no alcanzaran.
Un café para Platón
que solo se enfrió
en mi canción
UN CAFÉ PARA PLATÓN.
En marzo 1977, me
trasladé a vivir a Chile, como estudiante de posgrado. Eran tiempos difíciles
en ese país y se vivía un ambiente incertidumbre y temor. Incluso, muchos
sentían miedo, especialmente si de alguna manera habían sido partidarios del anterior gobierno.
Habían transcurrido menos de 3 años del golpe de estado, propiciado por las
fuerzas armadas, encabezadas por el General Augusto Pinochet, en contra del
socialista Salvador Allende.
Cuando tomé, junto con mi esposa, la decisión de ir a
estudiar a ese país del Cono Sur, no pocos nos calificaron de insensatos.
La experiencia vendría a mostrarnos que la imagen externa
que se proyectaba era mucho más tenebrosa que la realidad. Ya para ese
entonces, el país estaba en calma y se vivía con relativa tranquilidad,. Si uno
no se metía en temas políticos, no tenía problemas, aunque, como dicen los
colombianos, se sentía una calma chicha. Aún había toque de queda, algo común a
otros países cercanos, como Perú, Uruguay y Argentina. A veces se podía
observar a los chilenos cuchicheando en lugares públicos, con mucha reserva.
Eran tremendamente cautelosos en presencia de
personas que les eran desconocidas. En general se notaba gran resquemor hacia los milicos (militares). Sin
embargo, cuando se entraba en confianza, abundaban las historias de
desaparecidos, expatriados, muertos, cadáveres que flotaban en el Mapocho (para
decir verdad, solamente una vez, vi uno flotando río abajo). Pero también, los
del otro lado tenían sus quejas: familiares que habían sido vejados, sus bienes
saqueados o expropiados; insultos, maltratos y amenazas. Pero todos coincidían
en la enorme preocupación por la mala situación económica y la escasez, en
tiempos de Allende. Unos lo justificaban en el mal gobierno y la implantación
de un sistema económico inviable; los otros, en el sabotaje de los ricos, los
acaparadores y las malas acciones de gobiernos extranjeros.
En medio de aquel ambiente de zozobra, muchos manifestaban
su deseo de buscar mejor futuro en otros países. Ingenuamente, se nos acercaban
para ver si podíamos interceder para poder irse a vivir a Costa Rica. Quienes
lo habían hecho decían, les había ido muy bien. Además, se decía, era un país
de mucha paz. Quizás guardaban la esperanza de que, como ciudadanos
costarricenses, podríamos hacer algo para ayudarles.
Desde luego, el gobierno costarricense, con esa miopía y
xenofobia que siempre nos ha caracterizado a los ticos, en vez de aprovechar la
«caza de cerebros», se empeñaba en prohibir el ingreso de tan valioso capital
humano. Cientos de chilenos pedían la
visa para viajar y, después de que se les obligaba a pagar el costo del cable o
telegrama, que no era barato, para solicitar la visa a Relaciones Exteriores, a
la inmensa mayoría nunca les llegaba una respuesta: ni sí, ni no. Muchos
chilenos aún guardan rencor hacia nuestro país por darles la espalda cuando lo
necesitaron.
Una de las cosas que más me atraía, a la distancia, y que me
motivó para irme a estudiar a aquel país, era su música. Para mí, el sonido
melancólico de la quena, la agudeza del pinquillo, la soledad de la zampoña, el
sonido épico de las tamboras, eran motivo de evocación del paisaje andino: los
cóndores, los montes nevados, el desierto, las llamas, la casa de barro
enclavada en un viñedo, los fríos inviernos. Esas eran las imágenes que nos
traía el cine y la televisión, los sonidos de la radio y sobre todo, los
conciertos de música protesta de los años 60:
como cantaba Quilapayún «qué culpa tiene el tomate, de estar tranquilo
en su mata, si viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa
Caracas», o aquella otra de Víctor Jara: «a desalambrar, a desalambrar! que la
tierra es nuestra, es tuya y de aquel,
de Pedro y María, de Juan y José.»
Santiago era una ciudad cautelosa y casi dormida. Edificios
en construcción abandonados, viaductos en ruinas, calles en mal estado. Las
noches no eran propicias para cumbiar (para los chilenos, cualquier tipo de
música tropical era una cumbia). A las 10 u 11 de la noche, todo estaba
desierto. Las peñas de otrora eran solo un recuerdo. Como excepción, una vez,
un muchacho joven quien nos contactó, pues tenía muchos deseos de poder venirse
para Costa Rica como refugiado, nos ofreció llevarnos a una peña clandestina. Y
así lo hizo. Tomamos varias «micros» en una noche de otoño, y en medio del frío
y de la lluvia, llegamos a una casa bien disimulada en donde se reunía un grupo
de jóvenes a cantar canciones prohibidas por la dictadura. Allí, con el calor
que nos daba un vino caliente con canela y naranja, oí por primera vez la
canción dedicada a la poetisa argentina, Alfonsina Storni: «Alfonsina y el
mar», la cual, por razones que aún no me explico, era una de las proscritas.
En un ambiente en que la vida nocturna era tan estrecha, la
gran atracción obligada era la televisión. En ese campo, los programas chilenos
eran excelentes: Sábados Gigantes, Sábados Sensacionales, Jápening con Ja. Allí
conocimos grandes artistas como Tito Fernández, los Huasos Quincheros, Los de
Algarrobal, Los de Ramón (grupo que cantaba una canción costarricense: de la
caña se hace el guaro). Los dos grandes íconos de aquel entonces eran el
Festival de Viña del Mar, en el Otoño (febrero) y el Festival de la Primavera
(en octubre), que eran transmitidos en vivo.
En aquel 1977, seguimos, segundo a segundo, el Festival de
la Primavera. Las eliminatorias se realizaban durante toda una semana, y el
lunes siguiente, como correspondía, la gran final.
Un muchacho joven presentó una canción de ritmo pausado,
letra muy nostálgica y, para los tiempos, atrevida. Era de su autoría y la
llamó: un café para Platón. La canción habla de un estudiante a quien él
conoció a principios de aquella década en la Universidad de Chile. Era uno de
esos típicos hippies de la época, que hablaban de paz y amor, probablemente
fumaba marihuana (con un pitillo a medio terminar), andaban desarropados y se
interesaban poco por las posesiones materiales. Era estudiante de filosofía y
se hacía llamar a sí mismo, «el amigo de Platón». Como existencialista, vivía
de la caridad de sus compañeros, pedía plata para tomar café (no para él, sino
para su imaginario amigo Platón) y para pagar la «micro» (unas monedas para
locomoción).
Desde luego que, como buen hippie de la época, era comunista hasta la médula y gran activista. Cantaba canciones protesta, sabía preparar cocteles Molotov, y era de los que en masa, protestaba por cualquier cosa por las calles, en contra de los momios (democratacristianos) y al grito de «qué calor, qué calor, un guanaco por favor!», disfrutaban cuando la policía salía con sus carros lanza-agua.
Cuando se vino el golpe de estado del 11 de setiembre de
1973, muchos de aquellos revoltosos fueron apresados, incluyendo al amigo de
Platón. Gran cantidad de ellos fueron encerrados en el Estadio Nacional y de
allí desaparecieron. Por esas cosas extrañas, él fue liberado, y en cuanto se
reiniciaron las clases, unas dos semanas después del golpe, volvió a la
universidad con todos sus compañeros. Pero, un día de octubre a clases no
llegó, había dejado la universidad. Con un pitillo a medio terminar, se marchó.
Nunca nadie más supo de él. Se rumoró que se había exiliado en España, pero eso
nunca fue confirmado. Como cantaba Fernando Ubiergo: «dime amigo en qué lugar,
del mundo te hallarás, tomando un café junto a Platón, yo sé bien que tú
estarás, hablando de la paz, y del amor. Tú siempre dijiste que, la paz se
escapa por, entre los dedos de la humanidad, que si los pretendes juntar, son
tantas manos que, no alcanzarán…»
Y la canción ganadora fue: «un café para Platón», para gran
disgusto de la Junta Militar. Pero ¿qué hacer? Ubiergo se había convertido en
un ídolo y tomar acciones en su contra, hubiese sido convertirlo en mártir.
Además, quién podía afirmar que aquella letra hablaba del golpe de estado, los
refugiados, los comunistas. Su popularidad fue tanta que, en el siguiente
Festival de Viña del Mar, uno de los eventos de su clase, más prestigiosos y
antiguos latinoamericanos, fue el gran ganador, con su canción: «El tiempo en
las bastillas».
Esto me ha venido a la memoria gracias a una canción
incluida en un disco compacto de una colección que está publicando el periódico
La Nación, que se llama «La música de nuestra Nación», que contiene la versión
nacional de aquella memorable canción que, en calidad de cover, interpreta el
grupo nacional Manantial, que, por lo demás, tuvo mucha acogida. Para mí esa
canción es muy significativa. La versión de su autor, Ubiergo, me recuerda
aquellos lindos años que viví por allá, al Chile que me adoptó en uno de sus
peores momentos y que se conviertió en la patria natal de mi hijo. La versión
de Manantial, pues la dio a conocer en Costa Rica. Aún no me explico por qué,
siendo Fernando Ubiergo un cantautor tan querido en su país y conocido en el
Cono Sur, a Costa Rica solamente llegó esa canción. Algunas veces escucho una
que otra de su autoría, como «En agosto era 21», pero sin gran difusión.
DENNIS
MELÉNDEZ HOWELL.
https://dmelende.wordpress.com/2012/08/17/un-cafe-para-platon/
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