Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Ubiergo.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Ubiergo.. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de mayo de 2013

UN CAFÉ PARA PLATÓN. Fernando Ubiego.


Un día de Octubre a clases no llegóhabía dejado la universidadcomo un pitillo a medio terminarsu carrera se quedó.
Siempre pedía un café para Platóny unas monedas para locomociónno tenía nada y valía más que yo,porque él todo lo dio…
Dime amigo en que lugardel mundo te hallarás,tomando un café junto a Platón…yo sé bien que tú estaráshablando de la paz…de la paz.
Tú siempre dijiste que la pazse escapa entre los dedos de la humanidady los pretendes juntar, son tantas manosque no alcanzarás...
La clase continuaba en el caféafuera el mundo giraba al revésera la loca aventura de la fepor cambiar era al revés.
Un día de Octubre a clases no llegóun día de Octubre un café que se enfrióhoy nadie pide un café para Platónporque él se marchó.
Dime amigo en que lugardel mundo te hallarástomando un café junto a Platónyo sé bien que tú estaráshablando de la paz…de la paztú siempre dijiste que la pazse escapa por entre los dedos de la humanidad
si los pretendes juntar son tantas manos que 
no alcanzaran.

Un café para Platón
que solo se enfrió
en mi canción


Un café para Platón es una balada muy conocida del cantor chileno Fernando Ubiergo. 
Es la historia de un estudiante universitario chileno. Basada en una historia real de un compañero universitario de Ubiergo. 
En 1977 participó en el Festival de la Primavera y obtuvo el primer premio. 
También ganó el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar en el año 1978 y  Pinochet lo invita a La Moneda, y el cantante se niega argumentando una enfermedad. 
Grabó por aquellos años el tema de Víctor Jara:  "Te recuerdo, Amanda".
Te recuerdo Amanda
la calle mojada
corriendo a la fabrica
donde trabajaba Manuel
La sonrisa ancha
la lluvia en el pelo
no importaba nada,
ibas a encontrarte con el,
con el, con el, con el, con el
Que partió a la sierra
que nunca hizo daño,
que partió a la sierra
y en cinco minutos,
quedó destrozado
Suenan las sirenas
de vuelta al trabajo
muchos no volvieron
tampoco Manuel.

(fragmento)




UN CAFÉ PARA PLATÓN.

En marzo  1977, me trasladé a vivir a Chile, como estudiante de posgrado. Eran tiempos difíciles en ese país y se vivía un ambiente incertidumbre y temor. Incluso, muchos sentían miedo, especialmente si de alguna manera habían  sido partidarios del anterior gobierno. Habían transcurrido menos de 3 años del golpe de estado, propiciado por las fuerzas armadas, encabezadas por el General Augusto Pinochet, en contra del socialista Salvador Allende.

Cuando tomé, junto con mi esposa, la decisión de ir a estudiar a ese país del Cono Sur, no pocos nos calificaron de insensatos.

La experiencia vendría a mostrarnos que la imagen externa que se proyectaba era mucho más tenebrosa que la realidad. Ya para ese entonces, el país estaba en calma y se vivía con relativa tranquilidad,. Si uno no se metía en temas políticos, no tenía problemas, aunque, como dicen los colombianos, se sentía una calma chicha. Aún había toque de queda, algo común a otros países cercanos, como Perú, Uruguay y Argentina. A veces se podía observar a los chilenos cuchicheando en lugares públicos, con mucha reserva. Eran tremendamente cautelosos en presencia de  personas que les eran desconocidas. En general se notaba gran  resquemor hacia los milicos (militares). Sin embargo, cuando se entraba en confianza, abundaban las historias de desaparecidos, expatriados, muertos, cadáveres que flotaban en el Mapocho (para decir verdad, solamente una vez, vi uno flotando río abajo). Pero también, los del otro lado tenían sus quejas: familiares que habían sido vejados, sus bienes saqueados o expropiados; insultos, maltratos y amenazas. Pero todos coincidían en la enorme preocupación por la mala situación económica y la escasez, en tiempos de Allende. Unos lo justificaban en el mal gobierno y la implantación de un sistema económico inviable; los otros, en el sabotaje de los ricos, los acaparadores y las malas acciones de gobiernos extranjeros.

En medio de aquel ambiente de zozobra, muchos manifestaban su deseo de buscar mejor futuro en otros países. Ingenuamente, se nos acercaban para ver si podíamos interceder para poder irse a vivir a Costa Rica. Quienes lo habían hecho decían, les había ido muy bien. Además, se decía, era un país de mucha paz. Quizás guardaban la esperanza de que, como ciudadanos costarricenses, podríamos hacer algo para ayudarles.

Desde luego, el gobierno costarricense, con esa miopía y xenofobia que siempre nos ha caracterizado a los ticos, en vez de aprovechar la «caza de cerebros», se empeñaba en prohibir el ingreso de tan valioso capital humano.  Cientos de chilenos pedían la visa para viajar y, después de que se les obligaba a pagar el costo del cable o telegrama, que no era barato, para solicitar la visa a Relaciones Exteriores, a la inmensa mayoría nunca les llegaba una respuesta: ni sí, ni no. Muchos chilenos aún guardan rencor hacia nuestro país por darles la espalda cuando lo necesitaron.

Una de las cosas que más me atraía, a la distancia, y que me motivó para irme a estudiar a aquel país, era su música. Para mí, el sonido melancólico de la quena, la agudeza del pinquillo, la soledad de la zampoña, el sonido épico de las tamboras, eran motivo de evocación del paisaje andino: los cóndores, los montes nevados, el desierto, las llamas, la casa de barro enclavada en un viñedo, los fríos inviernos. Esas eran las imágenes que nos traía el cine y la televisión, los sonidos de la radio y sobre todo, los conciertos de música protesta de los años 60:  como cantaba Quilapayún «qué culpa tiene el tomate, de estar tranquilo en su mata, si viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa Caracas», o aquella otra de Víctor Jara: «a desalambrar, a desalambrar! que la tierra es nuestra,  es tuya y de aquel, de Pedro y María, de Juan y José.»

Santiago era una ciudad cautelosa y casi dormida. Edificios en construcción abandonados, viaductos en ruinas, calles en mal estado. Las noches no eran propicias para cumbiar (para los chilenos, cualquier tipo de música tropical era una cumbia). A las 10 u 11 de la noche, todo estaba desierto. Las peñas de otrora eran solo un recuerdo. Como excepción, una vez, un muchacho joven quien nos contactó, pues tenía muchos deseos de poder venirse para Costa Rica como refugiado, nos ofreció llevarnos a una peña clandestina. Y así lo hizo. Tomamos varias «micros» en una noche de otoño, y en medio del frío y de la lluvia, llegamos a una casa bien disimulada en donde se reunía un grupo de jóvenes a cantar canciones prohibidas por la dictadura. Allí, con el calor que nos daba un vino caliente con canela y naranja, oí por primera vez la canción dedicada a la poetisa argentina, Alfonsina Storni: «Alfonsina y el mar», la cual, por razones que aún no me explico, era una de las proscritas.

En un ambiente en que la vida nocturna era tan estrecha, la gran atracción obligada era la televisión. En ese campo, los programas chilenos eran excelentes: Sábados Gigantes, Sábados Sensacionales, Jápening con Ja. Allí conocimos grandes artistas como Tito Fernández, los Huasos Quincheros, Los de Algarrobal, Los de Ramón (grupo que cantaba una canción costarricense: de la caña se hace el guaro). Los dos grandes íconos de aquel entonces eran el Festival de Viña del Mar, en el Otoño (febrero) y el Festival de la Primavera (en octubre), que eran transmitidos en vivo.

En aquel 1977, seguimos, segundo a segundo, el Festival de la Primavera. Las eliminatorias se realizaban durante toda una semana, y el lunes siguiente, como correspondía, la gran final.

Un muchacho joven presentó una canción de ritmo pausado, letra muy nostálgica y, para los tiempos, atrevida. Era de su autoría y la llamó: un café para Platón. La canción habla de un estudiante a quien él conoció a principios de aquella década en la Universidad de Chile. Era uno de esos típicos hippies de la época, que hablaban de paz y amor, probablemente fumaba marihuana (con un pitillo a medio terminar), andaban desarropados y se interesaban poco por las posesiones materiales. Era estudiante de filosofía y se hacía llamar a sí mismo, «el amigo de Platón». Como existencialista, vivía de la caridad de sus compañeros, pedía plata para tomar café (no para él, sino para su imaginario amigo Platón) y para pagar la «micro» (unas monedas para locomoción).

Desde luego que, como buen hippie de la época, era comunista hasta la médula y gran activista. Cantaba canciones protesta, sabía preparar cocteles Molotov, y era de los que en masa, protestaba por cualquier cosa por las calles, en contra de los momios (democratacristianos) y al grito de «qué calor, qué calor, un guanaco por favor!», disfrutaban cuando la policía salía con sus carros lanza-agua.

Cuando se vino el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973, muchos de aquellos revoltosos fueron apresados, incluyendo al amigo de Platón. Gran cantidad de ellos fueron encerrados en el Estadio Nacional y de allí desaparecieron. Por esas cosas extrañas, él fue liberado, y en cuanto se reiniciaron las clases, unas dos semanas después del golpe, volvió a la universidad con todos sus compañeros. Pero, un día de octubre a clases no llegó, había dejado la universidad. Con un pitillo a medio terminar, se marchó. Nunca nadie más supo de él. Se rumoró que se había exiliado en España, pero eso nunca fue confirmado. Como cantaba Fernando Ubiergo: «dime amigo en qué lugar, del mundo te hallarás, tomando un café junto a Platón, yo sé bien que tú estarás, hablando de la paz, y del amor. Tú siempre dijiste que, la paz se escapa por, entre los dedos de la humanidad, que si los pretendes juntar, son tantas manos que, no alcanzarán…»

Y la canción ganadora fue: «un café para Platón», para gran disgusto de la Junta Militar. Pero ¿qué hacer? Ubiergo se había convertido en un ídolo y tomar acciones en su contra, hubiese sido convertirlo en mártir. Además, quién podía afirmar que aquella letra hablaba del golpe de estado, los refugiados, los comunistas. Su popularidad fue tanta que, en el siguiente Festival de Viña del Mar, uno de los eventos de su clase, más prestigiosos y antiguos latinoamericanos, fue el gran ganador, con su canción: «El tiempo en las bastillas».

Esto me ha venido a la memoria gracias a una canción incluida en un disco compacto de una colección que está publicando el periódico La Nación, que se llama «La música de nuestra Nación», que contiene la versión nacional de aquella memorable canción que, en calidad de cover, interpreta el grupo nacional Manantial, que, por lo demás, tuvo mucha acogida. Para mí esa canción es muy significativa. La versión de su autor, Ubiergo, me recuerda aquellos lindos años que viví por allá, al Chile que me adoptó en uno de sus peores momentos y que se conviertió en la patria natal de mi hijo. La versión de Manantial, pues la dio a conocer en Costa Rica. Aún no me explico por qué, siendo Fernando Ubiergo un cantautor tan querido en su país y conocido en el Cono Sur, a Costa Rica solamente llegó esa canción. Algunas veces escucho una que otra de su autoría, como «En agosto era 21», pero sin gran difusión.

DENNIS MELÉNDEZ HOWELL.

https://dmelende.wordpress.com/2012/08/17/un-cafe-para-platon/