viernes, 24 de febrero de 2017

COPLERO - Aledo Luis Meloni.


DIEZ COPLAS.


Lo que va de ayer a hoy
por estar globalizados:
ayer éramos nación, 
hoy somos sólo un mercado.
*
A veces grito mi furia,
y otras veces me las guardo;
me atengo a lo del Quijote:
al buen callar llaman, Sancho.
*
Por la ley del interés,
cuántas veces, cuántas veces
la sentencia de los jueces
no es la sentencia del Juez.
*
Con rara equidad el Fondo
como a una fruta nos trata:
nos come toda la pulpa
pero nos deja la cáscara.
*
Qué patria paradojal:
mientras la usura enriquece
aquí el trabajo empobrece...
Pero la amamos igual.
*
La ley nos iguala a todos;
sin embargo, al delinquir,
unos van a un calabozo
y otros a una celda VIP.
*
Por las torres de Manhattan,
por las torres que cayeron,
llora, llora el primer mundo
mientras explota al tercero.
*
La gente corta las rutas
pidiendo una solución;
y al gobierno qué le va
si ellos viajan en avión.
*
Cuando veo un perro flaco
y lleno de garrapatas,
por asociación de ideas
-qué pena- pienso en la patria.
*
La suerte del argentino
la definió un reverendo:
vivir pagando, pagando;
morir debiendo, debiendo.

Aledo Luis Meloni (Estación María Lucila, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1 de agosto de 1912 - Resistencia, 11 de enero de 2016 ).

jueves, 23 de febrero de 2017

"Un día de estos" un cuento de Gabriel García Márquez.

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-Papá.
-Qué.
-Dice el alcalde que si le sacas una muela.
-Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo el alcalde.
-Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene que ser sin anestesia -dijo.
-¿Por qué?
-Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
-Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese las lágrimas -dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
-Me pasa la cuenta -dijo.
-¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
-Es la misma vaina.

martes, 21 de febrero de 2017

Una tarde de tabiada (Prosa verseada).

Una tarde de tabiada
(Prosa verseada)

Me parece que lo veo,
me parece…
desenvainado el facón
hace Don Lalo una raya
en la tierra pisoteada
junto a la cancha de bochas,
unos diez o doce pasos
(si mal no recuerdo doce)
y otra raya bien marcada!
limpia el facón en la bota
hecha el poncho a un la’o
envaina.

Y ansina queda marcada;
Sin mas ley ni reglamentos,
la cancha, pa’ una tabiada.
taba en mano entra a pasearse
solo, barajando el hueso,
como tanteándole el peso
esperando que alguien caiga.

Poco a poco el paisanaje;
se acerca y lo va rodeando
pero con cierto recelo,
pa’ coparle la parada,
porque según alguien dijo;
ya no es la primera vez
que deja alguno pela’o
con algún hueso carga’o
o alguna taba “culera”
pero nunca falta alguno,
que entre a cortar la parada.

“cinco reales pa’empezar
pa’ no correr a ninguno”
y el lomo de cinco pumas
brillan tira’o en el suelo
“!copo la banca y le agrego
cinco mas pa’ redondear
porque me quede sin cambio
y a mi un peso me trae suerte!”
y en la punta de la bota;
queda una “chala” apretada
pa’ que el viento no la vuele.

Y el Lalo va haciendo tiempo
porque de afuera hay apuestas.
“dos pesos en contra el tiro”
“se los copo ¡aquí los tiene!
y el contrario se incomoda
porque Don Lalo demora.
“avise si esta dormido”
¿o le esta temblando el pulso?
“gueno…aguanten que via tirar”
“!Guri no cruces la cancha!”

Y el hombre fija la vista
como midiendo el terreno,
y se prepara pa’l tiro
casi pisando la raya.

El cuerpo se inclina a medias
volca’o algo a la derecha,
encoje el brazo, lo estira
le abre la mano y el hueso,
parece que alzara guelo
seguido de la mirada
que le clava el paisanaje,
y no faltan comentarios
a pesar que el cuelo es corto.

“la tiro de guelta y media…”
“y viene como dormida…”
“pa’ mi que ese tiro es corto
y que no llega a la raya”
“Clavada” (grito Barboza)
nomas de puro chistoso
y la taba iba corriendo,
y allá al final de la cancha;
se para mostrando el “liso”
¡es culo! Grito un mirón
y un borracho le contesta
mirando el hueso ‘e soslayo;
“si es de su gusto aproveche,
pa’mi ese culo es muy flaco
y además es muy guesudo”
y al unísono el gauchaje
se festeja a carcajadas
la ocurrencia del mamao”.

Y unos vienen… y otros van
y un perdedor se retira.
“Aprieto (grito mi Viejo)
mientras pisaba la taba.
“Copo la banca y si gustan
tengo aquí otro par de pesos,
por si hay alguien que se anime”.

“¿tenes un peso García?,
te invito para una “vaca”
porque ya me jugué el resto,
voy a apostar contra el tiro”
“¿pero vos estas mamao
o te faya la sesera?”
¡Apostar contra el Canario,
es como ponerle huevos
en la trompa de un lagarto
y esperar que se eche al sol
a dormir y no los coma!”.

“Gueno… si no hay mas plata,
va el tiro!”
Se hace silencio en la cancha
porque Fuentes tiene fama
de clavador de los buenos.
Y una cuarta raya ajuera
como puesta con la mano;
queda la taba clavada,
desteyando al sol la chapa
del bronce con que fue herrada.

Cae la tarde, se va el sol,
y entran a sobrar mirones
porque los pelaos son muchos,
Y un gurí se hace el chistoso;
“aya de la recorrida
Viene el milico Gutiérrez…”

Y que les voy a contar,
la taba, desaparece,
los que quedan se desbandan,
y en el apuro en el suelo,
medios tapao por la tierra;
quedan tirao unos reales
que un borracho se hace cargo,
pa’ echarse el ultimo trago,
a salud de un perdedor.

Fuente
www.revisionistas.com.ar

domingo, 19 de febrero de 2017

Ella - José Alfredo Jiménez.


Ella 
de José Alfredo Jiménez.

Me canse de rogarle me canse de decirle,
Que yo sin ella de pena muero,
Ya no quiso escucharme si sus labios se abrieron,
Fue pa' decirme ya no te quiero.
Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo
Y negro como mi suerte, quise hallar el olvido al estilo Jalisco
(no te rajes) 
Pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar.
Me canse de rogarle. 
Con el llanto en mis ojos mi copa y brinde con ella.
No podía despreciarme era el ultimo brindis de un bohemio con una reina.
Los mariachis callaron.
De mi mano sin fuerza cayo mi copa sin darme cuenta
Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza
Pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor.
José Alfredo Jiménez Sandoval, (Dolores Hidalgo, Guanajuato, 19 de enero de 1926 - Ciudad de México, 23 de noviembre de 1973).

sábado, 18 de febrero de 2017

El brindis del bohemio de Guillermo Aguirre y Fierro.


En torno de una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.
Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.



El humo de olorosos cigarrillos
en espirales se elevaba al cielo,
simbolizando al resolverse en nada,
la vida de los sueños.

Pero en todos los labios había risas,
inspiración en todos los cerebros,
y, repartidas en la mesa, copas
pletóricas de ron, whisky o ajenjo.

Era curioso ver aquel conjunto,
aquel grupo bohemio,
del que brotaba la palabra chusca,
la que vierte veneno,
lo mismo que, melosa y delicada,
la música de un verso.

A cada nueva libación, las penas
hallábanse más lejos
del grupo, y nueva inspiración llegaba
a todos los cerebros,
con el idilio roto que venía
en alas del recuerdo.

Olvidaba decir que aquella noche,
aquel grupo bohemio
celebraba entre risas, libaciones,
chascarrillos y versos,
la agonía de un año que amarguras
dejó en todos los pechos,
y la llegada, consecuencia lógica,
del "feliz año nuevo"...

Una voz varonil dijo de pronto:
-las doce, compañeros;
digamos el "requiescat" por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.
¡Brindemos por el año que comienza!
porque nos traiga ensueños;
porque no sea su equipaje un cúmulo
de amargos desconsuelos...

- Brindo, dijo otra voz, por la esperanza
que la vida nos lanza,
de vencer los rigores del destino,
por la esperanza, nuestra dulce amiga,
que las penas mitiga
y convierte en vergel nuestro camino.

Brindo porque ya hubiere a mi existencia
puesto fin con violencia
esgrimiendo en mi frente mi venganza;
si en mi cielo de tul limpio y divino
no alumbrara mi sino
una pálida estrella: Mi esperanza.

¡Bravo!, dijeron todos, inspirado
esta noche has estado
y hablaste bueno, breve y substancioso.
El turno es de Raúl; alce su copa
y brinde por... Europa,
ya que su extranjerismo es delicioso...

Bebo y brindo, clamó el interpelado;
brindo por mi pasado,
que fue de luz, de amor y de alegría,
y en el que hubo mujeres seductoras
y frentes soñadoras
que se juntaron con la frente mía...

Brindo por el ayer que en la amargura
que hoy cubre de negrura
mi corazón, esparce sus consuelos
trayendo hasta mi mente las dulzuras
de goces, de ternuras,
de dichas, de deliquios, de desvelos.

-Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente
brote un torrente
de inspiración divina y seductora,
porque vibre en las cuerdas de mi lira
el verso que suspira,
que sonríe, que canta y que enamora.

Brindo porque mis versos cual saetas
lleguen hasta las grietas
formadas de metal y de granito,
del corazón de la mujer ingrata
que a desdenes me mata...
¡pero que tiene un cuerpo muy bonito!

Porque a su corazón llegue mi canto,
porque enjuguen mi llanto
sus manos que me causan embelesos;
porque con creces mi pasión me pague...
¡vamos!, porque me embriague
con el divino néctar de sus besos.

Siguió la tempestad de frases vanas,
de aquellas tan humanas
que hallan en todas partes acomodo,
y en cada frase de entusiasmo ardiente,
hubo ovación creciente,
y libaciones, y reír, y todo.

Se brindó por la patria, por las flores,
por los castos amores
que hacen un valladar de una ventana,
y por esas pasiones voluptuosas
que el fango del placer llena de rosas
y hacen de la mujer la cortesana.

Sólo faltaba un brindis, el de Arturo,
el del bohemio puro,
de noble corazón y gran cabeza;
aquel que sin ambages declaraba
que sólo ambicionaba
robarle inspiración a la tristeza.

Por todos lados estrechado, alzó la copa
frente a la alegre tropa
desbordante de risa y de contento
los inundó en la luz de una mirada,
sacudió su melena alborotada
y dijo así, con inspirado acento:

-Brindo por la mujer, mas no por esa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer ¡desventurados!;
no por esa que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.

Yo no brindo por ella, compañeros,
siento por esta vez no complaceros.
Brindo por la mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos;
por la mujer que me arrulló en la cuna.

Por la mujer que me enseñó de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos
uno por uno, el corazón entero.

¡Por mi madre!.. bohemios, por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y muy deseado,
porque sueña tal vez que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.


Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio vida,
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía;
y lloró de alegría
sintiendo mi cabeza en su corpiño.

Por esa brindo yo, dejad que llore,
que en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi madre, bohemios, que es dulzura
vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella...

El bohemio calló; ningún acento
profanó el sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura.
 

Guillermo Aguirre y Fierro nació en San Luis Potosí en 1887 y falleció en 1949.