lunes, 8 de octubre de 2012

LA NEVADA DEL ´48 de SILVIA ANGÉLICA MONTOTO DE LÁZZERI.

UN CUENTO DE SILVIA ANGÉLICA MONTOTO DE LÁZZERI.
 
ESCRITORES PATAGÓNICOS.
 
 
LA NEVADA DEL ´48.
Fue en julio de 1948.

La tarde ya estaba promediando y el viejo Antonio no lograba llegar al rancho con la carga de leña que había ido a buscar al monte apenas amanecía.

-¡Vamos Pichuco, Luna!- les gritaba a las bestias, azuzándolas con el látigo que dibujaba en el aire su propio cansancio.

-Están viejos ya, ¡Qué más puedo pedirles a estos pobres matungos!-pensó- Bastante me han dado.

Sin embargo Antonio sabía que necesitaba un esfuerzo más.

Una tormenta de nieve se avecinaba por el Este y él conocía lo que eso significaba.

Apenas pudo cargar medio carro con raíces y ramas de piquillín y matasebo. El Turco Abdala ya se lo había advertido: -La última carga que ti doy. Turco ya ser demasiado generoso con paisano Antonio. El campo es de Abdala y de aquí no se saca un tronco más. ¿Me entiendí Usté?

¡Vaya si lo había entendido! Sabía que de ahora en más la escopeta del turco estaría alerta. No era hombre de promesas vanas, y un gesto amargo asomó a su rostro curtido por el viento.



¡Vamos Pichuco…fuerza Luna!...

Los animales subían sudorosos la última cuesta. Babeantes sus fauces, opacos sus ojos, y sobre las costillas, las varas pelándoles el cuero. La silueta del rancho asomó por fin en la lejanía. Un hilito de humo, como un suspiro agónico se elevaba desde la chimenea.

-Se están yendo las ultimas leñitas –pensó- ¡La pucha que duran poco!



En el rancho, arrebujada bajo las mantas y el quillango de zorro, estaba la Carmen, apagándose lentamente como los últimos destellos del piquillín en la chimenea.

Hacía 15 días que Antonio había terminado la changuita que, más por lastima que por necesidad, le había dado el vasco Wenceslao en la estancia. En el fondo del tarrito que hacia las veces de alcancía, sonaban apenas las últimas monedas.

Llegó finalmente al puesto y arrimó el carro al cobertizo donde almacenaba la leña. Desató los caballos y los llevó al bebedero.

En los ojos de Luna, esa yegüita alazana que por tantos caminos lo había acompañado sin desmayos, Antonio creyó leer un gesto de agradecimiento.

Pasó la mano por su grupa y arrimando su cabeza a la de la bestia le susurró en la oreja -¡Gracias Lunita,… Ud. sí que es una hembra guapa y linda!-… ¡No se me ponga celoso Pichuco que Ud también tiene lo suyo amigo!...-agregó, acariciando al otro animal.

Al cruzar el patio para entrar al rancho, una bandada de gorriones voló a baja altura. -¡Estos espían la tormenta!- pensó- ¡De seguro no pasa de esta noche!.



El rancho estaba frío y húmedo. Una capa de humo cortaba el aire. En el fogón, los últimos rescoldos parecían ojos de gatos en la oscuridad.

Un bulto casi imperceptible en un rincón de la única pieza del ranchito se movía apenas, era el cuerpo de la Carmen. Su brazo colgaba a una costado del camastro sarmentoso y seco como un tronco de viña.

Antonio le arrimó un vaso de agua a los labios resecos por la fiebre. La mujer apenas abrió los ojos.

-¿Se acuerda Carmencita cuando la traje pal`rancho? Era como en noviembre y los neneos estaban verdecitos. Yo le hice un ramo de lágrimas de la Virgen y se los puse en el escote…¡Qué vergüenza tenía mi novia, y yo estaba orgulloso con mi paisanita nueva…

-¿Cuántas nevazones habrán caído desde entonces? ¡Vaya uno a saber, ya ni me acuerdo!



Antonio descargó luego la leña y la acomodó en el cobertizo. Acarreó unas brazadas para el rancho, encendió la hoguera y cocinó el pan en el horno de barro.



Era medianoche cuando empezó a nevar, sólo se oía el sonido apagado de los copos al caer sobre el techo.

Antonio no tenía sueño, estaba inquieto por la Carmen que se quejaba y se revolvía en el camastro.

Sentado junto al fuego el resplandor de las llamas iluminaba su rostro ajado, con los ojos abiertos en la noche, viajaba en el infinito tren de los recuerdos.

Hacía treinta años que había venido por primera vez a los pagos de Colitoro para la esquila en la estancia de Wenceslao. Era verano, los neneos reventaban de capullos y el aroma inconfundible del campo esparcido en la brisa, llenaba sus jóvenes pulmones, mientras pensaba en aquella muchacha del pueblo que le había robado el corazón.

Antonio trabajó duro, no podía presentarse ante la Carmencita con pretensiones de casorio sin una moneda en el bolsillo, porque si era grande su amor, más grande era su orgullo.

A fuerza de sacrificios logró su objetivo.

Juntos levantaron el rancho, prepararon la huerta, criaron gallinas y conejos, compraron una vaquita y algunos chivos que Antonio vendió en el pueblo, con lo que vivían felices.

Al año nació el Jacinto, su único hijo al que criaron lo mejor que pudieron.



El muchacho, sin embargo, salió de mala entraña: Rebelde, pendenciero y haragán. Poco a poco se alejó del rancho.

-¡Déjalo que se curta mujer, que sepa lo que es la vida!- le decía Antonio para consolar a la pobre madre que vivía penando.



Y el Jacinto encontró el destino que había buscado…

La policía lo encontró cuatrereando a unas leguas del puesto y lo mató sin asco al desobedecer la orden de alto.

Con sus propias manos Antonio lo enterró en el fondo del patio, con las mismas manos callosas que habían trabajado sin descanso para hacerlo un hombre derecho.

La Carmen no se repuso más de aquel duro golpe. Junto a su hijo se habían ido todas sus alegrías.

En vano fueron los esfuerzos de Antonio quien no pudo volver a arrancar jamás una sonrisa de aquel rostro amado.



Casi amanecía…el fuego se había apagado. Apenas reverberaban algunos tizones. La nieve seguía cayendo cada vez más densa, cada vez más callada, moldeando los contornos irregulares del campo: ramas espinosas, redondeados coirones como copos de algodón y en esa inmensidad de soledades, en esa etapa blanca e infinita, el ranchito, como un mojón, donde un hombre y una mujer se consumían lentamente en aquel invierno del 48.

Homenaje a mi gente querida de la Línea Sur, que tanto vi sufrir en mis días de infancia en aquel invierno del 48.
 

Silvia  Angélica Montoto de Lazzeri, tiene en su haber publicados varios libros de poemas y cuentos.  De los libros de cuentos está  "Otro gallo cantaría y otros cuentos" de Editorial La Lámpara, 2004 cuando decidió darle una tregua a sus inspiraciones poéticas para dar paso a los cuentos. Este libro incluye cuentos que los denomina "Cuentos urbanos" y "Cuentos rurales".
"La nevada del ´48" está inspirado en vivencias del crudo invierno en postergada Línea Sur Rionegrina, páginas 85 al 89.
 

 

sábado, 6 de octubre de 2012

"ZAMBA DE LOS MINEROS" un poema del salteño Jaime Dávalos y la música nuestro inmortal “Cuchi” Leguizamón

Pasaré por Hualfín
Me voy a Corral Quemao.
A lo de Marcelino Ríos
para corpacharme con vino morao.

Yo soy ese cantor
nacido en el carnaval
minero de la noche traigo
la estrella de cuarzo de Culampajá.

La zamba de los mineros
tiene solo dos caminos
morir el sueño del oro,
vivir el sueño del vino.

Me voy a Pirquinay
Veta del Culampajá
cuando a mi me pille la muerte
tan solo esta zamba me conocerá.

Molino de Maray
que mueles con tanto afán
mientras otros muelen el oro
Marcelino Ríos su uva molerá.

La zamba de los mineros
tiene solo dos caminos
morir el sueño del oro,
vivir el sueño del vino.

“Zamba de los mineros” es un poema del salteño Jaime Dávalos y la música nuestro inmortal “Cuchi” Leguizamón "el abogado sin pleitos" quien decía: "Llevo mi tierra desde el taco de mi zapato al corazón".
Zamba de los mineros es un ícono de las zambas argentinas, una de las 82 creaciones registradas en SADAIC por el Cuchi Leguizamón. 
Zamba de los mineros que ha sido cantada por grandes intérpretes  del cancionero popular argentino como Mercedes Sosa,  Chito Zeballos, Jorge Cafrune, Bruno Arias, Chany Suárez, Patricio Jiménez, Enrique “Chichí” Ibarra, el Dúo Coplanacu, Juan Falú y tantos otros.
La zamba que se convirtió en el “himno de los mineros” y en tal sentido se la canta en muchas de las peñas que se realizan en los congresos o reuniones geológicas.
¿Cómo nació Zamba de los mineros?
Dicen que Don Jaime Dávalos fue invitado por amigos mineros salteños que habían hecho contrato para explotar las minas de oro de Culampajá en Catamarca.En una estanciera de la época viajaron por Cafayate, Santa María y Hualfín hasta Corral Quemado, en una travesía que duraba al menos un par de días. En Corral Quemado hicieron campamento en el almacén de ramos generales de don Marcelino Ríos. Los mineros partieron hacia la montaña y Jaime Dávalos decidió permanecer allí el tiempo que durara la misión.
Dicen que el paisaje, las historias del oro que contaban los parroquianos que acudían a la pulpería de Marcelino y el rico vino morado, lo fueron inspirando para escribir una zamba al gran Jaime Dávalos.
Y así nacieron estos versos:
“Pasaré por Gualfín / me voy a Corral Quemao / a lo de Marcelino Ríos / para corpacharme con vino morao”.
“Yo soy ese cantor / nacido en el carnaval / minero de la noche traigo / la estrella de cuarzo del Culampajá”.


jueves, 4 de octubre de 2012

LA CHICHARRA CHOCHA de José Solís Pizarro.

 

Este poema "descubierto hace unos minutos" es del salteño José Solís Pizarro (que tampoco lo conocía... ¡Cuánto por conocer y aprender queda en esta vida!).

José Solís Pizarro tenía 16 años cuando creó este inusual camposanto en el patio de su casa bajo una arboleda de frondosos laureles.No podía ver una ave muerta tirada en el campo…él la levantaba y le daba sepultura.La entrada al cementerio, que limita con un corral donde se amansan caballos, tenía una tranquera flanqueada por dos anchos pilares de piedras que están pintados a la cal. Ya no tiene la tranquera, y el hueco está protegido por una alambrada.
Debajo de la arboleda, hay un sendero a la par de una acequia que en verano baja con aguas cristalina. Con durmientes de quebracho se hizo un pequeño puente que comunica al cementerio con “El Refugio”, el patio donde se juntaba Solís Pizarro con sus amigos.
En 1975 la Asociación de Cananicultores y Ornitólogos de Salta puso una plaqueta recordatoria cuando el cementerio cumplió 50 años.“Todavía hay gente que viene desde la ciudad y de provincias vecinas a enterrar a sus pájaros. Los traen envueltos en una mortaja y así los sepultan”, explica Analía Pintos de Maruyama, nuera de Atocha del valle.
En el suelo hay lápidas con versos:Volaba de rama en ramaUn amoros jilgueroDonde quedó prisioneroY otra dice:Canta el copleroCanta el vidaleroPero el que mejor cantaEs el chalchalero“ Nunca se dejó constancia escrita de las aves que fueron sepultadas aquí – dice Analía - .
Son centenares, de eso estamos seguros. Aquí vienen los chicos de Atocha todas las semanas a enterrar un pajarito. Y eso tiene de bueno: que los chicos aquí no andan hondeando las aves. Al contrario ellos las protegen. Pero de ahora en más, vamos a llevar un registro de las sepulturas”.Atocha del Valle Solís Pizarro de Maruyama está segura: “los versos que hay pintados en la piedras del cementerio son de mi padre y de los poetas que venían al lugar.
Es una lástima que no los hayan firmado.”Camino a Atocha, pasando el barrio Santa Lucía, hay un barrio muy populoso que lleva el nombre de Don José Solís Pizarro. Sus calles tienen nombres de pájaros, en honor al Cementerio que creó el poeta.
Fuente: http://www.lavozdeatocha.com.ar/#/s13/

Y este poema que parece un trabalengua es ¡magnífico!

La chicharra chocha

de José Solís Pizarro.



Rechoncha la chicharra

chirria chocha,

en un churqui chorco

del país de Atocha.


Chirria pa la chicha

chura de los chicheros,

pa los charquis y el chilcán

de tuitos los chiveros.


Pa los techos de ají

del rancho a quincha,

pa las yeguas chunchas

que relinchan.


Pa los choclos asaos

del gaucho en la mañana,

pa los miches chamuscaos

de la colchana.


Pa los changos

rasquinchos

y tuitos los charangos

lomos de quirquincho.


Pa los nidos de chascas,

pa la guagua chuschenta,

pal machazo coyuyo

chilla más contenta.


Repente en la noche,

la chicharra chocha,

volóse del churqui

del país de Atocha.

miércoles, 3 de octubre de 2012

MARÍA VA - ANTONIO TARRAGÓ ROS.



María Va es un chamamé 
de Antonio Tarragó Ros.

Mirar rasgado
patitas chuecas,
María va.
Pisando apenas
la arena ardiente,
María va.

Calcina el monte
Un sol de fuego,
María va.
Temor pombero
palmar y estero,
María va.

Quiso la siesta
ponerle un niño
a su soledad.
De trigo y luna
y de su mano
María va.

Por el tabacal su paso María va.
Y se bebe el sol,
que huele a duende
María va.

Andando el verano de sol y chicharra,
a flores del monte,
María, olía tu pueblo.
Un tren perezoso, resuella y resuello
a calle regada, María, olía tu pueblo.
A pura inocencia de niño pueblero,
a calle regada, a flores del monte,
María, olía tu pueblo.

Quiso la siesta
ponerle un niño
a su soledad.
De trigo y luna
y de su mano
María va.

Por el tabacal
tu paso María va.
Y se bebe el sol,
que huele a duende
María va…
María va...
María va...

"María va" interpreta el Reginense
Carlos Basabe con Antonio Tarragó Ros.


martes, 2 de octubre de 2012

TRAIGO PARA TÍ - ALBERTO CORTEZ.

 
TRAIGO PARA TI
DE ALBERTO CORTEZ.
 
Traigo para ti desde muy lejos
un traje de amapolas con lunares,
auténticos lunares de la luna,
con un cuello de garza sibelina
y un sombrero con plumas de ave fénix
plumas infantas del ave renacidas...
Traigo lápices de todos los colores
que robé en un descuido al arco iris
cuando andaba de uniones con las nubes.
y hasta diez pergaminos de abedules
donde pintar los cielos del estío

Había mar en la tierra donde anduve
y del mar te he traído algunas cosas
un pañuelo de nacar nacarado
y unas alas de peces voladores.
Negocié con Neptuno más no quiso
deshacerse por nada del tridente
sin embargo te envía un abanico
de coral vespertino y transparente
que hicieron hipocampos artesanos.

Mil erizos te envían alfileres
para tejer con sargazos un abrigo
que te abrigue de las brisas marinas
de la aurora boreal y de las prisas.

Te traigo este poema en que me traigo
a tus brazos desnudo todo entero,
es decir, sin secuelas del camino,
es decir, sin urgencias y en mis manos
te traigo el corazón que una gaviota
me entregó para ti por si quisieras
ir con ella a volar por el espacio
o al interior de alguna caracola
para escuchar al mar desde más cerca
traducir el idioma de las olas.