viernes, 14 de agosto de 2026

Compañera de hoy de Alfonso Costafreda.



Compañera de hoy 
de  Alfonso Costafreda.

Compañera de hoy.

Compañera de hoy, no quiero
otra verdad que la tuya, vivir
donde crezcan tus ojos,
dando tu luz, tu cauce
a lo que veo y siento...

Deshacer ese ovillo
oscuro del temor,
encontrar lo perdido,
quebrar la voz del sueño...

Y lenta, lentamente
aprender a vivir,
de nuevo, de nuevo,
como en una mañana
cargada de riqueza.

Alfonso Costafreda fue un poeta español nacido en Tárrega, provincia de Lérida en 1926 y fallecido en Ginebra, Suiza, en 1974. 
Cursó estudios de Derecho en Madrid, donde conoció a Carlos Bousoño, y a través de él a Vicente Aleixandre, a Eugenio de Nora y a Blas de Otero. Por presiones familiares, prosiguió estudios en Barcelona a partir de 1948.
Perteneciente a la llamada "Generación de los 50”. Costafreda fue  considerado el “maldito” de la generación de los cincuenta. En 1949 ganó el  Premio Boscán de poesía con "Nuestra elegía”; publicó "Compañera de hoy" en 1966. Participó en actos de la resistencia antifranquista, y desde 1955 se exilió voluntariamente, radicándose en Ginebra para ejercer como funcionario de la Organización Mundial de la Salud.
Agobiado por la melancolía, y obsesionado por los temas de la muerte, se quitó la vida en 1974, poco tiempo después de la muerte de su padre.

jueves, 13 de agosto de 2026

Romance de la luna tucumana de Don Atahualpa Yupanqui / LUNA TUCUMANA - ATAHUALPA YUPANQUI / PABLO DEL CERRO.


Romance de la luna tucumana. 

de Don Atahualpa Yupanqui.

 

Bajo el puñal del invierno

Murió en los campos la tarde.

Con su tambor de desvelos

Salió la luna a rezarle.

 

Rezos en la noche blanca

Tañen las arpas del aire,

Mientras le nacen violines

A los álamos del valle.

 

Se emponchan de grises nieblas

Los verdes cañaverales

Y caminan los caminos

Con su escolta de azahares.

 

Zamba de la luna llena

Baila la noche en las calles

Con su pañuelo de esquinas

Y su ademán de saudades.

 

La noche llena de arpegios,

La copa de los nogales;

El tamboril de la luna

Cuelga su copla en el aire.

 

Mi corazón bate palmas

Con las manos de mi sangre

Mientras cansada, la luna,

Se duerme sobre los valles...

En Sadaic figuran como autores: 

CHAVERO HÉCTOR ROBERTO y AZNAR PEDRO.


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LUNA TUCUMANA, HIMNO CULTURAL.

Le canto porque ella sabe de mi largo caminar.

Esta creación suya desde hace años pasó a ser de la gente "que se la apropió" pues prendió como pastito seco.

y cuando las canta el pueblo,

ya nadie sabe el autor”. Decía Manuel Machado.

El 23 de enero de 1949, se registra la zamba «Luna Tucumana» con el subtítulo «Yo le canto a la luna», con música y letra de Atahualpa Yupanqui. Esto es lo que figura en SADAIC. Sin embargo, Héctor Roberto Chavero, hijo de don Atahualpa, sostiene que en esta zamba, también tiene parte como autora su madre Antonietta Paule Pepin-Fitzpatrick, quien firmaba con el seudónimo “Pablo del Cerro”.

"Comencé a hacer mis viajes a caballo entre Tucumán y Tafí del Valle. Para hacer esa travesía de treinta horas cuesta arriba, cuesta abajo, tres cerros, algunas quebradas y un largo faldeo en el Valle de las Carreras para entrar a Tafí, yo tenía una mula en Acheral. Una deliciosa aldea que conocí, amé y jamás olvido... ¡Acheral de Tucumán! Ahí tenía mi mula y de ahí salí ocho o diez veces durante ocho o diez años seguidos. Jamás fui en automóvil a Tafí del Valle, siempre al montao, desde Acheral a Tafí del Valle. Eso con el tiempo me trajo esta facultad y este montón de recuerdos y de ideas. Y las ganas de decirle mi amor y mi cariño y mi recuerdo permanente a Tucumán, a Acheral y sobre todo a la luna tucumana. Porque yo salía a las cinco de la mañana, a las cuatro de la mañana, ensillaba mi caballo, mi mula, y salía. Y recién me amanecía en el faldeo, a mitad del camino... ¡recién me amanecía! Vale decir que la luna me acompañó siempre, por eso digo en los versos 'Yo no le canto a la luna, porque alumbra y nada más, le canto porque ella sabe de mi largo caminar” -decía Atahualpa Yupanqui-.

Junto a Don Atahualpa Yupanqui, compuso temas como Indiecito dormido, El alazán, El arriero, Guitarra dímelo tú, Luna Tucumana (primera pieza de la dupla compositiva), Chacarera de las piedras, Melodía del adiós-Danza rústica y muchas más.

Unas 65 composiciones figuran a nombre de “Antonieta Paula Pepin” en la página de SADAIC, de las cuales 37 fueron escritas por la pareja.

Aún así, eso quedó como un detalle oculto detrás de los prejuicios de la época, que la obligaron a firmar ante la audiencia como “Pablo del Cerro”.

El 30 de marzo de 2004 el Gobierno de Tucumán sanciona la ley 7375, adoptando como Himno Cultural de la Provincia de Tucumán, a la obra musical la zamba “Luna tucumana”.


LUNA TUCUMANA  

de ATAHUALPA YUPANQUI / PABLO DEL CERRO.

Yo no le canto a la luna
porque alumbra y nada más;
le canto porque ella sabe
de mi largo caminar
 
¡Ay, lunita tucumana,
tamborcito calchaquí;
compañera de los gauchos,
en las sendas de Tafí!
 

Perdido en las cerrazones,
¿quién sabe, viditay, por dónde andaré?
Mas cuando salga la luna,
cantaré, cantaré
a mi Tucumán querido;
cantaré, cantaré, cantaré.


Con esperanza o con pena,
en los campos de Acheral,
yo he visto a la luna buena
besando el cañaveral.
 
En algo nos parecemos,
luna de la soledad:
yo voy andando y cantando,
que es mi modo de alumbrar.

En Sadaic figura CHAVERO HÉCTOR ROBERTO.





MOMENTO MUSICAL.



domingo, 9 de agosto de 2026

Pensamientos en La Habana de José Lezama Lima.

Porque habito un susurro como un velamen,
una tierra donde el hielo es una reminiscencia,
el fuego no puede izar un pájaro
y quemarlo en una conversación de estilo calmo.
Aunque ese estilo no me dicte un sollozo
y un brinco tenue me deje vivir malhumorado,
no he de reconocer la inútil marcha
de una máscara flotando donde yo no pueda,
donde yo no pueda transportar el picapedrero o el picaporte
a los museos donde se empapelan asesinatos
mientras los visitadores señalan la ardilla
que con el rabo se ajusta las medias.
Si un estilo anterior sacude el árbol,
decide el sollozo de dos cabellos y exclama:
my soul is not in an ashtray.

Cualquier recuerdo que sea transportado,
recibido como una galantina de los obesos embajadores de antaño,
no nos hará vivir como la silla rota
de la existencia solitaria que anota la marea
y estornuda en otoño.
Y el tamaño de una carcajada,
rota por decir que sus recuerdos están recordados,
y sus estilos los fragmentos de una serpiente
que queremos soldar
sin preocuparnos de la intensidad de sus ojos.
Si alguien nos recuerda que nuestros estilos
están ya recordados;
que por nuestras narices no excogita un aire sutil,
sino que el Eolo de las fuentes elaboradas
por las que decidieron que el ser
habitase en el hombre,
sin que ninguno de nosotros
dejase caer la saliva de una decisión bailable,
aunque presumimos como las demás hombres
que nuestras narices lanzan un aire sutil.
Como sueñan humillarnos,
repitiendo día y noche con el ritmo de la tortuga
que oculta el tiempo en su espaldar:
ustedes no decidieron que el ser habitase en el hombre;
vuestro Dios es la luna
contemplando como una balaustrada
al ser entrando en el hombre.
Como quieren humillarnos, le decimos
the chief of the tribe descended the staircase.

Ellos tienen unas vitrinas y usan unos zapatos.
En esas vitrinas alternan el maniquí con el quebrantahuesos disecado,
y todo lo que ha pasado por la frente del hastío
del búfalo solitario.
Si no miramos la vitrinas charlan
de nuestra insuficiente desnudez que no vale una estatuilla de Nápoles.

Si la atravesamos y no rompemos los cristales,
no subrayan con gracia que nuestro hastío puede quebrar el fuego
y nos hablan del modelo viviente y de la parábola del quebrantahuesos.
Ellos que cargan con sus maniquíes a todos los puertos
y que hunden en sus baúles un chirriar
de vultúridos disecados.
Ellos no quieren saber que trepamos por las raíces húmedas del helecho
-donde hay dos hombres frente a una mesa; a la derecha, la jarra
y el pan acariciado-,
y que aunque mastiquemos su estilo,
we don't choose our shoes in a show-window.

El caballo relincha cuando hay un bulto
que se interpone como un buey de peluche,
que impide que el río le pegue en el costado
y se bese con las espuelas regaladas
por una sonrosada adúltera neoyorquina.
El caballo no relincha de noche;
los cristales que exhala por su nariz,
una escarcha tibia, de papel;
la digestión de las espuelas
después de recorrer sus músculos encristalados
por un sudor de sartén.
El buey de peluche y el caballo
oyen el violín, pero el fruto no cae
reventado en su lomo frotado
con un almíbar que no es nunca el alquitrán.
El caballo resbala por el musgo donde hay una mesa que exhibe las espuelas,
pero la oreja erizada de la bestia no descifra.

La calma con música traspiés
y ebrios caballos de circo enrevesados,
donde la aguja muerde porque no hay un leopardo
y la crecida del acordeón
elabora una malla de tafetán gastado.
Aunque el hombre no salte, suenan
bultos divididos en cada estación indivisible,
porque el violín salta como un ojo.
Las inmóviles jarras remueven un eco cartilaginoso:
el vientre azul del pastor
se muestra en una bandeja de ostiones.
En ese eco del hueso y de la carne, brotan unos bufidos
cubiertos por un disfraz de telaraña,
para el deleite al que se le abre una boca,
como la flauta de bambú elaborada
por los garzones pedigüeños.
Piden una cóncava oscuridad
donde dormir, rajando insensibles
el estilo del vientre de su madre.
Pero mientras afilan un suspiro de telaraña
dentro de una jarra de mano en mano,
el rasguño en la tiorba no descifra.

Indicaba unas molduras
que mi carne prefiere a las almendras.
Unas molduras ricas y agujereadas
por la mano que las envuelve
y le riega los insectos que la han de acompañar.
Y esa espera, esperada en la madera
por su absorción que no detiene al jinete,
mientras no unas máscaras, los hachazos
que no llegan a las molduras,
que no esperan como un hacha, o una máscara,
sino como el hombre que espera en una casa de hojas.
Pero al trazar las grietas de la moldura
y al perejil y al canario haciendo gloria,
l'etranger nous demande le garçon maudit.

El mismo almizclero conocía la entrada,
el hilo de tres secretos
se continuaba hasta llegar a la terraza
sin ver el incendio del palacio grotesco.
¿Una puerta se derrumba porque el ebrio
sin las botas puestas le abandona su sueño?
Un sudor fangoso caía de los fustes
y las columnas se deshacían en un suspiro
que rodaba sus piedras hasta el arroyo.
Las azoteas y las barcazas
resguardan el líquido calmo y el aire escogido;
las azoteas amigas de los trompos
y las barcazas que anclan en un monte truncado,
ruedan confundidas por una galantería disecada que sorprende
a la hilandería y al reverso del ojo enmascarados tiritando juntos.

Pensar que unos ballesteros
disparan a una urna cineraria
y que de la urna saltan
unos pálidos cantando,
porque nuestros recuerdos están ya recordados
y rumiamos con una dignidad muy atolondrada
unas molduras salidas de la siesta picoteada del cazador.
Para saber si la canción es nuestra o de la noche,
quieren darnos un hacha elaborada en las fuentes de Eolo.
Quieren que saltemos de esa urna
y quieren también vernos desnudos.
Quieren que esa muerte que nos han regalado
sea la fuente de nuestro nacimiento,
y que nuestro oscuro tejer y deshacerse
esté recordado por el hilo de la pretendida.
Sabemos que el canario y el perejil hacen gloria
y que la primera flauta se hizo de una rama robada.

Nos recorremos
y ya detenidos señalamos la urna y a las palomas
grabadas en el aire escogido.
Nos recorremos
y la nueva sorpresa nos da los amigos
y el nacimiento de una dialéctica:
mientras dos diedros giran mordisqueándose,
el agua paseando por los canales de los huesos
lleva nuestro cuerpo hacia el flujo calmoso
de la tierra que no está navegada,
donde un alga despierta digiere incansablemente a un pájaro dormido.
Nos da los amigos que una luz redescubre
y la plaza donde conversan sin ser despertados.
De aquella urna maliciosamente donada,
saltaban parejas, contrastes y la fiebre
injertada en los cuerpos de imán
del paje loco sutilizando el suplicio lamido.
Mi vergüenza, los cuernos de imán untados de luna fría,
pero el desprecio paría una cifra
y ya sin conciencia columpiaba una rama.
Pero después de ofrecer sus respetos,
cuando bicéfalos, mañosos correctos
golpean con martillos algosos el androide tenorino,
el jefe de la tribu descendió la escalinata.

Los abalorios que nos han regalado
han fortalecido nuestra propia miseria,
pero como nos sabemos desnudos
el ser se posará en nuestros pasos cruzados.
Y mientras nos pintarrajeaban
para que saltásemos de la urna cineraria,
sabíamos que como siempre el viento rizaba las aguas
y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria.
Los pasos huían con las primeras preguntas del sueño.
Pero el perro mordido por luz y por sombra,
por rabo y cabeza;
de luz tenebrosa que no logra grabarlo
y de sombra apestosa; la luz no lo afina
ni lo nutre la sombra; y así muerde
la luz y el fruto, la madera y la sombra,
la mansión y el hijo, rompiendo el zumbido
cuando los pasos se alejan y él toca en el pórtico.
Pobre río bobo que no encuentra salida,
ni las puertas y hojas hinchando su música.
Escogió, doble contra sencillo, los terrones malditos,
pero yo no escojo mis zapatos en una vitrina.

Al perderse el contorno en la hoja
el gusano revisaba oliscón su vieja morada;
al morder las aguas llegadas al río definido,
el colibrí tocaba las viejas molduras.
El violín de hielo amortajado en la reminiscencia.
El pájaro mosca destrenza una música y ata una música.
Nuestros bosques no obligan el hombre a perderse,
el bosque es para nosotros una serafina en la reminiscencia.
Cada hombre desnudo que viene por el río,
en la corriente o el huevo hialino,
nada en el aire si suspende el aliento
y extiende indefinidamente las piernas.
La boca de la carne de nuestras maderas
quema las gotas rizadas.
El aire escogido es como un hacha
para la carne de nuestras maderas,
y el colibrí las traspasa.
Mi espalda se irrita surcada por las orugas
que mastican un mimbre trocado en pez centurión,
pero yo continúo trabajando la madera,
como una uña despierta,
como una serafina que ata y destrenza en la reminiscencia.
El bosque soplado
desprende el colibrí del instante
y las viejas molduras.
Nuestra madera es un buey de peluche;
el estado ciudad es hoy el estado y un bosque pequeño.
El huésped sopla el caballo y las lluvias también.
El caballo pasa su belfo y su cola por la serafina del bosque;
el hombre desnudo entona su propia miseria,
el pájaro mosca lo mancha y traspasa.
Mi alma no está en un cenicero.


José María Andrés Fernando Lezama Lima (La Habana (Cuba), 19 de diciembre de 1910 — La Habana (Cuba) 9 de agosto de 1976).

viernes, 7 de agosto de 2026

OCHENTA VECES NADIE de Gonzalo Rojas.


¿Y?, rotación y

traslación, ¿nos
vemos
el XXI? ¿Nos
vamos o
nos quedamos? Van 80,
y qué.
De nariz
van 80, de aire, de mujeres
velocísimas que amé, olí, palpé, de
mariposas maravillosas del Cáucaso irreal adonde
no se llega tan fácilmente porque no hay Cáucaso irreal, de eso
y nada van 80, de olfato
de niñez corriendo Lebu abajo, los pies
sangrientos rajados por el roquerío y el piedrerío, de eso, del
carbón pariente del diamante, de las
gaviotas libérrimas van
80, del zumbido
ronco del mar,
de la diafanidad del mar.
Habrá viejos y viejos, unos
vueltos hacia la decreptitud y otros
hacia la lozanía, yo estoy
por la lozanía, el cero
uterino es cosa de los mayas, no hay cero
ni huevo cósmico, lo que hay en este caso
—y que se me entienda de una vez— es un ocho
carnal y mortal con mis orejas de niño
para oír el Mundo, un ocho

intacto y pitagórico, mis hermanos
paridos por mi madre fueron ocho, los pétalos
del loto, la rosa de los vientos, lo innumerable
de la Eternidad, mi primer salto al vacío
desde el muelle de fierro contra el oleaje, ahí voy. Difícil
ocho mío nadar con este viejo a cuestas.
Bueno, y si muero el cero ya es otra cosa
y eso se verá si es que procede
el mérito del resurrecto. La apuesta es ahora,
ese ahora libertino cuando uno
todavía echa semen sagrado en las muchachas, y
no escarmienta, construye casas,
palafitos airosos construye para desafiar al esqueleto, viaja,
odia la televisión, vive solo
en su casa larga de Chillán de Chile, unos setenta
metros de nadie, cuida
las rosas, acepta las espinas, se
aparta al diálogo con su difunta, rema en el aire
a lo galeote, como antes, todo en él es antes, el
encantamiento es antes, el
sol es antes, el amanecer,
las galaxias son antes.
Así las cosas, ¿nos entonces vemos
el XXI? Los
verdaderos poetas son de repente: nacen
y desnacen en cuatro líneas, y
nada de obras completas,
otros
entreleen a su Homero por ahí en inglés entre el ruido
de los aeropuertos a falta de Ilion,
Hólderlin
fue el último que habló con los dioses,
yo
no puedo. El Hado
no da para más pero hablando en confianza ¿quién
da para más?, ¿el aquelarre
de los nuevos brujos de la Física?, ¿el amor?, pero
¿qué se ama cuando se ama?, ¿las estrellas?, pero ¿quiénes
son las estrellas profanadas como están por las
máquinas del villorrio?
Lo
irreparable es el hastío.





Los
verdaderos poetas son de repente: nacen
y desnacen en cuatro líneas.

Gonzalo Rojas, fué un  poeta chileno del siglo XX (Lebu, 20 de diciembre de 1916-Santiago, 25 de abril de 2011).