

Muy bien: sea o no una mera costumbre, me allano a ella, no sólo por razones gramaticales sino también eufónicas, tal como lo consignó, en contundentes alejandrinos pareados, Juan Luis Gallardo en su poemario Las cosas. Buenas, malas, grandes y pequeñas (Buenos Aires, Baesa, 1977, pág. 23):­

"Detesto el anglicismo, malsonante y ridículo,­

de escribir Argentina suprimiendo el artículo''. ­

(1) "En todos los escritos figura como Martín del Barco Centenera; sin embargo su verdadero nombre fue Martín Barco de Centenera, como consta en los documentos oficiales de su época. El error nace del en que incurrió el primer editor de Argentina en la portada del libro'' (W. G. Weyland, `Poetas coloniales de la Argentina'. Antología, Buenos Aires, Estrada, 1949, pág. 11).­

(2) En dicho libro de Weyland las páginas 13-22 reproducen fragmentos de la obra de Barco Centenera. A modo de botón de muestra, veamos sólo una octava, que habla de cuando Juan de Garay, bajó ``dejando a Santa Fe bien guarnecida'': "Partió con treinta mozos valerosos, / y veinte y un caballos, y servicio / en balsas; y los mozos, deseosos / de guerra, que la tienen por oficio, / procuran que en los indios enojosos / se ofrezca al crudo Marte sacrificio / de aquel Terú, vengando la osadía / con triste y carnicera anatomía''.­

PUBLICADO EN DIARIO "LA PRENSA".

16/12/2021.

https://www.laprensa.com.ar/510185-Nuestro-imprescindible-articulo.note.aspx

miércoles, 14 de marzo de 2018

El cóndor y el poeta de Andrés Bello.

El cóndor y el poeta 

de Andrés Bello.

Diálogo
POETA
-Escucha, amigo Cóndor, mi exorcismo;
obedece a la voz del mago Mitre,
que ha convertido en trípode el pupitre;
apréstate a una espléndida misión.
CÓNDOR
-¡Poeta audaz, que de mi aéreo nido
en el silencio lóbrego derramas
cántico misterioso! ¿a qué me llamas?
Yo sostengo de Chile el paladión.
POETA
-No importa; es caso urgente, es una empresa
digna de ti, de tu encumbrado vuelo,
y de tus uñas; subirás al cielo,
escalarás la vasta esfera azul.
CÓNDOR
-¿Y qué será del paladión en tanto,
cuya custodia la nación me fía?
POETA
-Puedes encomendarlo por un día
a las fieles pezuñas del Huemul.
CÓNDOR
Pero el camino del Olimpo ignoro.
POETA
-Mientes; tú hurtaste al cielo, ave altanera,
en pro de nuestros padres, la primera
chispa de libertad que en Chile ardió.
CÓNDOR
-¡Falaz leyenda! ¡Apócrifa patraña!
Robaba entonces yo por valle y cumbre,
según mi antigua natural costumbre;
monarca de los buitres era yo.
Años después, llamáronme, y conmigo
vino esa pobre, tímida alimaña,
de los andinos valles ermitaña;
y, el paladión nos dieron a guardar.
Mal concertada yunta, que, algún día,
recordando los hábitos de marras,
estuve a punto de esgrimir las garras,
y atroz huemulicidio ejecutar.
POETA
-¡Oh mente de los hombres adivina!
¡Oh inspiración profética! No sabes,
alado monstruo, espanto de las aves,
el oculto misterio de esa unión.
¡Junto a la mansa paz, atroz instinto
de pillaje y de sangre! ¡Incauto el uno,
audaz el otro en tentador ayuno,
y de la Patria en medio el paladión!
Tremendo porvenir, yo te adivino,
pero no tiemblo. Es fuerza te abras paso
de la ilustrada Europa al rudo ocaso;
está en el libro del destino así.
Sus últimos destellos da la antorcha
que el hijo de Japeto trajo al mundo;
suceda al viejo faro moribundo
joven tizón, ardiente, baladí.
CÓNDOR
-No sé, poeta, interpretar enigmas;
no entiendo de tizones ni de faro.
Deja los circunloquios, y habla claro.
¿De qué se trata? Explícate una vez.
POETA
-De aquel fuego sagrado que trajiste
¿niégaslo en vano? a un ínclito caudillo,
apenas queda agonizante brillo;
nos viene encima infausta lobreguez.
Renovarlo es preciso.
CÓNDOR
-¿Cómo?
POETA
-Debes
seguir del sol la luminosa huella,
sorprenderle, robarle una centella,
metértela en los ojos, y escapar.
CÓNDOR
-Muy bien; me guardo el fuego en las pupilas,
cual si fueran volcánicas cavernas.
¿Y qué haré luego de mis dos linternas?
POETA
-Quiero a Chile con ellas incendiar.
CÓNDOR
-¿Incendiarlo? ¿Estás loco? ¿De eso tratas?
POETA
-Incendiarlo pretendo en patriotismo;
abrasarlo, molondro, no es lo mismo;
quiero hacer una inmensa fundición.
Quiero llamas que cundan pavorosas,
descomunales llamas, llamas grandes,
que derritan la nieve de los Andes
y la de tanto helado corazón.
¿Abrasar? ¡Linda flema! -¿Es tiempo ahora
de contentarse con mezquinas brasas
que den pálida luz, chispas escasas,
como para el abrigo de un desván?
No, señor; vasto incendio, llamas, llamas,
que unas sobre las otras se encaramen,
y levantando rojas crestas bramen,
y les sirva de fuelle un huracán.
Despacha, pues; arranca; desarrolla
el raudo vuelo; tiende el ala grave,
como la parda vela de la nave
cuando silba en la jarcia el vendaval.
Vuela, vuela, plumífero pirata;
recuerda tu nativa felonía;
asalta de improviso al rey del día
en su carroza de oro y de cristal.
CÓNDOR
-Ya te obedezco, y tiendo como mandas,
el ala; aunque eso de tenderla un ave
no ligera ni leve, sino grave,
para tanto volar no es lo mejor.
Y si de más a más tenderla debo,
como la parda vela el navegante
cuando oye la tormenta resonante
que amenazando silba, peor que peor.
Que no desplega entonces el velamen,
antes amaina el cauto marinero,
y aguanta a palo seco el choque fiero,
si salvar piensa al mísero bajel.
Así lo vi mil veces, revolando
entre las nubes negras, cuando hinchaba
la Mar del Sur sus ondas, y bregaba
contra la tempestad el timonel.
POETA
-No lo entiendes: la nave del Estado
es la que yo pintaba; y la maniobra
a que apelamos hoy, cuando zozobra,
no es amainar, estúpido ladrón.
CÓNDOR
-¿Pues qué ha de hacer entonces el piloto?
POETA
-Según doctrina de moderna escuela,
debe correr fortuna a toda vela,
sin bitácora, sonda, ni timón.
Si tú leyeras, avechucho idiota,
gacetas nacionales y extranjeras,
la ignorancia en que vives conocieras;
todo ha cambiado entre los hombres ya.
Altos descubrimientos reservados
tuvo el destino al siglo diecinueve;
hoy en cualquiera charco un niño bebe
más que en un hondo río su papá.
¡Oh siglo de los siglos! ¡Cual machacas
es tu almirez decrépitas ideas!
¡Qué de fantasmagorías coloreas
en el vapor del vino y del café!
¡No era lástima ver encandilarse
los hombres estudiándose a sí mismos;
y tras mil embrollados silogismos,
salir con sólo sé que nada sé!
¡Ea, pues! ¡A la empresa! Bate el ala,
y apercibe también las corvas uñas,
y guárdate de mí si refunfuñas,
lobo rapaz, injerto de avestruz.
CÓNDOR
¿volando? -Ama aún el buitre robador su nido;
Chile, a traerte voy, no la centella
que incendiando devora, sino aquella
que da calor vital y hermosa luz.
Andrés de Jesús María y José Bello López (Caracas (Venezuela),29 de noviembre de 1781-Santiago(Chile), 15 de octubre de 1865)filósofo, poeta, traductor, filólogo, ensayista, educador, político y diplomático.

sábado, 22 de diciembre de 2012

LAS OVEJAS - POEMA DE ANDRÉS BELLO.



"Líbranos de la fiera tiranía
de los humanos, Jove omnipotente
¡una oveja decía,
entregando el vellón a la tijera?
que en nuestra pobre gente
hace el pastor más daño
en la semana, que en el mes o el año
la garra de los tigres nos hiciera.

Vengan, padre común de los vivientes,
los veranos ardientes;
venga el invierno frío,
y danos por albergue el bosque umbrío,
dejándonos vivir independientes,
donde jamás oigamos la zampoña
aborrecida, que nos da la roña,
ni veamos armado
del maldito cayado
al hombre destructor que nos maltrata,
y nos trasquila, y ciento a ciento mata.

Suelta la liebre pace
de lo que gusta, y va donde le place,
sin zagal, sin redil y sin cencerro;
y las tristes ovejas ¡duro caso!
si hemos de dar un paso,
tenemos que pedir licencia al perro.

Viste y abriga al hombre nuestra lana;
el carnero es su vianda cuotidiana;
y cuando airado envías a la tierra,
por sus delitos, hambre, peste o guerra,
¿quién ha visto que corra sangre humana?
en tus altares? No: la oveja sola
para aplacar tu cólera se inmola.

Él lo peca, y nosotras lo pagamos.
¿Y es razón que sujetas al gobierno
de esta malvada raza, Dios eterno,
para siempre vivamos?
¿Qué te costaba darnos, si ordenabas
que fuésemos esclavas,
menos crüeles amos?
Que matanza a matanza y robo a robo,
harto más fiera es el pastor que el lobo".

Mientras que así se queja
la sin ventura oveja
la monda piel fregándose en la grama,
y el vulgo de inocentes baladores
¡vivan los lobos! clama
y ¡mueran los pastores!
y en súbito rebato
cunde el pronunciamiento de hato en hato
el senado ovejuno
"¡ah!" dice, "todo es uno".