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miércoles, 15 de abril de 2026

TEORÍA DE LA REPUTACIÓN de CÉSAR VALLEJO.

He estado en la famosa taberna Sztaron de la calle de Seipel, en Budapest, taberna, según se murmura, de una secreta firma bolchevique y cuyo gerente, Ossag Muchay, es tan cortés con la clientela. Muchay ha estado conmigo un gran rato, conversando y bebiendo absintio de Viena, esa distilación religiosa y armada, color de convólvulo, que extrae de una extraña gramínea salvaje, llamada dístilo dormido. La taberna, esta tarde, se ha visto visitada por muy contados parroquianos, que entraban, estirando los miembros, bebían malvadamente ante el mostrador y se iban con gran perfección. Dos muchachas jugaban en un rincón de la planta baja, un juego de dulce de hierro,3 con pequeñas tortugas de capa y cintas de colores. A la entrada de la misma sala, platicábamos el buen Muchay y yo. Hablábamos de las supersticiones del Asia Menor, de las salobres ciencias de aprehensión, de las hechicerías.
Me despedí de Muchay y abandoné la taberna. Avancé hacia la esquina y tomé la calle de Praga, que apareció invadida de gente. La multitud observaba por sobre los tejados las maniobras de la policía. Enteréme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito, que nadie sabía precisar. Un grupo de gendarmes salió de una de las torres de la iglesia de Ravulk, conduciendo preso a un hombre. Al descender el prisionero las gradas del atrio, pude verle entre la muchedumbre, trajeado de una pelliza en losanges, los ojos enormes, perrazo de gran estimación, que acabase de morder a una reina.
Hasta el comisariado fui detrás de esta gente. El comisario interrogó al preso, en tono de legal indignación:

––¿Quién es usted? ¿Cuál es su nombre?
––Yo no tengo nombre, señor, ––dijo el preso.
Se ha averiguado en Loeben, aldea donde vivía el aherrojado, por su nombre, sin conseguirlo. Nadie da razón de nada que se relacione con sus antecedentes de familia. En sus bolsillos tampoco se ha sorprendido papel alguno. Lo único que está probado es que vive en Loeben, porque todo el mundo le ha viso allí a diario, caminar por las calles, sentarse en los garitos, leer periódicos, conversar con los transeúntes. Pero nadie conoce su nombre. ¿Desde cuándo vivía en Loeben? Se ignora, por otro lado, si es húngaro o extranjero.
He vuelto a la taberna de Ossag Muchay y le he referido el caso en todos sus detalles y aun dándole la filiación minuciosa del preso. Muchay me ha dicho:
––Ese individuo carece, en verdad, de nombre. Soy yo quien guarda su nombre. ¿Quiere usted conocerlo?

Me tomó por el brazo, subimos al segundo piso y me condujo a un escritorio. Allí extrajo de un diminuto estuche de acero un retazo de papel, donde aparecía, en trazos gruesos y resueltos, pero tan enredados que era imposible descifrarlos, una firma delineada con tinta verde rana, de la que usan los campesinos de Hungría. Argumenté a Muchay:
––¿Se puede acaso tomar el nombre de una persona y esconderlo en un estuche, como una simple sortija o un billete...?
––Ni más ni menos, ––me respondió el tabernero.
––¿Y qué explicación tiene todo esto? ¿Cuál es, en resumen, ese nombre?
––Usted ni nadie puede saberlo, pues este nombre es ahora de mi exclusiva posesión. Puede usted conocerlo, mas no saberlo...
––¿Se burla usted de mí, señor Muchay?
––De ninguna manera. Aquel hombre perdió su nombre y él mismo, aunque quisiera darlo, no puede ya saberlo. Le es absolutamente imposible, en tanto no tenga en su poder la firma que usted está viendo aquí.
––Pero si él la trazó, le será fácil trazar otra y otras.

––No. El nombre no es sino uno solo. Las firmas son muchas, sin duda, mas el nombre está en una sola de las firmas, entre todas.
Sus inesperadas sutilezas de billar, empezaron a hacerme palos. Muchay, en cambio, hablaba sin vacilaciones. Encendió su pipa con dos centellas de pedernal croata. Cerró su estuche de acero y me invitó a bajar.
––La vida de un hombre, ––me dijo, descendiendo la escalera––, está revelada toda entera en uno solo de sus actos. El nombre de un hombre está revelado en una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo, es saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa, es saber su nombre verdadero.
––¿Y en qué se funda usted para creer que la firma que usted posee, es la firma representativa de ese hombre? Además, ¿qué importancia tiene el saber el nombre verdadero de una persona? ¿No se sabe, acaso, el nombre verdadero de todas las personas?
––¿Escuche usted, ––me argumentó Muchay, dando inflexión prudente a sus palabras––, el nombre verdadero de muchas personas se ignora. Esta es la causa por la cual, en lugar de apresar al obrero de Loeben, no se ha apresado al patrón de la fábrica donde éste trabaja.
––Pero usted sabe el delito de que se le acusa?
––De un atentado contra el Regente Horthy.
Bajé los ojos, dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Muchay.


César Abraham Vallejo Mendoza nacido en Santiago de Chuco (Perú) el 16 de marzo de 1892. Fallece en París (Francia) el 15 de abril de 1938. 
Hijo de Francisco de Paula Vallejo Benítez y María de los Santos Mendoza Gurrionero; su apariencia mestiza se debió a que sus abuelas fueron indígenas y sus abuelos gallegos, uno de ellos fue el sacerdote mercedario José Rufo Vallejo, quien yace en las catacumbas de la iglesia del pueblo de Pallasca en Áncash.
Es considerado uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y el máximo exponente de las letras en su país.

martes, 31 de marzo de 2026

HABLO DE LA CIUDAD de OCTAVIO PAZ.


HABLO DE LA CIUDAD.
A Eliot Weinberger

    Novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día,
  convivida en calles, plazas, autobuses, taxis, cines, teatros, bares, hoteles, palomares, catacumbas,
    la ciudad enorme que cabe en un cuarto de tres metros cuadrados inacabable como una galaxia,
    la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
    la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos,
    la ciudad que despierta cada cien años y se mira en el espejo de una palabra y no se reconoce y otra vez se echa a dormir,
    la ciudad que brota de los párpados de la mujer que duerme a mi lado y se convierte,
    con sus monumentos y sus estatuas, sus historias y sus leyendas,
    en un manantial hecho de muchos ojos y cada ojo refleja el mismo paisaje detenido,
    antes de las escuelas y las prisiones, los alfabetos y los números, el altar y la ley:
    el río que es cuatro ríos, el huerto, el árbol, la Varona y el  Varón vestido de viento
    —volver, volver, ser otra vez arcilla, bañarse en esa luz, dormir bajo esas luminarias,
    flotar sobre las aguas del tiempo como la hoja llameante del arce que arrastra la corriente,
    volver, ¿estamos dormidos o despiertos?, estamos, nada más estamos, amanece, es temprano,
    estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en  otra, idéntica aunque sea distinta,
    hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de dos palabras: los otros,
    y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un nosotros, un yo a la deriva,
    hablo de la ciudad construida por los muertos, habitada por sus tercos fantasmas, regida por su despótica memoria,
    la ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie y que ahora me dicta estas palabras insomnes,
    hablo de las torres, los puentes, los subterráneos, los hangares, maravillas y desastres,
    El estado abstracto y sus policías concretos, sus pedagogos, sus carceleros, sus predicadores,
    las tiendas en donde hay de todo y gastamos todo y todo se vuelve humo,
    los mercados y sus pirámides de frutos, rotación de las cuatro estaciones, las reses en canal colgando de los garfios, las colinas de especias y las torres de frascos y conservas,
    todos los sabores y los colores, todos los olores y todas las materias, la marea de las voces —agua, metal, madera, barro—, el trajín, el regateo y el trapicheo desde el comienzo de los días,
    hablo de los edificios de cantería y de mármol, de cemento, vidrio, hierro, del gentío en los vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como el mercurio en los termómetros,
    de los bancos y sus consejos de administración, de las fábricas y sus gerentes, de los obreros y sus máquinas incestuosas,
    hablo del desfile inmemorial de la prostitución por calles largas como el deseo y como el aburrimiento,
    del ir y venir de los autos, espejo de nuestros afanes, quehaceres y pasiones (¿por qué, para qué, hacia dónde?),
    de los hospitales siempre repletos y en los que siempre morimos solos,
    hablo de la penumbra de ciertas iglesias y de las llamas titubeantes de los cirios en los altares,
    tímidas lenguas con las que los desamparados hablan con los santos y con las vírgenes en un lenguaje ardiente y entrecortado,
    hablo de la cena bajo la luz tuerta en la mesa coja y los platos desportillados,
    de las tribus inocentes que acampan en los baldíos con sus mujeres y sus hijos, sus animales y sus espectros,
    de las ratas en el albañal y de los gorriones valientes que anidan en los alambres, en las cornisas y en los árboles martirizados,
    de los gatos contemplativos y de sus novelas libertinas a la luz de la luna, diosa cruel de las azoteas,
    de los perros errabundos, que son nuestros franciscanos y nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos del sol,
    hablo del anacoreta y de la fraternidad de los libertarios, de la conjura de los justicieros y de la banda de los ladrones,
    de la conspiración de los iguales y de la sociedad de amigos del Crimen, del club de los suicidas y de Jack el Destripador,
    del Amigo de los Hombres, afilador de la guillotina, y de César, Delicia del Género Humano,
    hablo del barrio paralítico, el muro llagado, la fuente seca, la estatua pintarrajeada,
    hablo de los basureros del tamaño de una montaña y del sol taciturno que se filtra en el polumo,
    de los vidrios rotos y del desierto de chatarra, del crimen de anoche y del banquete del inmortal Trimalción,
    de la luna entre las antenas de la televisión y de una mariposa sobre un bote de inmundicias,
    hablo de madrugadas como vuelo de garzas en la laguna y del sol de alas transparentes que se posa en los follajes de piedra de las iglesias y del gorjeo de la luz en los tallos de vidrio de los palacios,
    hablo de algunos atardeceres al comienzo del otoño, cascadas de oro incorpóreo, transfiguración de este mundo, todo pierde cuerpo, todo se queda suspenso,
    la luz piensa y cada uno de nosotros se siente pensado por esa luz reflexiva, durante un largo instante el tiempo se disipa, somos aire otra vez,
    hablo del verano y de la noche pausada que crece en el horizonte como un monte de humo que poco a poco se desmorona y cae sobre nosotros como una ola,
    reconciliación de los elementos, la noche se ha tendido y su cuerpo es un río poderoso de pronto dormido, nos mecemos en el oleaje de su respiración, la hora es palpable, la podemos tocar como un fruto,
    han encendido las luces, arden las avenidas con el fulgor del deseo, en los parques la luz eléctrica atraviesa los follajes y cae sobre nosotros una llovizna verde y fosforescente que nos ilumina sin mojarnos, los árboles murmuran, nos dicen algo,
    hay calles en penumbra que son una insinuación sonriente, no sabemos adónde van, tal vez al embarcadero de las islas perdidas,
    hablo de las estrellas sobre las altas terrazas y de las frases indescifrables que escriben en la piedra del cielo,
    hablo del chubasco rápido que azota los vidrios y humilla las arboledad, duró veinticinco minutos y ahora allá arriba hay agujeros azules y chorros de luz, el vapor sube del asfalto, los coches relucen, hay charcos donde navegan barcos de reflejos,
    hablo de nubes nómadas y de una música delgada que ilumina una habitación en un quinto piso y de un rumor de risas en mitad de la noche como agua remota que fluye entre raíces y yerbas,
    hablo del encuentro esperado con esa forma inesperada en la que encarna lo desconocido y se manifiesta a cada uno:
    ojos que son la noche que se entreabre y el día que despierta, el mar que se tiende y la llama que habla, pechos valientes: marea lunar,
    labios que dicen sésamo y el tiempo se abra y el pequeño cuarto se vuelve jardín de metamorfosis y el aire y el fuego se enlazan, la tierra y el agua se confunden,
    o es el advenimiento del instante en que allá, en aquel otro lado que es aquí mismo, la llave se cierra y el tiempo cesa de manar;
    instante del hasta aquí, fin del hipo, del quejido y del ansia, el alma pierde cuerpo y se desploma por un agujero del piso, cae en sí misma, el tiempo se ha desfondado, caminamos por un corredor sin fin, jadeamos en un arenal,
    ¿esa música se aleja o se acerca, esas luces pálidas se encienden o apagan?, canta el espacio, el tiempo se disipa: es el boqueo, es la mirada que resbala por la lisa pared, es la pared que se calla, la pared,
    hablo de nuestra historia pública y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía,
    hablo de la selva de piedra, el desierto del profeta, el hormigüero de almas, la congregación de tribus, la casa de los espejos, el laberinto de ecos,
    hablo del gran rumor que viene del fondo de los tiempos, murmullo incoherente de naciones que se juntan o dispersan, rodar de multitudes y sus armas como peñascos que se despeñan, sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la historia,
    hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida.

La Cara y el viento.

Bajo un sol inflexible
llanos ocres, colinas leonadas.
Trepé por un breñal una cuesta de cabras
hacia un lugar de escombros:
pilastras desgajadas, dioses decapitados.
A veces, centelleos subrepticios:
una culebra, alguna lagartija.
Agazapados en las piedras,
color de tinta ponzoñosa,
pueblos de bichos quebradizos.
Un patio circular, un muro hendido.
Agarrada a la tierra —nudo ciego,
árbol todo raíces— la higuera religiosa.
Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda.
Una masa borrosa sus facciones,
por las escarpaduras de su cara
subían y bajaban las hormigas.
Intacta todavía,
todavía sonrisa, la sonrisa:
golfo de claridad pacífica.
Y fui por un instante diáfano
viento que se detiene,
gira sobre sí mismo y se disipa.


Octavio Irineo Paz Lozano​ nace en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Fallece el 19 de abril de 1998. Poeta, ensayista, dramaturgo y diplomático mexicano.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Cuento policial de Marco Denevi.


Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

Marcos Héctor Denevi, conocido como Marco Denevi  nacido en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, un 12 de mayo de 1922.
Denevi irrumpió en la literatura cuando tenía ya más de 30 años: Rosaura a las diez gana en 1955 el Premio Kraft y la novela se convierte de inmediato en un gran éxito que, más tarde, sería llevado al cine.
Fallece en Buenos Aires el  12 de diciembre de 1998 fue un escritor y dramaturgo argentino.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Taxis de ficción: de Travis Bickle de De Niro a Rolando Rivas de García Satur. Por Néstor Tkaczek.

 El mundo del taxi está inmortalizado en aquella película de Scorsese: “Taxi driver”; y la televisión argentina lo hizo con la teleserie más exitosa de su historia: “Rolando Rivas, taxista”, en la que el tachero giraba por la ciudad en un mítico Siam Di Tella. 

Por Néstor Tkaczek.

El legendario Siam Di Tella que manejaba Rolando Rivas en la inolvidable telenovela.

Virgilio no es solo el poeta inmortal de la “Eneida”, al parecer fue el primero que puso por escrito la idea de un vehículo que podían usar en Roma aquellas personas con discapacidad. Con el tiempo se utilizaron los carruajes de alquiler con diferentes tarifas para ir de un punto a otro de las cada vez más populosas urbes. Generalmente su parada era en las plazas. Sobre el reemplazo de estos coches de transporte por el automóvil, hay una obra emblemática del teatro argentino: “Mateo” de A. Discépolo. Gracias a la popularidad de esta pieza teatral, a muchas de estas carretelas (hoy dedicadas a pasear turistas) se les llama “mateos”. Se sabe que el primer taxi tal como hoy lo conocemos circuló en París y fue inventado por el fabricante de autos, Louis Renault, quien lanzó unos pequeños coches dotados de taxímetros (medidores de tarifas) para ser alquilados en diferentes paradas de la capital francesa. 

Hoy el taxi es un componente esencial de la vida cotidiana y forma parte de las señas identitarias de las ciudades. Es impensable ver imágenes de Buenos Aires sin esos autos amarillos y negros, o los verdes y blancos del D. F. mexicano, o los amarillos de tantas películas en Nueva York. 

El cine repite una toma ya emblemática, la del personaje que ingresa apresurado y ordena “siga a ese auto”. El mundo del taxi está inmortalizado en aquella película de Scorsese: “Taxi driver”; y la televisión argentina lo hizo con la teleserie más exitosa de su historia: “Rolando Rivas, taxista”, en la que el tachero giraba por la ciudad en un mítico Siam Di Tella. 

En mi pueblo el color de los taxis siempre fue variopinto. La memoria me lleva a una entrañable garita (hoy ya desaparecida) ubicada en pleno centro y estacionados allí, el Falcon Blanco de Suárez, el azul de Matus, creo que otro blanco de Olguín y el 404 celeste de Sanz, al que todos conocían como “el zorzal”. El reloj era a “ojímetro”, aunque nadie cuestionaba sus tarifas. Recuerdo que eran hombres grandes; y los vi hacerse más grandes aun junto a sus autos que lentamente fueron mostrando el óxido del tiempo en las carrocerías hasta desaparecer. 

Publicado en Diario Río Negro.

11/12/2022.

https://www.rionegro.com.ar/espectaculos/taxis-de-ficcion-de-travis-bickle-de-de-niro-a-rolando-rivas-de-garcia-satur-2638537/

sábado, 12 de julio de 2025

Poemas y relatos de Silvia Angélica MONTOTO.


MOMENTOS.

(prosa lírica)
EL AMANECER
En la lejana arista del horizonte, confín donde se conjugan el cielo y el mar, comienza a aparecer un delgado claro de luz…Como si el lápiz mágico de la naturaleza, dibujara el inicio del gran ventanal del mundo,
donde ha de aparecer el Astro Rey en todo su esplendor…
La tierra se despierta, como una pesada máquina en su eterno rodar…
Una bandada de pájaros amanecida, parte raudamente hacia lugares ignotos. Habrán de regresar en perfectas escuadras, cuando las primeras sombras se acerquen a las frondas donde aguarda la tibieza de sus nidos.
Los primeros sonidos van poblando el aire, como el introito in crescendo, de un aria musical, en la armonía de oboes y de flautas…
El campo se impregna de aromas y los grillos, eternos trasnochadores, guardan celosos sus violines en los matorrales.
EL OCASO
El día ha cerrado ya sus párpados cansados y nuevamente el lápiz mágico de la naturaleza, dibuja ahora sobre la imponente mole de los cerros, una difusa pincelada de luz.
LA NOCHE
-“El Rey ha muerto, viva el Rey”, proclama la noche, que se acerca solemne al trono, con su traje de riguroso luto…
Todo se transforma en estática armonía. Todo es silencio. La humanidad ha comenzado a transitar los fascinantes caminos de los sueños.

EL MILAGRO DE UN NIDO.
En las ramas resecas de un árbol,
que se muere de pie junto al camino,
mis ojos encontraron esta tarde
la arquitectura cálida de un nido…
La vida con la muerte conjugadas
en un pequeño símbolo…
Pensé en mi juventud, cada vez más lejana
Y presentí en la imagen de ese árbol,
lo inexorable y cruel que es el destino…
Aferrado como un náufrago al madero,
nació en mi corazón esperanzado,
el milagro de ese pequeño nido:
Milagro de las cosas que perduran.
Milagro del amor no envejecido.
Sabiduría de saber ser brasa.
Y no humo que escapa sin destino.
Seguir siendo raíz que se prolonga,
mientras muere la flor en su delirio…
Muriéndome de pie junto al camino,
Sobre las ramas secas de mi cuerpo marchito,
desafiando la muerte de las cosas…
¡Me encontrarás un día
¡Como al pequeño nido!

SIMBIOSIS
He tomado en mis manos
una hoja caída…
Tiemblan mis dedos a su contacto áspero
y se me queda quieta la sonrisa.
La llevo hasta mis labios
y una lágrima,
ha comenzado a ararme la mejilla.
¿Estoy soñando acaso?...
La hoja también tiembla…
Y hay humedad de llanto en su piel vegetal,
que aún respira.
¡Es que las dos tenemos miedo de la muerte
¡Porque las dos estamos vivas todavía!...

CAFÉ AMARGO.
Una sola mirada abarcadora le basta, para reconstruir en un instante todo su pasado…
En la esquina de siempre, ese barcito colmado de estudiantes, palpando en el fondo de sus pobres bolsillos, la piel metálica de las últimas monedas, para pagar un café.
Los vidrios empañados, opacan en el corazón, la imagen de la calle dura, egoísta y febril…
La misma grasitud sobre la mesa. Los mismos cuadros descoloridos impregnados de humo y excremento de moscas…
Gira lentamente la cucharita en el café, hasta ver formarse en un embudo virtual, el remolino de líquido y la aureola de la borra.
El frío y la lluvia calan hasta los huesos de los peatones de rostros enrojecidos. Algunos detienen el paso y entran al bar, sintiendo como una panacea, el aroma del café y la tibieza del lugar. Otros, continúan presurosos su marcha, quién sabe hacia qué destino…
Él sigue allí, formando parte del decorado como una pertenencia más de aquel refugio de otro tiempo…
Una joven pareja pasa a su lado buscando donde ubicarse-.
El perfume desprendido del cabello húmedo de la muchacha, reflota en sus sentidos la nostalgia de su primer amor.
Recuerda el color de sus ojos. El dibujo que hacen en el aire sus manos graciosas. La melodía de su voz subrayando su gesto.
Piensa en su nombre y lo deletrea mentalmente saboreando cada sílaba. Lu- cre- cia-… ¿Qué habrá sido de ella?... ¿Dónde habrá encontrado su camino cuando en la noche negra del país, tantos jóvenes se convirtieron en fantasmas del dolor?…
Otros rostros aparecen en su memoria corriendo el manto de niebla que forma el paso del tiempo.
Le parece oír las voces de sus viejos compañeros, sosteniendo con vehemencia aquellos ideales que los llevaron luego a la trampa de la tortura, la muerte y el exilio.
¡Ah, el exilio- piensa!… y una imagen lejana resurge en su memoria de aquel otro barcito de La Gran Vía en el bullicioso Madrid, cuando buscaba casi con desesperación, un rostro amigo, una mano tendida que lo rescatara del desarraigo…
Siente frío. Las manos de dedos manchados de nicotina, tienen ahora el temblor del deterioro.
Un sorbo amargo de café navega hacia su estómago vacío, y en el fondo del pocillo, la borra, deja el extraño dibujo de un paisaje tras la niebla…
En un rincón, tras una nube de humo, un hombre doblado sobre su bandoneón, desgrana la melodía de un tango, acompañando su pensamiento…
La noche comienza a caer tras los cristales empañados. Las luces de los autos en la calle se bifurcan en infinidad de direcciones… ¿Cuál de ella deberá seguir? ¿Es ésta una tácita invitación a continuar la marcha?...
Mención de Honor en concurso de narrativa 79
Instituto Cultural Latinoamericano
Junín Pcia. De Buenos Aires.

DESANDANDO EL CAMINO.

Como vuelven con su arrullo

cada tarde

las palomas al nido.


Como el agua,

que vuelve siendo lluvia

al corazón del río.


Yo vuelvo por caminos de nostalgias

que es una forma

de volver contigo.


Regina...

Que tienes nombre de mujer

y tienes,

la magia del abrigo.


Volver a ti es encontrar de pronto

un tiempo sumergido.

es reanudar el ayer,

la palabra irreverente acaso

cuando está tan presente

lo vivido...


Soñando,

camino por las calles arboladas,

me refugio en tu plaza.


Como un autómata mi pies me llevan

a la ternura irrepetible

de mi casa.


Regina...

Sinónimo de afectos

de lejana juventud

de amigos.


Regresar, es sólo una palabra.

es la forma concreta

de andar caminos.


No se puede volver adonde nunca

del todo se ha partido.

"Cuando digo mañana es porque espero, porque amo,dudo y creo,y porque tengo ganas de seguir viviendo....Mañana cuando diga hasta mañana, mi vos será esperanza.o quizá miedo de que no haya en mi. vida otra mañana,más... seguiré esperando otro comienzo". SILVIA MONTOTO.

Silvia Angelica Montoto nacida en Marquinchao, centro de la meseta en la Línea Sur de la provincia de Río Negro. Reginense por adopción y elección. 
Se radicó en la adolescencia en  Ciudad de Villa Regina.  Contrajo matrimonio con Emilio Lazzeri, hijo pioneros trentinos de destacada actuación en fútbol reginense.

Vivía en en nuestra Ciudad Villa Regina donde terminó sus días.

No se puede volver adonde nunca

del todo se ha partido.

Tiene varios libros entre ellos, podemos mencionar, Antología de Expresiones Literarias de Neuquén (1977), "Vuelo de palomas" publicado en 1983 en los talleres gráficos de la Organización de Escuelas Parroquiales (Or.Es.Pa) de Villa Regina. En diciembre de 1983 obtiene una mención especial en el Concurso Nacional de Poesías QUIJOTE DE PLATA con el poema "Para llegar al sur", publicado en el libro "Duendes" (1985, Editorial Amarú, Bs. As.).

En diciembre de 1989 publica el libro de poesías "Ocaso de los grillos" (Editorial Amaru, Buenos Aires).

En 1994 publica otro libro de poesías "Luna, retamas y sueños" con ilustraciones de Martín Ydiart de Villa Regina (Editorial Esquel S.A., Chubut).

Residió en la Ciudad de San Carlos de Bariloche (provincia de Río Negro). Por Resolución N° 299-04  de la Ciudad de Bariloche reconoce con el "Premio al Mérito" a la escritora Silvia Montoto de Lazzeri por su producción literaria.

El cuento “La viuda del ferroviario” recibió el diploma la distinción en la S.A.D.E. (Sociedad de Escritores Patagónicos).

Sus últimos libros “En el andén” presentado en Octubre del 2021 en el Salón de las Artes de Villa Regina, que reúne unos 40 cuentos cortos sobre historias de la vida misma el octavo libro de la autora registrando  vivencias de lugares donde vivió como las localidades rionegrinas de Maquinchao, San Antonio Oeste, Villa Regina y San Carlos de Bariloche.  Y la nueva antología poética “Desandando caminos” que fuera presentada en Mayo 2022 y "Las andanzas de Don Gauna" presentado en mayo del 2024.

Reconocida escritora nacida en Maquinchao, Silvia Montoto supo honrar sus raíces a través de la palabra escrita. Parte de su obra estuvo dedicada a rememorar su infancia esta localidad rionegrina, dejando un legado invaluable que conecta la memoria individual con la identidad colectiva del pueblo de Maquinchao aportado, también, a la cultura y a la historia de Maquinchao.

Fallece el jueves 10 de julio del 2025.

*** Muchos de estos datos de la biografía fueron publicados yá en Rincón Barda Sureña.

*** Para los que desean leer otros poemas y cuentos de Silvia Montoto hacer click en etiquetas Silvia Angélica Montoto de Lazzeri y allí aparecerán publicaciones (entradas).

Etiqueta:Silvia Angélica Montoto de Lazzeri.

viernes, 13 de junio de 2025

El descuido de Martin Buber.


El descuido 
de Martin Buber.
Cuentan:
El rabí Elimelekl estaba cenando con sus discípulos. El criado le trajo un plato de sopa. El rabí lo volvió y la sopa se derramó sobre la mesa. El joven Mendel, que sería rabí de Rimanov, exclamó:
-Rabí, ¿qué has hecho? Nos mandarán a todos a la cárcel.
Los otros discípulos sonrieron y se hubieran reído abiertamente, pero la presencia del maestro los contuvo. Éste, sin embargo, no sonrió. Movió afirmativamente la cabeza y dijo a Mendel:
-No temas, hijo mío.
Algún tiempo después se supo que en aquel día un edicto dirigido contra los judíos de todo el país había sido presentado al emperador para que lo firmara. Repetidas veces el emperador había tomado la pluma, pero algo siempre lo interrumpía. Finalmente firmó. Extendió la mano hacia la arena de secar, pero tomó por error el tintero y lo volcó sobre el papel. Entonces lo rompió y prohibió que se lo trajeran de nuevo.
Publicado en CIUDAD SEVA https://ciudadseva.com/texto/el-descuido/

Martin Buber (Viena, 8 de febrero de 1878 - Jerusalén, 13 de junio de 1965) fue un filósofo y escritor judío austríaco-israelí. Es conocido por su filosofía de diálogo y por sus obras de carácter existencialista. Sionista cultural, anarquista filosófico, existencialista y partidario de "una tierra para dos pueblos" buscando el diálogo entre judíos y árabes en Palestina. (Wikipedia).
“En el pensamiento de Martin Buber influyeron con gran fuerza la obra de Kierkegaard, padre del existencialismo, y el estudio del misticismo judío que floreció en Polonia a mediados del siglo XVIII, conocido con el nombre de jasidismo. Toda su vida de estudioso y su extensa producción de filosofía e historia de la religión tuvieron como objetivo la construcción de un renovado puente cultural entre el judaísmo y el cristianismo. Éste es el motivo de la gran popularidad y el consenso que le acompañaron.” (Biografías y vidas”).

viernes, 16 de mayo de 2025

COSAS DE SOBERÓN por Julio Manuel Narváez.


COSAS DE SOBERÓN por Julio Manuel Narváez.

Era un personaje de la zona, algo excéntrico. Parece ser que sufrió un gran dolor cuando su hermano, a quien hacía muchos años que no veía vino a visitarlo y se ahogó en el río.

En una noche bochornosa de verano se fue a dormir sobre el techo playo de la cabaña; cuando de pronto, lo despertaron las voces de la gente que andaba martineando (cazando martinetas en noche oscura con farol y armados de palos).

Escuchó que decían: "Soberón siempre tiene cosas buenas tanto para comer como para beber, rompamos la cerradura y entremos".

Nunca imaginaron que los estaba oyendo.

Soberón usaba como cobijo un poncho desflecado, se la pasó por la cabeza al tiempo que gritaba "Buau".

Los sorprendidos intrusos se dieron tal susto que emprendieron veloz carrera, se oyeron rodar las piedras acantilado abajo. No se desnucaron de casualidad, fue una buena lección.

Julio Manuel Narváez - Ingeniero Huergo.

Publicado en "Espacio de opinión" de "La Comuna de Villa Regina", miércoles 18 de abril de 2012, página 6.

Publicado en EL REGINENSE. 6 de mayo del 2012.

El Ing. Julio Narváez fue un apasionado, como pocos, por los caballos criollos, los animales silvestres de la Patagonia Argentina y un “historiador-recopilador” de esas tantas historias, anécdotas, relatos orales que unen a las localidades valletanas. También fue un coleccionista morteros, antiquísimas máquinas de coser, puntas de flechas, documentos y fotografías.

El Ing. Julio Manuel Narváez  fue nacido y criado en Ingeniero Huergo en 1929. Se alejó de su terruño natal cuando estudió  de Ingeniero Civil.

Opinaba que la indagación histórica "Es algo que siempre me interesó mucho. Tuve la oportunidad de conocer a viejos pobladores que me brindaron muchos datos interesantes sobre esta ciudad" que fueron llevados en el libro De Tiempos Idos.

Falleció en su Ing. Huergo natal, a los 83 años.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Historia de vida sobre caballos baguales por Julio Manuel Narváez.

 


Historia de vida sobre caballos baguales por Julio Manuel Narváez.

Hace un tiempo, había combinado con el señor Pedro Juárez (un gaucho de los antes) que me esperaría en la costa sur del río Negro con una yunta de caballos de andar.

Sin pensarlo más traqueamos para el sur, era el mes de abril de 1957. Ya las tardes se iban acortando, así que al atardecer llegamos a un charco barroso rodeado de unas matas de monte que se encontraba sobre la planicie; dos perros que nos acompañaban querían tomar agua allí, y mi compañero los echó del lugar. Le preguntó: ¿por qué hace eso? y me contesta: primero tenemos que sacar agua para nosotros. Luego hizo n fuego y usando él un tacho de pava, preparó unos mates que compartimos. Yo también me moría de sed.

Entre mate y mate, y que conversamos un poco, empezó a oscurecer. Los perros se levantaron y se pusieron a ladrar a un hombre que andaba a pie, que nos dijo: -“Buenas noches”, se trataba del señor Enrique López, quien era muy gaucho; solía soltar el caballo y lo agarraba en el campo, como lo hizo en esa ocasión. Nosotros atamos las cabalgaduras en un monte de olivillos mientras conversaba con el paisano conocido, le encargo si podía conseguirme un bagual overo, a lo que me contestó que iba a tratar de bolearme uno. Cerca de donde acampábamos dijo haber visto dormitando a la manada de Paleta Blanca; a las distintas manadas de caballos las van denominando de acuerdo a características de alguno de sus componentes. En este caso se trata de las del cojudo de pelaje zaino con la particularidad de tener una paleta blanca, se trataba de un animal bastante viejo. Si habría gambeteado tiros de boleadoras, pero no pudo gambetearle al destino, pues apareció muerto en la costa del río a consecuencia del gusano del cuajo, según mi informante.

Durante la noche y habiendo pasado mucho frío, sentí como se levantaba “Don Pedro” y me cobijaba con un ponchito, un perro echado a mis pies aumentaba el calor de mi cuerpo.

Así fue pasando la noche y apenas amaneció, después de unos mates, ensillamos. Nuestros caballos también habían pasado una mala noche, se habían enredado, estaban entumecidos y con el lomo escarchado. Rumbeamos el charco “La Espuela”. A poco de andar, me dice Don Pedro: -“Ahí tiene a sus baguales” y poniendo la pierna sobre la cruz del animal, se pone a liar un cigarrillo (aún hoy me parece verlo en tal postura).

Mis ojos no daban abasto viendo caballos por todos lados, dos yeguas torbillas inmóviles como estatuas mientras el padrillo se paseaba delante de ellas. A mi izquierda una tropilla desparramada; arrimándose al cojudo una yegua madrina baya cabos negros con una potranca colorada de mala cara.

Yo le avisé a Don Pedro que había una yegua madrina, este tirando el pucho y con una puteada me dice: -córtele a ver si la puedo separar, él le silbaba bajito, la yegua miraba al padrillo y a él. En ese momento de indecisión la pudimos cortar, Don Pedro se acercó, le tocó el anca y le manoteó el cogote, le sacó la manea que llevaba en la collera.

Sacó la manea de su caballo y le puso doble manea a la yegua, la arrió con un látigo y la llevó con la tropilla (todos los miembros de la tropilla estaban mordisqueados) por lo pronto pudimos salvar a la madrina y a la potranca.

Al padrillo le pareció que nos arrimábamos mucho, pegó un relincho y disparó seguido de sus yeguas, es por ello que el paisano le tiene odio a los caballos baguales, porque roban la madrina y así desparraman a la tropilla; esto lo hacen los padrillos nuevos, que no pueden hacerse de yeguas que han sido acaparadas por los caballos más veteranos.

A mí no me desilusionaron los caballos baguales, al contrario, sus sentidos exacerbados al máximo por el ejercicio constante, son dignos de encomio, sobre todo, por olfato, como pudimos comprobar en otra oportunidad.

Estamos emprendiendo el regreso, cuando visualizamos a un manadón de por lo menos once yeguarizos. Se trataba de la manada del overo que emprende una veloz huida. Mientras seguimos andando, Don Pedro va prendiendo fuego el mata sebo. Al preguntarle por qué hace eso me contesta: -los baguales le tienen mucho miedo al fuego porque lo produce el hombre y este hecho puede favorecer a otros paisanos que anden recorriendo el campo para bolear a los baguales.

Los baguales son muy madrugadores y vespertinos, en esas horas del día tienen muy poco requerimiento de agua, pues aprovechan al máximo el rocío, por eso mañerean mucho para bajar el agua y lo hacen resoplando, olfateando.

Cuando no ven peligro llegan y, como dicen los paisanos, se encharcan, llegando a tomar cerca de setenta litros de agua, por lo que, después de hacerlo, se encuentran muy vulnerables al acoso del hombre y se acalambran enseguida.

Finalmente, al terminar estas jornadas, como la que acabo de describir, siento alegría por haber conocido todo esto pero a la vez tristeza al ver que se van perdiendo.

Julio Manuel Narváez - Ingeniero Huergo.

Carta de lectores que fuera publicada en el semanario "LA COMUNA DE VILLA REGINA". corresponde a la edición Nro. 437, Espacio de Opinión, miércoles 4 de abril de 2012.

Foto internet ilustrativa de la entrada.

Publicada en El Reginense 10 de abril 2012.

El Ing. Julio Narváez fue un apasionado, como pocos, por los caballos criollos, los animales silvestres de la Patagonia Argentina y un “historiador-recopilador” de esas tantas historias, anécdotas, relatos orales que unen a las localidades valletanas. También fue un coleccionista morteros, antiquísimas máquinas de coser, puntas de flechas, documentos y fotografías.

El Ing. Julio Manuel Narváez  fue nacido y criado en Ingeniero Huergo en 1929. Se alejó de su terruño natal cuando estudió  de Ingeniero Civil.

Opinaba que la indagación histórica "Es algo que siempre me interesó mucho. Tuve la oportunidad de conocer a viejos pobladores que me brindaron muchos datos interesantes sobre esta ciudad" que fueron llevados en el libro De Tiempos Idos.

Falleció en su Ing. Huergo natal, a los 83 años.

lunes, 12 de mayo de 2025

Oesterheld y su primer cuento en La Prensa.


 Días atrás, “El Eternauta”, la adaptación cinematográfica de la icónica historieta creada por Héctor Germán Oesterheld (1919-1978), con dibujos de Francisco Solano López, llegó a Netflix. En su primera semana en la plataforma la serie argentina, protagonizada por Ricardo Darín, se posicionó como una de las series más vistas de habla no inglesa en el mundo.

La historia recuerda a Oesterheld como el creador de “El Eternauta”, considerado como el relato de ciencia ficción más poderoso que se ha escrito en el país. Sin embargo, durante sus casi 60 años de vida, Oesterheld creó numerosos personajes como Bull Rocket y el Sargento Kirk; Ernie Pike, un corresponsal de guerra que relata batallas de la Segunda Guerra Mundial. Ticonderoga; Randall the Killer; Sherlock Time; Joe Zonda y Rolo, el marciano adoptivo.
También creó su propia editorial: Frontera, que funcionó durante cinco años y por donde pasaron los mejores historietistas del momento. Luego del cierre de Frontera, Oesterheld siguió creando: publicó Misterix, Rayo Rojo, Mort Cinder, y siguen los nombres.

EN LA PRENSA
Vale recordar que su primer cuento, “Truila y Miltar”, se publicó el 3 de enero de 1943 en la Segunda Sección del diario La Prensa, donde también trabajó como corrector.
A continuación la reproducción de aquel cuento que narra la historia de dos gnomos, uno que colecciona reflejos y otro que colecciona sombras:

“Esta es la historia de Truila y Miltar, tal como me la contó Karyl, el más viejo entre los gnomos, en un atarceder de verano, mientras los árboles estaban serenos y apacibles, como si pensaran en recuerdo lejanos. Un atardecer de verano en que la luz y la sombra parecían confundirse.
Truila, el gnomo que se quedó niño, y por eso no lleva barba y por eso sus ojos están llenos de simpleza y de luz; Truila, el gnomo niño, tenía allá entre las retorcidas raíces de la encina una maravillosa colección de reflejos. Así como hay gnomos que cuidan el sueño invernal de los árboles, para que no despierten antes de tiempo, y gnomos que enseñan a las luciérnagas recién nacidas a encender y a apagar sus lámparas, y gnomos que guían a sus hormigueros a las hormigas extraviadas, y gnómos que tejen a la luz de la luna los sueños de los niños, Truila, el gnomo niño, reunía en su casita todos los reflejos que encontraba, para que los demás gnomos se recreasen mirándolos.
En su resplandeciente museo, al lado de la luna mirándose en una charca, estaba el blanco destello de los colmillos del gato montés; y junto a un rayo de sol que resbalaba sobre una hoja brillaba el mirar dulce y profundo de las gacelas. Y también las estrellas, recogidas todas en una gota de rocío, y el arco iris producido por el sol al herir una aguja de hielo, y también...Muchas veces el pájaro de la aurora alzaría su vuelo, si nos pusiéramos a detallar todo lo que había en aquel museo.
Por ese su tesoro, Truila, el gnomo que se quedó niño, era considerado como de los gnomos más ricos en el país de los gnomos. Pero no faltaban los envidiosos, que le decía que su colección nada valía al lado de la de Miltar, el gnomo triste, el de los ojos siempre en sombra, el gnomo que reunía penumbras allá en su casita oculta en lo hondo del barranco.
Sería tan difícil enumerar todo lo que había en el tesoro de Miltar, el gnomo triste... Sería tan difícil como pretender nombrar una por una todas las piedrecitas de color que día a día va lavando el arroyuelo de la montaña. Dicen los que aún recuerdan, que allí estaba la paz oscura del nido del hornero, la sombra melancólica de un sauce sobre el río, la penumbra llena de lejanos rumores de un caracol vacío. Y el pesado misterio de una noche sin luna ni estrellas, y la tiniebla circular que parece abrigar los pies de los hongos sombrerudos... Sería tan difícil enumerar todo el tesoro de Miltar, el gnomo triste...
Si. No quedaban dudas de que Miltar era uno de los gnomos mas afortunados. Pero los envidiosos ponderaban ante él el tesoro de Truila, el gnomo niño, y hasta agregaban que éste se burlaba de la colección de penumbras.
Y tanto hicieron los envidiosos, que Miltar consideró insuficiente su riqueza de sombras, y se dedicó con afán a conseguir alguna nueva penumbra, algo que hiciese exclamar a todos: “Cosa que iguale en valor a ésta no hay en el tesoro de Truila”.
Y Truila a su vez quiso humillar para siempre a Miltar encontrando algún resplandor nuevo, tan extraordinario que de él todos dijesen: “¿De qué vale todo el tesoro de Miltar ante semejante hallazgo?”
Caviló y caviló Truila, el gnomo niño, allá en su casita oculta entre las raíces de la encina, ¿Cómo conseguir ese resplandor extraordinario? Caviló y caviló, hasta que por fin imaginó atrapar todos los rayos de luna que plateaban las hojas del bosque. Y decidió construir una trampa para cazarlos y llevárselos a su casita, reunidos en un haz maravilloso.
En una de sus tantas correrías hasta las casas de los hombres, había visto cómo al salir la luna, todos sus rayos asomaban de pronto por sobre un viejo muro que rodeaba un jardín. Y tras mucho pensar en la manera de atraparlos en el preciso instante en que empezaran a asomar, encontró la solución: pondría en lo alto del muro muchos trozos de vidrio, y en ellos se enredarían los rayos de luna cuando viniesen a alumbrar el jardín.
Sin decir nada a nadie, se fué a las casas de los hombres, y durante todo un día en el jardín preparando la trampa cuando llegó la noche, quedándose al acecho aguardando la aparición de la luna.
Estaba Truila escondido, vigilando su trampa, cuando del otro lado del jardín llegó Miltar, el gnomo triste. Venía a recoger la sombra llena de recuerdos que anidaba entre las grietas del viejo muro. Sobre éste quiso trepar Miltar, para iniciar su búsqueda de sombras. Y no vio los trozos de vidrio, y su mano se desgarró al apoyarse en ellos.
Roja y cálida brotó la sangre, y destellos de sol poniente tuvo la luna al herir los vidrios ensangrentados. Corrió Truila hacia el muro, maravillado ante el nuevo reflejo. Y vió entonces a Miltar, el gnomo triste, con su mano des- garrada, que le miraba con sus ojos llenos de sombra.
Todos los reflejos se borraron entonces para Truila, y una pena muy grande anidó en su corazón y ensombreció su frente. Miltar, un pobre gnomo triste, tenía su mano desgarrada, y él, Truila, era el culpable, todo por querer ser el primero, el gnomo más rico entre los gnomos. Baja la cabeza, dejó manar el tibio arroyo de las lágrimas.
Vió Miltar la sombra que ensombrecía la frente de Truila, el gnomo niño. ¿Qué sombra entre todas sus sombras podría igualarse a la que oscurecía la frente de Truila, que le estaba revelando que éste podía ser su amigo?
En sus ojos llenos de sombra brilló entonces un límpido destello... ¡El, Miltar, el gnomo triste, tenía un amigo!
Y vió Truila el destello alegre que iluminaba los ojos de Miltar, y comprendió que este reflejo tan pequeñito y nuevo sobrepasaba a todos los reflejos que guardaba en su casita, allí entre las retorcidas raíces de la encina... El puro destello de un par de ojos que descubren un amigo…
Nunca mas rivalizaron Truila, el gnomo niño, y Miltar, el gnomo triste. Reunieron sus dos tesoros y anduvieron desde entonces siempre juntos.
Y son los envidiosos, los que quieren hacer recordar a Miltar que Truila le desgarró una vez la mano, los que si- guen poniendo trozos de vidrio sobre los muros.
Y los pobres rayos de luna, que nada tienen que ver en esto, siguen enredándose en ellos...
Esto me lo contó Karyl, el mas viejo entre los gnomos, en un lento atardecer de verano en que Ia luz y Ia sombra parecían confundirse, coma si fueran muy amigos”.
Publicado en LA PRENSA.