martes, 2 de agosto de 2016

Por disgracia de Boris Elkin.


¿Te parecen poco mis cincuenta inviernos 
pa que tanta cana me blanquiara el pelo? 
¡Bien se ve, muchacho, que no sabes nada 
d’estas cosas que llevo acá dentro! 
Hacen muchos años. En esta estanzuela 
que queda a la zurda, dentrando pal’pueblo, 
habían dos muchachos, que de tan amigos 
de tan parejitos, de tan compañeros, 
eran lo mesmito que una yunta ‘e bueyes 
uñidos al yugo de un buen sentimiento. 
Dispués…una moza que tenía unos labios 
como pa que nunca se perdiera un beso 
en la estancia aquella dentró de mensuala 
¡y yo no sé ni cómo se puso‘e pormedio! 
¡Lo que son las cosas! No por desleales, 
sino por iguales, quisieron lo mesmo. 
Y desde aquel día esos dos muchachos 
qu’eran como bueyes, por lo compañeros, 
al hallar el toro que cada uno lleva, 
andábamos hoscos, picaos por los celos. 
¿Quién jué el primero que quiso curarse 
del antojo zonzo de algún poco’e sangre? 
¡No sabría decirte, porque no me acuerdo! 
Sé que nos miramos. Sé que en la topada 
mi daga y la suya salieron a un tiempo. 
¡El hachaba lindo! Me cortó por lujo. 
Yo tiraba bajo; le dentraba feo; 
y al final de cuentas de aquella trenzada 
ni perdió el más zonzo ni ganó el más lerdo; 
uno, por disgracia se jué al otro mundo, 
y otro ¡por disgracia! se quedó viviendo.

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