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sábado, 8 de julio de 2023

¿Quién eres? de Giovanni Papini.

¿Quién eres? 
de Giovanni Papini.
El asunto empezó de un modo muy sencillo. Una mañana no recibí ni siquiera una carta. Hacía muchísimos años que no me ocurría eso y quedé sorprendido y amoscado. Me importaba enormemente la correspondencia, ya que es una de las pocas posibilidades de lo imprevisto que permanecen en nuestra existencia, y todos los días la esperaba con una ansiedad que se volvía casi febril cuando esperaba alguna respuesta importante. Ya fuesen cartas de mujeres lejanas que solicitan un amor inútil, o de desconocidos entusiastas que intentan hacernos penetrar en sus vidas, o de amigos olvidados que de improviso surgen del pasado y nos exponen los deseos y los arrepentimientos de las últimas etapas de la vida, o de descubridores y profetas provincianos que nos quieren imponer sus tonterías o bien esperan que las refutemos, o incluso de insignificantes hombres de negocios o de parientes de tercer grado, yo las leía todas con una enorme avidez. El examen de mi correspondencia diaria, que en aquel tiempo era bastante voluminosa, se había convertido en uno de mis grandes placeres. ¡Y aquella mañana no recibí una sola carta, un solo diario! La impresión fue penosa pero breve. Supuse que se trataba de una casualidad y que al día siguiente recibiría muchas más cartas que de ordinario.
Para distraerme, salí de casa. La ciudad era perfectamente igual a la del día anterior. Las calles estaban flanqueadas por las mismas casas y en los comercios habituales los mismos empleados vendían idénticos objetos a indefinidos compradores. Los carteles que veía comúnmente no registraban cambio alguno. Los carros que rodaban sobre el empedrado no diferían en nada de los que siempre había contemplado. Los hombres que se apresuraban aquí y allá estaban vestidos como de costumbre. Por primera vez experimenté cierta impresión de encarcelamiento frente a esta continuidad de cosas iguales. Pero pensé, en seguida, que mi impresión era estúpida y no supe hallar ninguna razón que justificara el hecho de encontrarme fuera de casa a esa hora. Decidí regresar y, cuando hube atravesado la plaza para dirigirme a la calle en que vivo, di con un viejo profesor que había conocido de niño y que a menudo se detenía a conversar conmigo acerca de sus teorías sobre la multiplicación artificial de las diferencias. Lo saludé quitándome el sombrero y llamándolo por su nombre, pero el viejo continuó su camino sin siquiera percatarse. Eché la culpa a su miopía y pensé, por otra parte, que estaba distraído y no le gustaría que lo abordara. Por eso no intenté seguirlo y volví a casa algo irritado por esta ocasión perdida de hallar distracción.
La jornada había comenzado mal y decidí no salir ya de casa. Me consolé saboreando con el pensamiento el placer de las innumerables cartas que me llegarían la mañana siguiente. Pasé la noche algo menos tranquilo que lo habitual pero por fin llegó la mañana. Esperé la hora del correo con ridícula impaciencia. Pasé cerca de media hora junto a la ventana para ver llegar al cartero. Por fin lo vi acercarse a mi casa pero tampoco esa mañana había cartas para mí. Este repetido silencio de mis corresponsales me turbó muchísimo. Pasé todo el día dedicado a inventar pretextos, excusas, hipótesis para disminuir y explicar este hecho para mí gravísimo. Esperé una vez más el día siguiente. ¡Y llegó la nueva mañana y por tercera vez no había ninguna carta para mí! Entonces no me pude contener. Bajé a la calle; llamé al cartero -que fingió no reconocerme- y le hice revolver la cartera hasta el fondo para cerciorarme de que no había nada para mí. Se me ocurrió entonces un extraño pensamiento: que hubiese una especie de conspiración en mi contra para separarme de mis amigos y que algún empleado postal fuera uno de los cómplices. Carecía en absoluto de indicio alguno acerca de los motivos de esta conspiración pero lo que me ocurría era tan extraño que, por fuerza, debía recurrir a suposiciones todavía más extrañas. Por ello me dirigí al edificio central del correo, hablé con el director, hice realizar averiguaciones y no se halló nada anormal. Ninguno aparentaba conocerme y todos se sorprendieron mucho de mis sospechas.
Salí de allí deprimido y casi humillado y comencé a caminar al azar por la ciudad, atormentándome vanamente para comprender las razones del singular e imprevisto silencio que se había hecho a mi alrededor. Mientras paseaba encontré a un amigo del café con el cual bromeaba de buena gana en ciertas veladas invernales, cuando la niebla es tan densa que hasta el rostro de un imbécil nos reconforta. Me detuve ante él sonriendo pero él se apartó rápidamente y, luego de haberme arrojado una mirada de sorpresa, se alejó apurando el paso.
-¿Te has vuelto loco?-le grité furiosamente-. ¿Por qué no quieres hablarme? No obtuve ninguna respuesta y él ni se volvió siquiera. Era famoso como uno de esos idiotas alegres que se creen divertidos y algunas de sus chanzas eran célebres. Supuse, pues, que quería reírse de mí fingiendo no reconocerme y continué caminando sin ocuparme más de él. Pero, al proseguir reflexionando sobre las causas del silencio universal que me rodeaba, no pude menos que pensar en las personas que no habían querido reconocerme. Sospeché que podía haber una relación entre los dos hechos, pero vi que de ese modo la cuestión se volvía más oscura y preferí creer que se trataba de una serie de casos independientes. Volví a casa y escribí varias cartas solicitando cosas diversas con tal de obtener una respuesta, o bien preguntando por los motivos de su silencio a los que hubieran debido escribirme en esos días. Cuando las hube despachado, me quedé más tranquilo y me pareció entonces imposible que las cartas no continuaran llegando. Pero era necesario esperar por lo menos dos días y pensé ocuparlos íntegramente -para escapar de esa idea fija- en ciertas investigaciones históricas que debía realizar desde hacía mucho tiempo sobre la imprevista desaparición de la famosa ciudad de Semifonte. Pasaron también, mejor que los anteriores, estos dos días, pero el tercero tampoco recibí nada, y preso de una tristeza profunda pensé en pedir consejo a uno de mis más queridos amigos, un estudiante de física que tocaba maravillosamente el violín. Fui inmediatamente a buscarlo. Me dijeron que estaba en casa y me hicieron pasar al estudio. Entró pocos momentos más tarde. Sin embargo, en lugar de estrecharme la mano, de sonreír y de preguntarme cómo me hallaba, se detuvo ante mí preguntándome:
-¿Con quién tengo el honor de hablar?
La impresión que me causaron estas sencillas palabras fue terrible. En un segundo todos los hechos precedentes volvieron a mi memoria y una sospecha espantosa atravesó mi mente. Pero fui lo suficientemente fuerte como para resistir todavía. Quise creer una vez más en una broma y dije, intentando sonreír.
-¿Estás enloquecido esta mañana? ¿Por qué finges no conocerme? No te hagas el tonto y convídame en seguida con un cigarrillo.
Mis palabras tuvieron un efecto opuesto al que yo esperaba. El rostro de mi amigo se volvió todavía más serio y vi que instintivamente ponía la mano en el bolsillo donde tenía habitualmente el revólver.
-Le digo -exclamó con voz enérgica- que no lo conozco y no comprendo sus palabras. Hágame el favor de decirme quién es usted o váyase.
Ante tanta tranquilidad me puse como loco. Comencé a rogarle, a repetirle cien veces mi nombre, a recordarle mil cosas que vimos juntos, a pedirle que me explicara qué lo había hecho, por qué motivo deseaba aparentar que no me conocía y terminé por injuriarlo atrozmente ante la persistencia de sus negativas. Pero él se cansó pronto de la escena.
-Usted debe estar borracho o loco -me dijo duramente-. No llamaré a la policía para no tener trastornos pero mientras tanto usted se irá inmediatamente.
Me empujó fuera de la habitación, aferrándome fuertemente un brazo, y cerró la puerta dejándome fuera. Yo era más débil que él y, por otra parte, estaba confuso, abatido, entontecido y no supe siquiera resistirme. Me arrastré dolorosamente a casa. Apenas llegué a mi cuarto corrí ante el espejo para ver si mi cara había cambiado, si mi aspecto se había modificado de improviso. Me miré largamente pero no logré descubrir la más mínima variación. Me extendí sobre un diván con el único deseo de dormir y de sentirme aniquilado. Pero no llegué siquiera a cerrar los ojos.
Una idea fija se había apoderado íntegramente de mí: Yo debía haber cometido sin darme cuenta algún repugnante delito y nadie quería ya tener trato conmigo. Pero por más que pensaba no podía imaginarme cuál era ese delito. En ese entonces yo llevaba una vida perfectamente virtuosa. No jugaba, no tenía casi relaciones con mujeres, no pedía dinero a nadie. Mis únicos vicios eran el amor desmedido al café y a la filosofía india. Por lo que sabía, no había asesinado a nadie ni desvalijado ninguna casa.Sin embargo, algo debía haber ocurrido para que todos me huyeran, fingieran no conocerme o ni siquiera se atrevieran a escribirme. Esta sensación de un círculo de soledad que querían crear a mi alrededor me hizo estremecer. Estaba a punto de ser expulsado de la sociedad de los vivos. Querían abolirme con el silencio; hacer de mí, socialmente, un ser inexistente, un muerto.
Pero yo quería ardientemente salir de esta incertidumbre dolorosa; quería conocer la causa por la que todos deseaban suprimirme de sus vidas.
Al anochecer, algo reanimado por algunas gotas de coñac, me dirigí al gran café donde muchos amigos míos se encontraban para discutir las habituales tonterías del día. Me encaminé derecho a la mesa ocupada ya por algunos de ellos. Todos me miraron un poco desconcertados y no me respondieron. Pero ahora yo me encontraba ya habituado a esa comedia y por lo tanto no me turbé demasiado.
-Veo -les dije con voz calma y uniforme- que también ustedes actúan como los otros y aparentan no conocerme. Justamente, he venido a verlos para que me digan la razón de esta extrañísima conducta. Debo haber cometido algo muy grave ya que hasta mis más viejos amigos me echan de su casa, pero les declaro sinceramente que no conozco absolutamente las acusaciones que me hacen. Díganme ustedes qué es lo que hice. Es la última prueba de amistad que les pido. Sea lo que fuere, no vendré a importunarlos más con mi presencia ni con mi conversación.
Antes de que hubiese terminado de hablar me di cuenta de que la sorpresa de mis amigos había aumentado extraordinariamente. Uno de ellos comenzó a reír sin miramientos; otro -el más prudente- se levantó y se sentó a otra mesa. Yo esperaba la respuesta con tanta ansiedad que mi respiración se había vuelto agitada. Uno de ellos, finalmente, me dijo a quemarropa:
-Disculpe, pero ¿quién es usted?
-No prosigan, se lo ruego -añadí con voz temblorosa- dejen de fingir por un momento. Díganme, en nombre del Señor, qué les hice, por qué motivo me tratan así. Díganme…
Pero no pude continuar. Todos estallaron en una sonora carcajada. No bien se calmaron, llamaron al camarero y se levantaron. Uno solo de ellos, un buen muchacho que tenía mucha simpatía por mí, se acercó y me dijo en voz baja:
-¿Quiere que lo acompañe a su casa?
Acepté el ofrecimiento y salí con él. Creí que por lo menos lo habría convencido para que me explicara algo, pero todo fue inútil. Me hablaba con mucha condescendencia, pero hasta el último momento no quiso confesarme que me conocía.
-Tenga la seguridad -me repetía- que usted no ha cometido nada o por lo menos ninguno de nosotros sabe nada. Es una idea que se le ha metido en la cabeza pero le pasará. Le aseguro que ni yo ni los demás lo conocemos y que no simulamos al preguntarle quién es usted. Trate de calmarse y si verdaderamente desea ser amigo mío vendré a verlo cuando quiera.
Al llegar a casa me expresó sus buenos deseos y me aconsejó que durmiera. Subí a mi pequeño cuarto y me desvestí sin darme cuenta. No logré, naturalmente, dormir. Mi situación era tan horrible que aún no podía acostumbrarme a considerarla real. Sentirse completamente solo en el mundo, abandonado de pronto por todos, bajo el peso de una vergüenza desconocida o de una condena silenciosa es algo más pavoroso y misterioso que la muerte. Yo no existía más para los hombres. Estaba solo y maldito. Yo era el mismo, pero todos los demás habían cambiado respecto a mí. Estaba solo, pero no sobre una isla o una balsa, como un Robinson o un náufrago, con la esperanza de la salvación o la visión del regreso, sino solo en medio de una gran ciudad, solo en medio de una multitud, solo en el centro de hombres que me rechazaban, me negaban, me expulsaban de sus vidas. Al llegar la mañana comencé a dormir, pero comencé a soñar de tal manera que me desperté casi inmediatamente gritando y llorando horrorizado. No sé cómo tuve fuerzas para salir una vez más de casa.
La ciudad era siempre la misma, todo estaba como antes. Los hombres y las mujeres iban y venían, y cada tanto, como para contrariarme, pasaban junto a mí personas que yo conocía y ninguna de ellas me miraba, ninguna me sonreía, ninguna me saludaba. Yo era como un extranjero o llegado al azar ese día. Todo lo que a mí se refería había desaparecido de las mentes. Yo no existía más en los otros, sino sólo en mí mismo. Me parecía que mi misma alma había sido amputada y que me restaba sólo un pedacito, un pequeño centro al cual podía dar todavía el nombre Yo. Me parecía que todos los que pasaban me pedían razón de mi existencia. Me parecía que de todas partes surgían voces urgentes y sorprendidas que preguntaban: “¿Quién es? ¿Quién es usted?”
Y la única variante residía en el pronombre -en el usted o en el él-, pero todos los que pasaban me arrojaban a la cara la cruel pregunta. Entonces todas estas preguntas se fundieron como un coro, se volvieron una sola y enorme pregunta que yo mismo me hacía a mí mismo: ¿Quién eres? ¿Cuándo había tratado de responder a esta pregunta? ¿Cuándo se me había ocurrido confesarme a mí mismo quién era yo? Sabía mi nombre, mi edad, mi patria, mi estatura; conocía algo mi rostro pero menos todavía mi alma. Del futuro, nada sabía; del pasado, no me quedaban más que pálidos bloques de recuerdos yuxtapuestos. Nunca había intentado descubrirme, conocer mi secreto, aseverar cuál era mi verdadero nombre, el nombre de mi raza y no el ficticio y ridículo que me impuso mi padre en la fuente bautismal.
¿Quién eres?, me pregunté finalmente, y apenas sentí la gravedad y la grandeza de esta pregunta el resto desapareció. No recordé ni los insultos ni las carcajadas ni el abandono de los otros. Separado de ellos, me enfrenté conmigo mismo y quise olvidar todo lo que la costumbre y la opinión ajena habían hecho de mi alma. Había vivido hasta entonces de una cierta manera porque los otros me habían guiado o aconsejado, porque se habían formado ciertas ideas sobre mí que me desagradaba desmentir, porque me había encontrado en medio de hombres de quienes, sin darme cuenta, había imitado sus gustos y adoptado sus valores. Ahora ellos renegaban de mí y afirmaban no conocerme, mientras yo renegaba de lo que había en mí de ellos y no quería reconocer como mío lo que ellos me habían impuesto. Y sin miedo, me preguntaba a mí mismo: ¿Quién eres?
Todas las otras voces se habían callado. Solamente mi pregunta me llenaba el alma. Y durante muchos días viví como en un sueño buscando fatigosamente el hallazgo de una respuesta segura.
Una noche, mientras soñaba con una multitud de ciegos que caminaban por un prado cubierto de espesas hierbas, insensiblemente, la respuesta surgió de improviso.
Yo soy alguien para quien los otros no existen. Esta ceguera, esta amnesia de los hombres hacia mí había sido un examen que de ninguna otra manera hubiera podido aprobar. Los hombres no me conocían más pero yo no había sido suprimido. Había vuelto a encontrarme a mí mismo y ahora podía recomenzar mi vida y conocer otros hombres, ya sin temores.
Por la mañana, al despertarme, me sentía feliz como un niño convaleciente. Una curiosa sorpresa me esperaba. El cartero me entregó un gran envío de correspondencia, en la que hallé lo que esperaba desde la primera mañana de silencio. Al anochecer, en el café, mis amigos me acogieron como de costumbre y no hicieron la más pequeña alusión al encuentro de pocas noches antes. Entre ellos estaba el estudiante de física que me había echado de su casa, quien estuvo más expansivo conmigo que de costumbre. Pronto me cansé de su compañía y los abandoné. Afuera encontré otra gente que me saludaba como antes y me hablaba con su habitual cordialidad. Había reingresado en el mundo. Los hombres me aceptaban una vez más y sin embargo yo sentía una curiosa fatiga de su compañía, tenía como la sensación de haber regresado de algún país lejano y de haber perdido el gusto de todo lo que veía. Jamás, después de esa época, he podido explicarme la razón de aquella pausa de mi vida, en la cual aparecí ante los demás como un mentecato forastero. Alguna vez pienso que en el tiempo debe haber desgarrones y que solamente yo he vivido en esos días, como en un intervalo, sin que los otros lo advirtieran. ¿Pero por qué parecían vivir como viven siempre y como viven todavía hoy? Esa zona de misterio, esa interrupción negra que hay en mi vida tan común me ha perturbado siempre y me perturba todavía más escribiendo este relato. Incluso en este momento, media hora después de la medianoche, mientras escribo en mi cuarto en un silencio lleno de hálitos y de latidos levísimos me parece estar solo, irremediablemente solo entre los hombres, en medio del mundo: un alma única en el centro del universo. En efecto…

domingo, 8 de enero de 2023

El hombre que se ha perdido a sí mismo de Giovanni Papini.

1
Nunca he tenido pasión por los bailes o por los disfraces, y no sé cómo dije que sí al señor Secco, que me invitó a una fiesta que daba la última noche de carnaval. La única razón, creo, fue ésta: que todos teníamos que ir vestidos con un dominó blanco y un antifaz negro y bailar sin hablar. Para ver lo que sería, fui.
¡Qué noche tan extravagante fue aquella! ¿Quién era el hombre y quién era la mujer? Encima de cada cara había un antifaz de raso, negro; sobre cada cuerpo, un holgado ropón blanco, Bailaban, creo, incluso hombres con hombres y mujeres con mujeres, y nadie hablaba. A determinada hora terminaron los bailes y todos aquellos embozados, silenciosos, comenzaron a vagar por las habitaciones alfombradas sin hacer ruido ni siquiera con los zapatos, e iban del brazo, o solos, o en grupos, sin orden, sin saber qué hacer. Aquel silencio bajo las grandes luces tranquilas de aquella multitud blanca y negra era más pavoroso que una misa de difuntos.
A mí, no acostumbrado a aquella ceremonia de saltar en pareja, el calor y la fatiga me habían producido dolor de cabeza, de manera que estaba cubierto por un sudorcillo helado y temblaba como si tuviera fiebre. Notaba una confusión, una debilidad tal, que si hubiese tenido fuerza me habría escapado en seguida. Me parecía que la sangre bajara poco a poco del cerebro, que las piernas se doblaran; sentía una opresión angustiosa alrededor del estómago y de la espalda. Estaba a punto de desmayarme, imagino, cuando, levantados los ojos para buscar la salida más próxima, se me puso delante un grandísimo espejo que iba desde el suelo hasta el techo, y tan ancho que cubría media pared. En este espejo se veían reflejados todos aquellos mascarones blancos y negros que vagaban por allí y me entraron ganas -estúpidas ganas infantiles- de mirarme, de ver qué tal estaba metido por primera vez en aquel desmañado vestido.
Miro…, remiro…, busco…, contemplo el espejo…, me asusto. Pero ¿dónde estoy, Dios mío? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi cuerpo entre todos estos cuerpos iguales? ¡Yo ya no estoy! ¡Todos iguales, todos de la misma manera! ¿No seré capaz de encontrarme?
 Estoy con la cara hacia el espejo…, pero hay otros que la tienen también en la misma dirección. Yo soy alto, pero casi todos son tan altos como yo. Me muevo para reconocerme, ¡pero casi todos se mueven a mi alrededor!
¿Dónde estoy yo, pues, entre todos ellos? ¿Dónde está mi yo entre toda esta gente extraña y silenciosa? Todos blancos con las caras negras… Yo también, como los demás…, todos iguales, todos Pero ¡yo me quiero a mí! ¡Quiero buscarme! ¡Quiero sentirme a mí mismo! ¡Verme con los demás, pero diferente, destacado de los demás! ¡Quiero verme, ser yo! Me he perdido; me he perdido a mí mismo…¿Dónde estoy? ¡Búsquenme, encuéntrenme!…
Mientras así me afanaba se me nublaron los ojos, sentí que caía al suelo, y desde entonces, en bastante tiempo, ni supe ni vi nada más.
2
Cuando recomencé a ver y a hablar era el tercer día de Cuaresma. Me encontré en un corredor largo y blanco, metido dentro de una cama de hierro negro, en medio de varias camas negras iguales a la mía, y de las sábanas iguales y blancas asomaban rostros blancos y amarillos como el mío. También allí me busqué: al sentirme murmurar acudió un doctor vestido de blanco que me miró con curiosidad y me preguntó qué me pasaba. Le dije, en pocas palabras, que me había perdido a mí mismo en una fiesta y que quería encontrarme lo más pronto posible. El doctor, como es costumbre de esas bestias presuntuosas, sonrió cortésmente, me recomendó que estuviera tranquilo y me dijo que me contentaría. Sin embargo, sabía perfectamente que no había creído una palabra de cuanto le había dicho y, dentro de mí, comencé a pensar en la manera de salir de aquellas sábanas blancas y de aquella cama negra.
Al día siguiente vinieron otros doctores y, todos de acuerdo, dijeron que estaba fuera de mí. Era verdad, pero no como lo entendían ellos. Me había perdido a mí mismo, no la razón. Esta razón no era la mía, porque la mía la había perdido junto a mí mismo, pero era una razón y, por tanto, no estaba loco. Tanto es así, que entendía lo que decían y respondía, sin equivocarme, a sus preguntas. Pero de nada me sirvió con aquellos bobos obstinados.
¿Y entonces? Pensé escapar y, dicho y hecho, después de dos días de aquel sufrimiento, a la hora en que venía la gente de fuera para ver a los enfermos, me confundí con otros y salí a una plazoleta soleada que reconocí en seguida. La primera cosa que hice fue ir a casa de aquel señor Secco, que me había invitado a la fiesta, esperando que me encontraría allí, en aquella habitación. Llego, doy un tirón de la campanilla, y viene a abrirme un muchacho que no me quería conocer. Le di un empujón y pasé. El señor Secco estaba tumbado en una mesa y dormitaba, pero se despertó al oír ruido, saltó, agarró un bastón que tenía siempre cerca y, en cuanto me reconoció, me hizo un montón de caricias, se congratuló conmigo por el peligro de que había escapado, me dio de beber y escuchó muy serio mi narración. El señor Secco no es un doctor y por eso no dudó de lo que me había ocurrido. Es más, me acompañó por toda la casa para convencerme de que yo no me había quedado allí la noche de la fiesta. Así, pues, ¡me había perdido en algún otro sitio! ¿Quién podía saberlo? Pregunté al señor Secco los nombres de todos los que habían ido a su baile y él me dio la lista sin hacerse rogar. ¡Qué amable y servicial estaba aquel día! Del señor Secco nunca he tenido ocasión de quejarme, ni entonces ni después.
Salí de su casa un poco consolado, pero no contento. ¿Dónde podía haber ido a parar? Me acordé de aquel alemán -de Pedro Schlemil- que había vendido su sombra y la iba buscando por el mundo. Pero él no había perdido casi nada comparado conmigo, que había perdido el alma, el cuerpo, ¡todo!
Vagué por la ciudad hasta la noche, y miraba a la cara de todos los que encontraba para reconocerme, y todos me miraban mal, y nadie era yo. Fui a casa de aquellos que habían estado conmigo en aquella maldita fiesta de las máscaras blancas. Pero uno estaba fuera; otro no me dejó entrar; el tercero me trató mal; el cuarto quería llamar a la Policía para que volvieran a llevarme al hospital; el quinto me dio la dirección de un médico; el sexto me aconsejó el uso del agua fría; el séptimo me hizo un gran recibimiento, pero no quiso ni oír hablar de mi pena; el octavo negó que hubiera estado en el baile; el noveno admitió que había estado, pero no se acordaba de nada; el décimo estaba enfermo y no hizo otra cosa que desahogarse conmigo sobre la inutilidad de los purgantes; el undécimo se acordaba perfectamente de la fiesta y me dijo que estaba en la sala cuando vio caer como muerta a una máscara, pero no sabía otra cosa sino que aquel desvanecido no era él; el duodécimo palideció cuando le hablé del baile y sacó la bolsa ofreciéndome dinero; el decimotercero…
 ¡Qué importa el decimotercero! Fueron todas visitas inútiles y palabras perdidas. Y cuando, por la noche, volvía hacia casa, me desesperaba y preguntaba continuamente en voz baja: ¿Dónde estoy? ¿Qué haré para reencontrarme?
3
¡Cuánto me busqué también los demás días! Entré en cien cafés; pasé las noches en diez teatros; tomé parte en demostraciones políticas; asistía a los sermones de Cuaresma; me hice invitar a comidas y recepciones; fui a las clases de la Universidad; me mezclé con la gente de los paseos; pasé horas enteras en la ventana, o quieto en la acera junto a una esquina; miré y escruté miles y miles de caras, seguí a miles y miles de hombres, siempre con la esperanza de reencontrarme y la desesperación de no reconocerme.
Se me ocurrió imprimir unos manifiestos con la descripción exacta de cómo era antes de perderme, y aquello sí que fue grande. Al cabo de un día que los avisos estaban en las paredes, me atraparon tres o cuatro tipos que decían: «¡Es éste, es éste!» Y así gritando me llevaron a mi casa. Golpearon la puerta, tocaron el timbre, llamaron, pero nadie respondió. Yo no tenía ni familia, ni criada, y en casa no había nadie. Al fin, indignados, me dejaron.
-¡Maldito tú y quien te busca!
-Pero ¡qué buscar! Esta es una burla de algún señor extravagante. ¡Los hombres no se pierden como los perros!
Estábamos ya casi al final de la Cuaresma y todavía no tenía ningún indicio de mí, y cada hora que pasaba era una esperanza menos. Sentía que viviendo de aquella manera, con aquel deseo, con aquella congoja, me volvería loco de verdad, y no veía la manera de salir de todo eso. Pasaba el día mirando y espiando a la gente, y los ojos me salían de la cara a fuerza de mirar; me había crecido la barba; me había vuelto seco, amarillo, espantoso. Cuando pasaba por delante de un espejo, volvía los ojos a otra parte para no verme. Me daba cuenta de que los hombres, las mujeres, y especialmente los niños, se reían a mis espaldas, y alguna vez incluso a la cara. Muchos caballeros me preguntaban, con aire piadoso, si me encontraba mal. Una vez, una viejecita me regaló algunas pastillas, elogiándolas mucho.
Pero no estaba enfermo, no. ¡Me quería a mí mismo! ¿Qué había de malo en ello? Todos los hombres quieren este bien. Cada uno se posee a sí mismo: nadie puede ser privado de sí mismo. ¿Por qué aquella imposible, inaudita desgracia me había sucedido precisamente a mí? ¿Qué había hecho para merecerla? ¿Acaso porque había ido a aquella estúpida fiesta? ¿Y los otros, entonces? También ellos habían ido, y habían vuelto a su casa con su cuerpo y su alma, ¡y ahora se reían a mi costa! Sin embargo, tenía que haber un medio para poner remedio a tal desgracia. Quien no muere se encuentra. Se encuentra un bolso ajado, ¿y no se encontraría un hombre? ¿Qué hace el Ayuntamiento que no se ocupa de estos casos? Y el Estado, ¿no es responsable de todos los ciudadanos?
Movido por esos y parecidos pensamientos, fui una mañana al caserón del Municipio, subí al despacho del Registro Civil y pregunté a un empleado en dónde se encontraba en aquel momento Fulano de Tal, es decir, yo mismo, el yo que había perdido. El empleado me pidió dinero, y, después de haber buscado un poco, me dijo mi dirección, ¡la dirección de mi casa! Intenté entonces explicarle que aquella había sido, en efecto, la casa de aquella persona, pero que desde hacía algún tiempo se había perdido y que precisamente por eso preguntaba en dónde podría encontrarla. Aquel ignorante no quiso o no supo entenderme; me dijo que no era posible que uno se perdiera a sí mismo y que, de todos modos, él no sabía nada más. Le contesté que la cosa era tan posible que me había sucedido precisamente a mí, y que él, como funcionario del Municipio, tenía el deber de saber dónde se encontraban todos los habitantes de la ciudad, del primero al último. No hubo manera: él empezó a gritar, yo a chillar. Llegaron sus compañeros y me echaron de allí por las malas.
Cuando estuve en los porches del palacio me dejaron, y yo, en lugar de escapar, empecé a pasear arriba y abajo, furioso, esperando a que saliera alguien que pudiera darme tazón. Paseando de esta manera, a lo largo de la pared, me llamó la atención un gran cartel que tenía escrito arriba: Objetos perdidos encontrados. Me estremecí, y me puse a leerlo con cuidado: siete llaves, una cartera con tres letras, una aguja de plata, dos pares de gafas, una Divina Comedia, un bolso de señora, cinco paraguas, un dominó blanco con máscara negra
…Sentí un escalofrío por la espalda. ¿Mi dominó? Era un indicio, ¡el primer indicio! Corrí al despacho donde guardan todas las cosas encontradas y pedí mi dominó. Di todos los detalles que me solicitaron: me enseñaron mi vestido blanco. Estaba un poco sucio por una parte, pero lo reconocí: ¡era el mío! Lo había encontrado un muchacho, el primer día de Cuaresma, por la mañana temprano, en la calle donde vivía el señor Secco. Todo contento lo lié, me metí el antifaz en el bolsillo y salí corriendo hacia casa.
¿Por qué estaba tan contento? Sin embargo, aquel maldito saco blanco había sido el motivo principal de mi desgracia y, en aquel momento, no podía verdaderamente ayudarme a encontrarme a mí mismo.
 Pero, como empujado por un anhelo sin tazón, apenas llegué a casa, me lo puse nerviosamente, me coloqué la máscara sobre la cara y corrí ante un gran espejo antiguo, en el que había pintadas, hacia los ángulos, algunas descoloridas flores sentimentales.
Me miré… ¡Heme aquí! ¡Era yo! ¡Soy yo! Me había encontrado. Era yo, en persona. Yo solo. No había otros hombres a mi alrededor. El vestido blanco era mío y sentía que dentro de él estaba mi cuerpo; la máscara negra era la mía y cubría de verdad mí rostro. Me reconocí. Había vuelto. Me había atrapado a mí mismo. Reí y lloré de gozo. Me acaricié.
Pero desde aquel día no he tenido el valor de desnudarme, y estoy siempre en casa, solo, vestido con mi dominó blanco, con mi máscara negra sobre la cara, para estar seguro de no perderme nunca más…
Giovanni Papini (9 de enero de 1881- 8 de julio de 1956) fue un escritor italiano. Inicialmente ateo y escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico.

viernes, 24 de marzo de 2017

La compra de la República - Giovanni Papini.

En este mes he comprado una República. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.
La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto por paniaguados1 suyos, estaba en peligro. Las arcas de la República estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. Ya había un general que armaba bandas de rebeldes y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.
Un agente norteamericano que estaba allí me advirtió. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.
El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.
Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a una de las repúblicas limítrofes.
Este poder oculto, pero ilimitado, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso. Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.
Yo no soy más que el rey de incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármela y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.
Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.

domingo, 1 de marzo de 2015

LECTURAS: EL ESTIÉRCOL DEL DEMONIO, por Giovanni Papini.

EL ESTIÉRCOL DEL DEMONIO
por Giovanni Papini.
Consideren bien los hombres que han de nacer todavía: Jesús no quiso tocar nunca con sus manos una moneda. Las manos que amasaron el polvo de la tierra para dar vista al ciego; las manos que tocaron las carnes infectas de los leprosos y los muertos; las manos que abrazaron el cuerpo de Judas –mucho más infecto que el polvo, que la lepra y que la putrefacción-; las manos blancas, puras, saludables, curadoras, que de nada podían contaminarse, jamás han soportado uno de esos discos de metal que ostentan en relieve el perfil de los amos del mundo. Jesús podía nombrar, en sus parábolas, las monedas; podía mirarlas en manos ajenas, pero tocarlas, no. Le repugnaban, con repugnancia cercana al horror. Todo su ser se rebelaba ante el pensamiento de un contacto con esos sucios símbolos de la riqueza.
Cuando le piden el tributo para el Templo, no quiere recurrir a la bolsa de los amigos, y ordena a Pedro que eche la red: en la boca del primer pez que saque habrá el doble del dinero que se le pide. Hay en tal milagro una sublime ironía que nadie ha visto. Yo no poseo monedas; pero las monedas son de tal suerte despreciables y sin valor, que el agua y la tierra las vomitarían a una palabra mía. El lago está llena de ellas. Yo sé dónde están, y en cantidad suficiente para comprar, con sólo las sueltas, a todos los sacerdotes del templo de Jerusalén y a todos los reyes de las naciones, pero no muevo un dedo para recogerlas. Un subalterno mío las tomará de la boca de un pez y se las dará al recaudador, porque los sacerdotes, a lo que parece, las necesitan para vivir. Los animales mudos pueden llevar monedas: yo soy rico, hasta tal punto que ni perlas quiero.  Yo no soy animal mudo, sino alma que habla, y las almas no tienen plata ni alforjas. No soy yo, pues, quien te da esas dracmas, sino el lago. Yo no tengo nada que comprar y regalo cuanto poseo. Mi patrimonio inacabable es la Verdad.
Pero un día Jesús tuvo que considerar una moneda. Le preguntaron si era lícito al verdadero israelita pagar el censo. Y respondió al punto: “Mostradme la moneda del censo”. Y se la mostraron: mas no quiso tomarla en la mano. Era una moneda imperial, una moneda romana, que llevaba impresa la faz hipócrita de Augusto. Pero él quería ignorar de quien era aquel rostro. Preguntó: “¿De quién es esa imagen y esta inscripción?”. Le respondieron: “De César”. Entonces arrojó a la cara de los ladinos demandantes la palabra que les llenó de estupor: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”.
Muchos son los sentidos de estas palabras; baste, por ahora, detenerse en la primera: dad. Dad lo que no es vuestro. Los dineros no os pertenecen. Son hechos para los poderosos, para las necesidades del poder. Son propiedad de los reyes y del reino –del otro reino, el que no es vuestro. El rey representa la fuerza y es protector de las riquezas; pero nosotros nada tenemos que ver con la violencia y rehusamos la riqueza. Nuestro Reino no tiene poderosos ni ricos; el Rey que está en los cielos no acuña moneda. La moneda es un medio para el cambio de bienes terrenales. Lo poco que necesitamos –un poco de sol, un poco de aire, un poco de agua, un pedazo de pan, un manto- nos es dado gratuitamente por Dios y por los amigos de Dios. Vosotros os afanáis toda la vida por juntar un gran montón de esos discos grabados. Nosotros no sabemos qué hacer con ellos. Para nosotros son definitivamente superfluos. Por eso los restituimos; los restituimos a quienes los han hecho acuñar, a quien ha puesto en ellos su retrato, para que todo el mundo sepa que son suyos.
Jesús nunca tuvo necesidad de restituir, porque nunca tuvo una moneda. Ordenó a sus discípulos que en sus viajes no llevasen sacos para los donativos. Hizo una sola excepción –que da espanto-. Del inciso de un Evangelio se deduce que un Apóstol tenía en depósito la bolsa de la comunidad. Este discípulo era Judas. Con todo, también él devolverá el dinero de la traición antes de desaparecer en la muerte. Judas es la misteriosa víctima inmolada a la maldición de la moneda.
La moneda lleva consigo, justamente con la grasa de las manos que la han cogido y sobado, el contagio del crimen. De todas las cosas inmundas que el hombre ha fabricado para ensuciar la tierra y ensuciarse, la moneda es, acaso, la más inmunda.
Esos pedazos de metal acuñado, que pasan y vuelven a pasar todos los días por las manos, todavía sucias de sudor y de sangre; gastados por los dedos rapaces de los ladrones, de los comerciantes, de los banqueros, de los intermediarios, de los avaros; esos redondos y viscosos esputos de las casas de la moneda, que todo el mundo desea, busca, roba, envidia, ama más que al amor y aun que la vida; esos asquerosos pedacillos de materia historiada, que el asesino da al sicario, el usurero al hambriento, el enemigo al traidor, el estafador al cohechador, el hereje al simoníaco, el lujurioso a la mujer vendida y comprada; esos sucios y hediondos vehículos del mal, que persuaden al hijo de matar a su padre, a la esposa a traicionar a su esposo, al hermano a defraudar a su hermano, al pobre malo a acuchillar al mal rico, al criado de engañar a su amo, al malandrín a despojar al viajero, al pueblo a asaltar a otro pueblo; esos dineros, esos emblemas materiales de la materia, son los objetos más espantosos de cuantos el hombre fabrica. La moneda, que ha hecho morir a tantos cuerpos, hace morir todos los días a miles de almas. Más contagiosa que los harapos de un apestado, que el pus de una pústula, que las inmundicias de una cloaca, entra en todas las casas, brilla en los mostradores de los cambistas, se amontona en las cajas, profana la almohada del sueño, se esconde en las tinieblas fétidas de los escondrijos, ensucia las manos inocentes de los niños, tienta a las vírgenes, paga el trabajo del verdugo, circula a la faz del mundo para encender el odio, para atizar la codicia, para acelerar la corrupción y la muerte.
El pan, santo ya en la mesa familiar, se convierte en la mesa del altar en el cuerpo inmortal de Cristo. También la moneda es el signo visible de una transubstanciación. Es la hostia infame del Demonio. Los dineros son los excrementos corruptibles del Demonio. El que pone su corazón en el dinero y lo recibe con afán, comulga visiblemente con el Demonio. Quien toca el dinero con voluptuosidad, toca, sin saberlo, el estiércol del Demonio.
El puro no puede tocarlo; el santo no puede soportarlo. Saben con indudable certeza cuál es su repugnante esencia. Y sienten hacia la moneda el mismo horror que el rico hacia la miseria.

Giovanni Papini, Historia de Cristo. Ediciones Fax. Madrid. 1956.

Giovanni Papini fue un escritor italiano. Inicialmente ateo y escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico.
Nacido en Florencia en 1881 y fallecido en 1956 es uno de los escritores más importantes que ha dado la Italia del siglo XX.
Fue hijo de un modesto comerciante de muebles. Lo bautizaron a escondidas para soslayar el fuerte ateísmo de su padre. Fue desde muy joven lector de libros de todo género y asiduo visitante de las bibliotecas públicas.
Alrededor de 1920, un año antes de publicar su Historia de Cristo, se produjo su conversión al catolicismo, no sin escándalo y sorpresa de todos.
En 1937, Papini fue nombrado miembro de la Real Academia de Italia, la mayor institución cultural del país, y en 1939 Presidente del Centro de Estudios Nacionales sobre el Renacimiento. Asimismo, fue vicepresidente de la Federación Europea de Escritores desde marzo de 1942. A mediados de 1944, refugiándose de la postrimería de la Segunda Guerra Mundial, Papini abandonó su casa de Bulciano (destruida luego por los bombardeos ingleses) e ingresó al convento franciscano de Verna. 
Murió en 1956 en su natal Florencia, ciego, mudo y paralítico.