viernes, 12 de agosto de 2022

POEMA DE LAS COSAS de JOSÉ ÁNGEL BUESA.

 

Quizás estando sola, de noche, en tu aposento

oirás que alguien te llama sin que tu sepas quién

y aprenderás entonces, que hay cosas como el viento

que existen ciertamente, pero que no se ven...

 

Y también es posible que una tarde de hastío

como florece un surco, te renazca un afán

y aprenderás entonces que hay cosas como el río

que se están yendo siempre, pero que no se van...

O al cruzar una calle, tu corazón risueño

recordará una pena que no tuviste ayer

y aprenderás entonces que hay cosas como el sueño,

cosas que nunca han sido, pero que pueden ser...

 

Por más que tu prefieras ignorar estas cosas

sabrás por qué suspiras oyendo una canción

y aprenderás entonces que hay cosas como rosas,

cosas que son hermosas, sin saber que lo son...

 

Y una tarde cualquiera, sentirás que te has ido

y un soplo de ceniza regará tu jardín

y aprenderás entonces, que el tiempo y el olvido

son las únicas cosas que nunca tienen fin.

martes, 9 de agosto de 2022

Un poema de Bernarda Ferreira de la Cerda (1595-1644).


Jardín cerrado, inundación de olores,
fuente sellada, cristalina y pura;
inexpugnable torre, do segura
de asaltos, goza el alma sus amores.

     Intactas guardas tus hermosas flores,
matas la sed, destierras la secura,
ostentas majestad y de esa altura
penden trofeos siempre vencedores.

     El verdor tuyo nunca el lustre pierde,
ni se enturbia el candor de tu corriente;
firme está en tu invencible fortaleza.

     Que es el jardín cerrado siempre verde,
es siempre clara la guardada fuente,
y es propia de la torre la firmeza.

jueves, 4 de agosto de 2022

Poemas de Virginio Piñeira.

Isla.

Aunque estoy a punto de renacer,

no lo proclamaré a los cuatro vientos

ni me sentiré un elegido:

sólo me tocó en suerte,

y lo acepto porque no está en mi mano

negarme, y sería por otra parte una descortesía

que un hombre distinguido jamás haría.

Se me ha anunciado que mañana,

a las siete y seis minutos de la tarde,

me convertiré en una isla,

isla como suelen ser las islas.

Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,

y poco a poco, igual que un andante chopiniano,

empezarán a salirme árboles en los brazos,

rosas en los ojos y arena en el pecho.

En la boca las palabras morirán

para que el viento a su deseo pueda ulular.

Después, tendido como suelen hacer las islas,

miraré fijamente al horizonte,

veré salir el sol, la luna,

y lejos ya de la inquietud,

diré muy bajito:

¿así que era verdad?

Poema para la poesía.

Avanza el mar y quiere el blondo pez ensimismarse lentamente,
ensimismarse sin la menor espuma en medio de estos peces agrupados
junto a una estatua combatida ferozmente por la única ola
que viene de noche a morder su rostro impasible.
No, yo no quiero entrar por esa puerta:
pequeñas conchas y fúnebres caballos haciendo la vida,
sin la menor ondulación, sin el menor simulacro de mascarada,
todo claramente como si un sueño fuera a producirse.

Así vamos en la deteriorada vértebra a salir al mar,
notablemente arrugado sin mi amoroso deseo,
sin los castillos donde lame un perro.
Estos animales venían de muy lejos,
sin traer en sus patas el postrer deseo de las damas.
Entra el cartero y me entrega la carta recibida en el sueño,
esas tarjetas con la pálida Rosamunda parada sobre sus senos.
Imposible pensar la vida a través de una lluvia matemática.


Leves pisadas en el fango espeso de la copa del gigante.
No me detengo, no me asombro,
la sorpresa llega en el vientre de un pez.
Tu paz y las desesperadas llamadas del amor,
violar las túnicas dejando el cuerpo intacto.
Dioses, dioses, palabras siempre yacentes
para que nadie interrumpa su alta majestad.
Estoy impulsando este poema y esto puede matarme.

Perro, ven perro, perro sin un ladrido, desoladamente canino.
Qué flores arrojar o qué gavetas.
Todo va a comenzar. Tengo una cáscara.

Los pergaminos, los rollos y las indefinibles técnicas del hombre,
como si envolver, plegar fuera el objeto de esa garra.
No salen por la ventana las llamas y el humo no indica
que el Papa se llamará Impiedad.

Las mujeres avanzan con un pie en la boca,
mi caracol resonador revienta la cabeza de la comedianta.
Todo el mundo ha olvidado su papel:
¡Qué alegría no representar esta noche!
El público protesta y comienza el coito de las sirenas.

Este seno… qué indescriptible viaje me ha contado,
era algo así como si un caballo y la creación poética se reuniesen en un jardín.
¡Oh qué furia!, yerbas pisoteadas, y la mejor flor interrumpiendo su perfume.

¡Qué furia, qué dolor! Estas espumas y el punzante recuerdo
de aquellos pies cercenados en lo mejor de la danza.
Un viaje indescriptible de la soledad de los danzantes,
con la soledad y la melodía extraviada de una orquesta.
Puedo perecer y encontrar un amigo.

Esta cabeza, sus llamas, sus cabellos empapados de melancolía,
las primeras venas y el hueso donde llamo para distraerme.
El pantano del espíritu…
No, yo no quiero, no quiero.

¡Oh, perro mío, orina más y más con tu pata levantada!
El frío mortal de estos países cálidos:
usted llama, nadie responde,
las bocas apretadas, la sangre en la planta de los pies
y el corazón como un antiguo salón abandonado.
Necesito el amor, las toallas, los monumentos.
Vanas lamentaciones. Un pulpo suelta su tinta y se pone a llorar.
No, yo no quiero entrar,
y el mundo me basta.
¿Para qué todo ese vano aparato? ¿Para qué ese juez?
No, yo no quiero entrar,
tejo las últimas guirnaldas y tiendo la vista al horizonte.
¿Y si de pronto me quedo muerto en medio de la calle?
¿Y si de pronto comprendo el amor?
¿Y si súbitamente me dibujo?
¡Oh, no, qué hiriente melodía, qué ladrido!
¿Concretamente puedo enumerarme?

Pero de súbito me quedo sin los símbolos:
sabe usted, un mundo enteramente inerte:
me presentan un cuadro. Nada.
Me entregan a la música. Nada.
Me leen un poema. Nada.
¿Quién irá a perecer?

¡Oh, piedras, muchas piedras, rocas, cubridme!
Un dedo en el agua puede comunicar el frío a todo el cuerpo.
Sería inútil saber que Filemón y Baucis…
Inútilmente llegas a decirme que Leonardo…
No –te digo–, y casi me sonrío.
¡Qué miseria!: pájaro, oiseau, bird, uccello…
Es para golpearse la cabeza,
es para no existir.
Babel, Babel, Babel, pero nadie responde.

El viento acompaña esta amarga costumbre que es hablar,
su médula corriendo enloquecida por las cámaras de la flauta
como si la última palabra fuera a ser pronunciada
o como si el gato frente a mí dijera:
«Hoy hará un hermoso día…».
Usted se inclina, yo me inclino, no hablamos media palabra,
usted me clava un puñal, yo robo un reloj de oro.
No, no hay juez,
el pelotón de fusilamiento ofrece al reo una merienda.
El mundo como hechos sin calificativos.
¿Y aquella frase?
«Un corcho en medio de las hirvientes aguas»…
No queda una sola fotografía del Partenón ni tampoco del Vaticano,
nada queda sino el Amor.
¡Oh, perro, perro mío, aúlla,
ofréceme un poema de aullidos, concédeme esta gracia extrema,
tú mismo lo leerás,
mientras yo quemo los demás poemas!

Virgilio Piñera (Cárdenas; 4 de agosto de 1912 - La Habana; 18 de octubre de 1979) fue un escritor cubano.

miércoles, 3 de agosto de 2022

El reloj de arena de Francisco de Quevedo.


¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto;
en un camino que es una jornada,
breve y estrecha, de este al otro polo,
siendo jornada que es un paso solo?
Que, si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzarás allá, si capaz vaso
fueses de las arenas
en donde el alto mar detiene el paso.
Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.
No me hagas más guerra;
déjame, y nombre de piadoso cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra.

     Pero si acaso por oficio tienes
el contarme la vida,
presto descansarás, que los cuidados
mal acondicionados,
que alimenta lloroso
el corazón cuitado y lastimoso,
y la llama atrevida
que Amor, ¡triste de mí!, arde en mis venas
(menos de sangre que de fuego llenas),
no solo me apresura
la muerte, pero abréviame el camino;
pues, con pie doloroso,
mísero peregrino,
doy cercos a la negra sepultura.
Bien sé que soy aliento fugitivo;
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero,
y que soy vidrio, como tú, si vivo. 

lunes, 1 de agosto de 2022

Agora que sé de amor...


¿Agora que sé de amor
me metéis monja?

¡Ay Dios, qué grave cosa!

Agora que sé de amor
de caballero,
¿agora me metéis monja
en el monasterio?
¡Ay Dios, qué grave cosa!

Los primeros romances conservados se remontan al siglo XIV. Sin embargo, el género es tan antiguo como el mismo castellano.


Romance del enamorado y la muerte.


Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores
que en mis brazos la tenía.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
- ¿Por dónde has entrado amor?
¿Cómo has entrado mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
- No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
- ¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
- Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
- ¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta niña!
- ¿Como te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
- Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
- Vete bajo la ventana
donde ladraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
- Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.