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martes, 15 de marzo de 2022

Para quién escribo de Vicente Aleixandre.

 ¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista
          o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su

         bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice
         admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre 

         vidrios, como un rayo frío, el brillo de los impertinentes).

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre 

         por la calle como si fuera a abrir las puertas a la aurora.

O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita, 

        mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le 
        deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero 

        de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, 

        viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de 

        muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia 

        en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no 
        miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no 
        le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. 

        Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para 
        las bocas y para los oídos donde, sin oírme, 
está mi palabra.

miércoles, 3 de febrero de 2021

El vals de Vicente Aleixandre.

Eres hermosa como la piedra,
oh difunta;
oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave.
Esta orquesta que agita
mis cuidados como una negligencia,
como un elegante biendecir de buen tono,
ignora el vello de los pubis,
ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta.

     Unas olas de afrecho,
un poco de serrín en los ojos,
o si acaso en las sienes,
o acaso adornando las cabelleras;
unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos;
unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos.
Todo lo que está suficientemente visto
no puede sorprender a nadie.
 

    Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima,
disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente.
Y los caballeros abandonados de sus traseros
quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes.

     Pero el vals ha llegado.
Es una playa sin ondas,
es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas o de dentaduras postizas.
Es todo lo revuelto que arriba.

     Pechos exuberantes en bandeja en los brazos,
dulces tartas caídas sobre los hombros llorosos,
una languidez que revierte,
un beso sorprendido en el instante que se hacía "cabello de ángel",
un dulce "sí" de cristal pintado de verde.

     Un polvillo de azúcar sobre las frentes
da una blancura cándida a las palabras limadas,
y las manos se acortan más redondeadas que nunca,
mientras fruncen los vestidos hechos de esparto querido.

     Las cabezas son nubes, la música es una larga goma,
las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito
se ha convertido en los corazones en oleadas de sangre,
en un licor, si blanco, que sabe a memoria o a cita.

     Adiós, adiós, esmeralda, amatista o misterio;
adiós, como una bola enorme ha llegado el instante,
el preciso momento de la desnudez cabeza abajo,
cuando los vellos van a pinchar los labios obscenos que saben.
 

    Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla,
el momento en que los vestidos se convertirán en aves,
las ventanas en gritos,
las luces en ¡socorro!
y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas
se convertirá en una espina
que dispensará la muerte diciendo:
Yo os amo.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Destino de la carne de Vicente Aleixandre.-

Destino de la carne 
de Vicente Aleixandre.

No, no es eso. No miro
del otro lado del horizonte un cielo.

No contemplo unos ojos tranquilos, poderosos,

que aquietan a las aguas feroces que aquí braman.
No miro esa cascada de luces que descienden
de una boca hasta un pecho, hasta unas manos 
    blandas,
finitas, que a este mundo contienen, atesoran.
Por todas partes veo cuerpos desnudos, fieles
al cansancio del mundo. Carne fugaz que acaso
nació para ser chispa de luz, para abrasarse
de amor y ser la nada sin memoria, la hermosa
redondez de la luz.
Y que aquí está, aquí está, marchitamente eterna,
sucesiva, constante, siempre, siempre cansada.
Es inútil que un viento remoto, con forma vegetal,
    o una lengua,
lama despacio y largo su volumen, lo afile,
lo pula, lo acaricie, lo exalte.
Cuerpos humanos, rocas cansadas, grises bultos
que a la orilla del mar conciencia siempre
tenéis de que la vida no acaba, no, heredándose.
Cuerpos que mañana repetidos, infinitos, rodáis
como una espuma lenta, desengañada, siempre.
¡Siempre carne del hombre, sin luz! Siempre
    rodados
desde allá, de un océano sin origen que envía
ondas, ondas, espumas, cuerpos cansados, bordes
de un mar que no se acaba y que siempre jadea
    en sus orillas.

Todos, multiplicados, repetidos, sucesivos, amontonáis
    la carne,
la vida, sin esperanza, monótonamente iguales bajo
    los cielos hoscos que impasibles se heredan.
Sobre ese mar de cuerpos que aquí vierten sin
    tregua, que aquí rompen
redondamente y quedan mortales en las playas,
no se ve, no, ese rápido esquife, ágil velero
que con quilla de acero, rasgue, sesgue,
abra sangre de luz y raudo escape
hacia el hondo horizonte, hacia el origen
último de la vida, al confín del océano eterno
que humanos desparrama
sus grises cuerpos. Hacia la luz, hacia esa escala
     ascendente de brillos
que de un pecho benigno hacia una boca sube,
hacia unos ojos grandes, totales que contemplan,
hacia unas manos mudas, finitas, que aprisionan,
donde cansados siempre, vitales, aún nacemos.


Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo nació en Sevilla, 26 de abril de 1898. 
Fallece en la Ciudad de Madrid un 13 de diciembre de 1984.
Elegido académico en sesión del día 30 de junio de 1949, ingresó en la Real Academia Española el 22 de enero de 1950. 
Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1934,​ el Premio de la Crítica en 1963 por En un vasto dominio, y en 1969, por Poemas de la consumación, y el Premio Nobel de Literatura en 1977.

miércoles, 6 de junio de 2018

A ti viva de Vicente Aleixandre.

A ti viva

                                    Es tocar el cielo, poner el dedo
                                    sobre un cuerpo humano.
                                                                                   Novalis

Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día cómo amanece.

cuando miro a tus ojos, profunda muerte o vida
                                                  que me llama,
canción de un fondo que sólo sospecho;
cuando veo tu forma, tu frente serena,
piedra luciente en que mis besos destellan,
como esas rocas que reflejan un sol que nunca se hunde.

Cuando acerco mis labios a esa música incierta,
a ese rumor de los siempre juvenil,
del ardor de la tierra que canta entre lo verde,
cuerpo que húmedo siempre resbalaría
como un amor feliz que escapa y vuelve...

Siento el mundo rodar bajo mis pies,
rodar ligero con siempre capacidad de estrella,
con esa alegre generosidad del lucero
que ni siquiera pide un mar en que doblarse.

Todo es sorpresa. El mundo destellando
siente que un mar de pronto está desnudo, trémulo,
que es ese pecho enfebrecido y ávido
que sólo pide el brillo de Id luz.

La creación riela. La dicha sosegada
transcurre como un placer que nunca llega al colmo,
como esa rápida ascensión del amor
donde el viento se ciñe a las frentes más ciegas.

Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya,
que esa cercana música que concierta a las aves,
a las aguas, al bosque, a ese ligado latido
de este mundo absoluto que siento ahora en los labios.