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miércoles, 3 de octubre de 2018

“UN VETERINARIO EN LA PATAGONIA” de ANA MARÍA MANCEDA.


“UN VETERINARIO EN LA PATAGONIA”
de ANA MARÍA MANCEDA. 
                  Como todas las mañanas, Nacho llegó a la veterinaria. A las nueve de la mañana arribaría su ayudante y comenzaría con la limpieza y la atención de los animales; agua y comida para los canarios, maíz para los gallos, verduras para los hamsters. Lo primero que hacía es prender la radio, pasaban buena música y noticias locales y nacionales.  Desde que se pudo sintonizar emisoras argentinas en estos lados de la Patagonia, se había hecho adicto a la radio. El  tiempo se presentaba bueno, excelente auspicio de trabajo.

                  Otoño, El cerro Curruhuinca, con el colorido de su bosque era una fiesta para la vista. Esos días se vivían intensamente, pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas. Una ford vieja, pero orgullosa y bien cargada, se detuvo frente al local de la Veterinaria. De ella bajó un hombretón de cara amistosa y dispuesto a la charla coloquial.
_¡ Qué tal doctor!
-¡ cómo anda Don Zacarías!
_ Y aquí andamos, bajando al pueblo, preparándonos para el invierno, va a ser un año muy nevador.
-¿ Usted cree?
-Sí,  ya he visto bajar pumas al campo, cuando los animales salvajes bajan temprano, seguro el invierno es nevador.
En  esos momentos entra Carlitos, el canillita del barrio, comiendo unas facturas. Deja el diario y se dirige hacia donde se encontraban los hamsters.
-          Doctor, a la tarde vengo a buscar el que me regaló, así hago crías con la hembra, después se las vendo. Se ríe ante el negocio que propone.
-          O.K. Carlitos, vení nomás.
                          Cuando se fueron Don Zacarías y Carlitos, el veterinario preparó el mate y se acercó a su escritorio, en el desorden natural de sus papeles encontraba lo que necesitaba. Luego de anotar un pedido tomó el diario y se dispuso a leer los títulos, en grandes letras se destacaba parte de un discurso del presidente argentino en el que destacaba  la entrada triunfal del país al nuevo orden mundial, la pronta entrada al primer mundo y el despegue económico, sonrió _ ¡Éstos políticos!  Se montan en la cresta de la ola, total después nos estrellamos todos, pensó. Cuando estaba por leer el artículo sonó el teléfono. Una voz femenina, precisa le recordó de su visita a “ La Estancia”, bueno, el diario sería leído después. Tenía que preparar  los medicamentos y todo lo necesario para la desratización de los galpones y alrededores de la casa. Pensó en la yegua, estaba mejorando, pero seguía con cólicos, aunque más distanciados. También tendría que desparasitar a los perros y supervisar el yeso de la pata del jabalí. Llegó Nelson, su ayudante, lo ayudó en los preparativos. Una vez organizados y delegando la atención comercial de la Veterinaria al joven, partió pasada las diez de la mañana con la Break atiborrada de elementos para su trabajo.
                 Entrando en la ruta comenzó a bordear el lago Lácar. Su belleza es imponente, posee la geografía de un fiordo pero de agua dulce. En él se reflejan los verdes-azules de los bosques que cubren los cerros, formando voluptuosas curvas en su superficie, demostrando la forma plegada de los mismos. Siguió a media marcha el ascenso de la ruta, un saludo amistoso a un paisano mapuche que se dirige caminando hacia el pueblo, al lado de su catango tirado por dos bueyes. Sobre el pescante iban sentados dos niños cuyas miradas serias y distantes observaban el paso del coche. A lo lejos, donde el lago sigue su rumbo hacia el Océano Pacífico, se ven como pintadas las montañas limítrofes. Como todos los pobladores que aman ese lugar, Nacho siente el peso de esa belleza, si bien está  protegida dentro del Parque Nacional Lanín, sabe del peligro que corre ese lugar intangible. Por  su mente cruzan como  slogans;  “ Canje verde por verde”, “Eutroficación” “ Tala indiscriminada” “ Incendios forestales”... pero bueno, disfrutaría este día de Otoño, buena música por la radio y un día de trabajo en el campo.
                   Cerca del mediodía llegó a “ La Estancia”. Paró en la casa del puestero, los perros se acercaron a recibirlo, menos uno que se escondía, seguramente recordaba la última inyección que lo curó del moquillo. Don Raúl salió sonriente y respetuoso ante el arribo del Doctor. Luego del saludo entraron a la casa, típica de la zona, base de piedra, resto de madera y techo a dos aguas. En el interior la cocina a leña irradiaba un parejo calor, tan necesario ya que a pesar del sol la temperatura no pasaba de los 5°C. Tomaron unos mates acompañados por unas buenas tortas fritas, recién fritas en grasa, calientes, hinchadas por la acción de la levadura. Luego de una amena conversación sobre asuntos del tiempo y comentarios sobre familias del pueblo se despidieron. La Break entró por el sendero que llevaba a la casa. El suelo era alfombra crujiente de hojas doradas. A los costados; cipreses, maitenes, robles pellines, ñires y las ondulantes cañas colihues del sotobosque. Se acercó a la casa principal, bajó del coche. A través de los vidrios de grandes ventanas se observaba una galería con sillones cubiertos de pieles, trofeos de caza de la zona  y de otras regiones del mundo, sobre las paredes. El rechazo de Nacho, siempre que miraba esas imágenes, era instintivo; algo oscuro, siniestro, envolvía a ese ambiente. El saludo de Don Sepúlveda lo devolvió a la mañana luminosa. La atmósfera era transparente, fría, vital. Realizaron sus tareas, siempre era agradable trabajar con ese hombre cordillerano y chileno. Cuando llegaron a uno de los corrales, Don Sepúlveda señaló a dos ciervos y dos jabalíes bien gordos, estaban listos para carnearlos. Se harían facturas; chorizos, lomitos, salames y demás tipos de embutidos. El patrón de “ La Estancia” llegaría en las próximas  semanas desde Alemania, donde residía. Iba a recibir visitas especiales; al embajador de Estados Unidos y a una comitiva del Gobiero Argentino. Acordaron que Don Sepúlveda le acercaría al pueblo las muestras de los animales para hacerles los análisis correspondientes antes de  elaborar las facturas. Al atardecer terminaron con toda la tarea.
                  De regreso al pueblo, el paisaje, con la ruta en bajada se veía desde otra perspectiva, una lancha cruzaba el lago, en dirección hacia Quila-Quina, una isla de las cercanías del pueblo. Desde lo alto de la ruta se veía como un barquito de papel. En cerros más bajos se destacaban las “ rucas”, casa de los indígenas, con sus típicos corrales. Algunas nubes oscuras se venían acercando desde el Pacífico, presagiando mal tiempo.
                 A los tres días del trabajo en  la “La Estancia” llegó Don Sepúlveda a la Veterinaria, traía las muestras de los animales carneados para realizar los análisis. Querían convidar a las visitas con esas delicias regionales. Mate
por medio, la charla brotaba espontánea y fluida. El Doctor se puso a preparar las muestras en los portaobjetos, mientras Nelson y Don Sepúlveda charlaban y le pasaban unos mates. Abrió la pesada tapa del Triquinoscopio, quedando al descubierto una amplia pantalla, apagó la luz. Ubicado uno de los portaobjetos, el profesional comenzó el ajuste. Apareció en la pantalla la imagen de los músculos, busco precisión. Al instante se observaron pequeños espirales. Silencio. Siguió la búsqueda, más precisión. Aparecieron más espirales ¡ Había triquinosis! Se hicieron más análisis y todos con el mismo resultado. Eso era grave, se debía sacrificar el lote de animales, quemarlos. Don Sepúlveda estaba pálido. Decidieron que de inmediato viajaría a “ La Estancia” para dar la mala noticia. Al otro día iría el veterinario para presentar el informe al administrador.
                    En esos días comenzó a nevar pero la nieve duraba poco, aún faltaba frío para que quedara en los suelos,  los cerros sí estaban cubiertos. El sol  volvió a salir, última resistencia heroica ante la inevitable llegada del mal tiempo. Nacho viajó al campo a presentar su informe. Fue áspero el asunto, discutieron con el administrador, éste se negaba a quemar los animales sacrificados y con triquinosis. Era la  única manera de evitar que se propagara la enfermedad. El veterinario expuso el peligro de la ingesta de las facturas, ya que se consumían crudas. El administrador lo amenazó de prescindir de sus servicios si el profesional insistía en denunciar el caso antes las autoridades de Sanidad animal.
                     De regreso al pueblo, doblando el camino, se encontró con una comitiva,¿ Habría llegado el “ Patrón”?  La mente nublada por la indignación no veía el colorido paisaje, ni respondió como siempre lo hacía a los saludos corteses de los vecinos. Al llegar fue directo al teléfono y marcó el número de Sanidad Animal. Una voz conocida lo saludó. Mientras denunciaba el caso, prometiendo la documentación, con la tranquila convicción que guiaba todos los actos de su vida, observó el viejo diario que quedó sobre el escritorio donde se destacaba en grandes títulos “ ARGENTINA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL”. Al cortar  la charla telefónica se puso a leer el artículo abandonado, sintió asco, para sostener esa filosofía iban a tener que  “ negociar” la patria. Faltaban cinco años para  entrar al nuevo siglo.


CUENTO MENCIÓN DE HONOR EN CERTAMEN  NACIONAL“JUNÍN PAÍS” 2OO3. AUSPICIADO POR CULTURA DE LA NACIÓN , CULTURA DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y MUNICIPALIDAD DE JUNÍN (PROVINCIA DE BUENOS AIRES).
Ana María Manceda. Escritora argentina de poesía y narrativa. Co-fundadora de la Fundación San Martín de los Andes. Integrante de la Red mundial de escritores en español. Participa en diversas revistas literarias por Internet. Elegida con MENCIONES DE HONOR y PRIMEROS PREMIOS participa en más de 30 Antologías colectivas, dos libros de cuentos personales obtenidos en primeros premios internacionales y una novela. 

jueves, 27 de septiembre de 2018

HUELLAS EN LA PATAGONIA de Ana María Manceda.

HUELLAS EN LA PATAGONIA 
de Ana María Manceda.


Hay una huella, hay miles de huellas
¿Cómo se forma un destino?
He sentido, siento, luces y sombras
que hieren, me hieren la piel y el alma.

Me despierto en el amanecer tardío
del sol patagónico
la valentía me eleva,
me energizan los bosques y
los lagos glaciarios.
En las noches patagónicas
las estrellas compiten con los cerros
para mostrar su belleza,
luces y sombras.

Me van doblando los tiempos
de estos largos inviernos.
Nieve y lluvia.

Hay huellas, pero juego a diseñar
meandros de mi río-destino imaginario.
En esta absoluta infinitud
de espacio, de eclécticas historias
geológicas, zoológicas, botánicas
antropológicas.
Hay huellas de la historia trágica
de los pueblos originarios.

Estoy aquí, jugando a un diseño
pero atrapada entre huellas y destino.
Luces y sombras.
En la Patagonia.***

Ana María Manceda: escritora de San Martín de Los Andes, Patagonia Argentina.

Ana María Manceda. Escritora argentina de poesía y narrativa. Co-fundadora de la Fundación San Martín de los Andes. Integrante de la Red mundial de escritores en español. Participa en diversas revistas literarias por Internet. Elegida con MENCIONES DE HONOR y PRIMEROS PREMIOS participa en más de 30 Antologías colectivas, dos libros de cuentos personales obtenidos en primeros premios internacionales y una novela. Su próximo proyecto: publicar su libro de poemas.**** (Si desean más datos en ECU-RED ANA MARÍA MANCEDA) .-

jueves, 13 de septiembre de 2018

VIAJE POR MI TIERRA. PROSA POÉTICA. de ANA MARÍA MANCEDA.



VIAJE POR MI TIERRA.   
PROSA POÉTICA.  
de ANA MARÍA MANCEDA.

Viajo…Voy...regreso cuando el río me llueve y  mi reloj de arena se detiene para dejar caer sin tiempo, oro polvoriento del universo.


¿Hacia el norte olvidado de mi tierra? ¿Hacia el sur de la ignominia?
Viajo, vuelvo por este pedazo de planeta desgajado. Recorro suspiros verdes de siembra y ensueños de industria que fue.

Debajo de mi viaje, siento, con los pies desnudos de esperanzas, que me va sosteniendo la riqueza de este suelo.
Me electrizan los fósiles y la historia hurga mi cuerpo,
 hasta  el  cerebro. Me abanican los bosques, me sombrean
los sierras y la pampa provoca mi vuelo.

Quieta…quieta arena del cosmos. Quieta, detente. Mira por un rato a los humanos allí en la selva, la pampa, las sierras,  la cordillera,
las ciudades. Allí, allá ¡No! ¡tanta inequidad, olvido, brutalidad, silencios! ¡No!

Tengo la luna, el sol y las constelaciones de mi hemisferio.
Veo los desiertos que avanzan y nacer asombrosa una flor blanca,
olorosa de vida en un cactus solitario e enhiesto.
Tengo el perfume de los tilos, las alas de los pájaros,
 los cerezos en flor, los ñires, las lengas, los raulí  helados
en la nieve apenas suspendida y los naranjos calientes  de los cerros.
Amado pedazo de planeta desgajado, viajo con una nota, sonrisa imperceptible, viajo con los recuerdo, los pies ligeros,
las lágrimas perezosas. Quiero tocar las estrellas en la pleamar
y adormecerme sumisa en la bajamar.
Hay palabras, ricas, tramposas, ilusionadas que siembran mi boca en este largo, loco viaje. Una esperanza impulsa mi cuerpo y me siento guiada por la brújula besada por los vientos.

Viajo. Voy, regreso cuando el río me llueve y  mi reloj de arena se detiene para dejar caer sin tiempo, oro polvoriento del universo.***

Prosa poética, información e imagen gentileza Ana María Maceda. Gracias.

Ana María Manceda página literaria en facebook www.facebook.com/ammanceda

sábado, 8 de septiembre de 2018

EN LA NIEVE de Ana María Manceda.

EN LA NIEVE 
de Ana María Manceda.


La noche está allí, detrás de las ventanas.
La nieve se refleja posada en las hierbas
y cuelgan las estrellas de las ramas heladas de los árboles.
Con solo estirar mi brazo, aún a través del límite de los vidrios
podría tomarlas para adornar mis ojos.
Si la valentía me sorprendiera abriría la puerta
y recostada en la hierba nevada tomaría un baño de luz
sonriendo a la noche con mis ojos adornados  de estrellas
que cuelgan de las ramas heladas de los árboles.
Pero sigo mirando detrás de las ventanas.
Mi aliento, llanto de recuerdos empaña los vidrios.
Me rebelo.
Rotos los vidrios estallan en la nieve,
yo también, rota, estallada,
yo también en la nieve, me rebelo.

*** En antología “Navegantes en la Patagonia, Nyc y Vyq” Editorial Tribu Salvaje. Neuquén. 2011.
Ana María Manceda. Hace cuarenta años que vive en la Patagonia Argentina (San Martín de los Andes). Fue docente de Geografía y Biología I en C.P.E.M. n.º 13 por 25 años. Coautora del Libro de los cien años (libro homenaje a los CIEN AÑOS DE SAN MARTÍN DE LOS ANDES; Historia, Geología, Educación, Geografía, Sociedad, Cultura, Turismo…). En octubre de 2008, recibió el 1.º Premio en Certamen Internacional Artes y Letras 2008 en narrativa por su obra Derrumbe; Editorial Novelarte; Córdoba (Argentina). Integrante de REMES (Red mundial de escritores en español), de Poetas del Mundo y de World Poets Society; Latin Heritage Foundation; Unión Escritores Hispanoamericanos. Integró el primer jurado del CEM (Centro Editorial Municipal de San Martín de Los Andes), donde se sentaron las bases para los concursos literarios municipales (tres años representando a la Biblioteca Popular 4 de febrero). Seleccionada en varias antologías nacionales e internacionales. Participa en diversas revistas literarias por Internet, entre ellas Guatiní, de Ernesto R. Del Valle (Miami), Hontanar, de Cervantes Publishing (Australia) y Revista Sinfín (México). Invitada a participar en la antología poética en homenaje a los estudiantes mexicanos desaparecidos Los 43 poetas para Ayotzinapa (2015). En septiembre de 2011 presentó su novela La noche de la flor del cactus, en la V Feria Regional del Libro de San Martín de Los Andes (2013). Finalista certamen internacional narrativa por la obra El eclipse y los vientos; CEN Ediciones (Argentina; 2013) y recibió el 1.º Premio certamen internacional narrativa «Huellas contemporáneas» por la obra anteriormente citada. En diciembre de 2014 fue nombrada «Embajadora de la palabra» por el Museo de la Palabra (Fundación César Egido Serrano) sito en Quero Toledo.


Web de la autora: Literatura desde la Patagonia

Otros relatos de esta autora (en Almiar): Los pasos de los duendes sobre las hojas caídas del otoño · Derrumbe · Una moneda romana en la cordillera Patagónica.
Poema, información e imagen gentileza Ana María Maceda. Gracias.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Viaje hacia la curvatura de la luz relato por Ana María Manceda.

Viaje hacia la curvatura de la luz

relato por Ana María Manceda.
N
o es lo mismo, desde ya, pero siento una caricia en la piel, este viejo zaguán con su puerta vidriada dejando fluir la luz del crepúsculo, con sus macetones repletos de flores me devuelven el olor de las plantas del pasado. La casa me espera con sus fantasmas, si no fuera por la alarma que parece presentirme y se apaga sola, creería que los años se hubieran detenido en mi niñez. Al entrar en la cocina-comedor siento un escalofrío, ahí está, la pantalla gigante, apagada, sin embargo te veo Yunus, estas ahí, ofreciéndome una copa de champaña y una sonrisa. Te eternizaste Yunus. ¿Cómo poder vivir sin vos? Aquí estoy, tratando de aceptar esta existencia que atraviesa condiciones tan distintas de vida, pero existe algo que el hombre aún no ha podido cambiar, los sentimientos, y eso es un gran triunfo de nuestra condición de humanos.
Nuestra historia comenzó un atardecer de primavera. Llegué del laboratorio extenuada, el calor era insoportable. Sentí placer de estar en la casa fresca, ordenada. Bendito trabajo que me agotaba y no me permitía rumiar sobre mi soledad. Besé la foto de mi hijo con su familia, el sistema era antiguo pero bueno yo también era antigua, a los cincuenta y cinco el alma tiene sus huellas aunque la apariencia siga lozana. Gran ventaja la de transitar esta edad a fines del siglo veintiuno, las pastillas y las cremas son milagrosas. Mientras me preparo una ensalada prendo el plasma, me encanta seguir la novela de las ocho, la trama es interesante, pero el sonido de los arroyos y los olores de la flora de la hacienda donde ocurre el drama era lo que me deleitaba. Recuerdo que cerré los ojos para respirar esa atmósfera, me prometí que en las vacaciones no iría al mar, contrataría una excursión a esa hacienda, cuando los abrí estabas vos Yunus, con la copa en la mano, de inmediato te reconocí, eras el ingeniero a quién le había hecho los análisis hace pocos días. Hice lo que nunca me atreví, con tus instrucciones manejé el control y así pudimos charlar ya ni recuerdo cuánto tiempo, nunca más me sentí sola. Desde ese día llegaba corriendo del laboratorio, me bañaba, perfumaba y cuando sentía que brillaba prendía el plasma y comenzaban nuestras charlas, cenábamos juntos, nos reíamos ante la disparidad de comidas que inventábamos. No querías mostrarme tu casa de manera virtual, querías que yo la conozca personalmente. Cuando decidí ir ya estábamos enamorados. Yo Mayra, viuda, sola, me había enamorado como una adolescente de vos Yunus, soltero, ingeniero de la Comunidad Latinoamericana, doce años menor.
Como todas las ciudades satélites de la Capital, Cappa era ultramoderna, aunque cobijaba en algunos de sus barrios casas del siglo pasado, como la mía ¡eran tan encantadoras! De a poco le fui inyectando el confort moderno, conviviendo en ella el pasado y el futuro. Nunca había visitado una casa especialmente diseñada con aire de siglo veintidós hasta que visité la de Yunus, al entrar no pude disimular el impacto que me causó; paredes acrílicas que se ahuman según el color deseado o se dejan transparentes para que fluya la luz; todo funciona a energía solar, en el extraordinario baño lucen unas extrañas y bellas plantas, obtenidas por una cruza genética especial, se autoriegan con la cantidad de nutrientes según los vayan necesitando. La bañera lo esperaba a Yunus con la temperatura ideal, él había programado la hora, la cantidad de agua, temperatura y espuma deseadas. Cenamos una comida exquisita ¿La cocinera? Un artefacto computarizado, la carne la untamos con una salsa que ni yo la hubiera logrado. ¿Quién había puesto la mesa? ¡Sorprendente! Pedro, el robot, hacía todos los quehaceres domésticos, hasta elegía la ropa que iría al lavarropas. Deslumbrada entré al universo de Yunus.
Nuestra vida juntos siguió con nuestra actividad normal, yo en el laboratorio de análisis clínicos, él con su profesión que le exigía algunos viajes para asistir a congresos planetarios pero los regionales los podía realizar desde la casa.
Cuando me quedaba sola me divertía con Pedro, al que le faltaba reír y llorar ya que decía algunas frases programadas para ocasiones especiales, también me entretenía con las extrañas plantas, según la hora del día destellaban tonos dorados o intensos lilas, variando a su vez el perfume que exhalaban, era una fiesta para los sentidos. En otras oportunidades, cuando Yunus se excedía en su trabajo, desde el dormitorio le cambiaba los colores de las paredes del escritorio, de un gris plateado a un rosado brillante, era un código entre nosotros, entendía que lo esperaba ansiosa. El instinto del amor y la pasión seguían incólumes a través de los tiempos. Algunas noches solíamos leer acostados, yo, con mis libros de papel, necesitaba sentir en mis dedos el contacto con sus hojas, Yunus con su computadora adaptable según la posición que tomara. En realidad era envidiable verlo cómo buscaba en instantes el significado de palabras desconocidas o programar hologramas según alguna secuencia de la novela que leía, entonces me maravillaba ver en tridimensión paisajes y personajes que describía el autor pero con la imaginación de Yunus. Por supuesto se burlaba de mi antigüedad para leer, no me importaba, mis argumentos resaltaban el enriquecimiento de mi mente, cosa que él también lograba, no podía con sus teorías. Desde ya debía acostumbrarme a esa forma de lectura, no se fabricaba más papel, los bosques eran santuarios sagrados proveedores de oxígeno y abrigo de especies en vía de extinción.
El tiempo transcurría con nuestra dicha, mi hijo se sentía feliz de verme tan plena y lejos de la soledad. Algunos fines de semana largos lo visitábamos en su hogar del país vecino, con las nuevas autopistas y el puente internacional con la línea asfáltica para viajar sobre elevación computerizada llegábamos en un rato. El trayecto era fascinante, ya no se veían las villas miserias de mi niñez, ahora eran miles de pequeñas poblaciones automatizadas, idénticas, separadas por parques trazados de manera perfecta, en éstos lucían unos artísticos artefactos que en realidad eran pararrayos. Desde la altura de la autopista parecían villas de antiguos bungalows africanos, ya que sus techos estaban diseñados para regular la luz del sol, no se usaba la energía orgánica, hace años se había agotado el petróleo; solo algunos pozos, ubicados de manera estratégica, eran resguardados para alguna emergencia. Aun así, se notaba la diferencia de clases y si bien la violencia estaba controlada no había desaparecido. El mundo estaba esperanzado en la nueva camada de políticos que gobernaban, éstos debían seguir una carrera política, cursar postgrados y realizar pasantías en distintas regiones, de esta manera adquirían conocimientos para regular los recursos naturales y económicos de la población. La humanidad fue sufriendo una transformación espiritual, luego de cruentas guerras por el agua entre países hermanos, la peligrosa situación ambiental de la Tierra provocó una sensación de unidad nunca conocida en la historia del hombre.
Mi quiebre emocional comenzó luego de las grandes catástrofes que ocurrieron en el planeta. A fines del dos mil setenta desaparecieron unas pequeñas islas del Mar del Norte, los científicos habían previsto la tragedia ocasionada por la elevación de los mares por el cambio climático global además de haber detectado un leve desvío de la Corriente Cálida Del Golfo lo que produjo un mayor enfriamiento en la Península Escandinava y las Islas Británicas, el paisaje nevado era una característica de Londres, aún en primavera y verano. En otras partes del planeta el calor tórrido era insoportable, solo la tecnología permitía su hábitat. La Región Pampeana sufría un clima subtropical y la Patagonia era un oasis templado con el consecuente y lento deshielo de sus glaciares. Una noche de agobiante calor entramos a la casa cerrándola herméticamente, ya no se podía estar en el patio disfrutando del pequeño jardín natural. Mientras Pedro nos servía un cóctel decidimos sentarnos en el living y mirar el universo, corriendo una parte del techo deslizante, a través de los vidrios especiales que funcionaban a manera de telescopio. Teníamos todo el esplendor del cosmos ante nuestra vista. Yunus me explicaba que según Stephen Hawking si seguimos un cono de luz hacia el pasado, éste se curva debido a la atracción de la materia del universo primitivo. En ese momento sentí el temblor, me recorrió la espalda, los muslos, y las estrellas parecieron titilar a mayor velocidad.
—Mayra,  la  casa  es  antisísmica,  no  sé  qué  pasa  pero  debe  ser algo  grave —dijo Yunus con preocupación. Encendió el plasma. Las imágenes eran de terror, se había desprendido una parte de la península de California, desapareciendo en el mar cientos de ciudades, el olor a azufre y a muerte inundó el living. El espectacular desprendimiento ocasionaba terremotos y remezones en todo el planeta, provocando tsunamis y desapariciones de costas habitadas. Ya los geólogos habían previsto estas catástrofes, sus investigaciones coincidían en que en miles de años la península se desprendería del continente americano e iría hacia la deriva a acoplarse con la península de Alaska. El proceso había comenzado.
Luego de esta tragedia surgió mi depresión. Era un pánico que entraba por mi cuerpo hasta hurgar en mi mente. En los círculos intelectuales se sabía que se preparaba un éxodo escalonado hacia otro planeta con condiciones para desarrollar la vida, por supuesto esto llevaría miles de años y los primeros en viajar serían las familias más poderosas de la tierra. Pasé meses en un estado de estupor, el amor de mi hijo y Yunus lograron rescatarme del abismo. Cuando tuve cierto equilibrio emocional y con ayuda profesional supe que debía enfrentarme a ese miedo ancestral de perder lo estable, a mis seres queridos y sobre todo el sentido de pertenencia a este maravilloso planeta azul.
Necesité visitar mi antigua casa, ahí es donde me encuentro al comenzar el relato, consejo del médico de recorrer y escribir sobre lo que provocara en mis sentimientos este rincón de mi vida. En el momento que guardaba algunas fotografías en el bolso sonó el móvil, la carita de mi nieta apareció en la pantalla.
—Abu, mirá la muñeca que me regaló Yunus.
Una Barbie de mi niñez lucía amorosa al lado de mi nieta, él a su lado, con su sonrisa que iluminaba el universo y no pude conmigo, lloré todo mi pasado y la transición que tuve que recorrer para llegar hasta este momento de la historia de la humanidad que aún no podía asumir. Sentí que hasta en la raíz de mis cabellos habitaba una memoria de mi lejana niñez y la de mis padres. Entre sollozos les pedí que no se preocuparan, era la emoción pero yo sabía que rompía el estanque del tiempo, tenía que aferrarme a mis amores. Al cerrar la puerta de mi antigua casa, quise de manera simbólica cerrar una época vivida, con amor, con heridas, de manera intensa, hasta la vorágine. Debía regresar al futuro, aceptar con humildad mi condición humana, hasta cuando Dios quiera, solo somos mortales.
Ana María Manceda. Hace cuarenta años que vive en la Patagonia Argentina (San Martín de los Andes). Fue docente de Geografía y Biología I en C.P.E.M. n.º 13 por 25 años. Coautora del Libro de los cien años (libro homenaje a los CIEN AÑOS DE SAN MARTÍN DE LOS ANDES; Historia, Geología, Educación, Geografía, Sociedad, Cultura, Turismo…). En octubre de 2008, recibió el 1.º Premio en Certamen Internacional Artes y Letras 2008 en narrativa por su obraDerrumbe; Editorial Novelarte; Córdoba (Argentina). Integrante de REMES (Red mundial de escritores en español), de Poetas del Mundo y de World Poets Society; Latin Heritage Foundation; Unión Escritores Hispanoamericanos. Integró el primer jurado del CEM (Centro Editorial Municipal de San Martín de Los Andes), donde se sentaron las bases para los concursos literarios municipales (tres años representando a la Biblioteca Popular 4 de febrero). Seleccionada en varias antologías nacionales e internacionales. Participa en diversas revistas literarias por Internet, entre ellasGuatiní, de Ernesto R. Del Valle (Miami), Hontanar, de Cervantes Publishing (Australia) y Revista Sinfín (México). Invitada a participar en la antología poética en homenaje a los estudiantes mexicanos desaparecidos Los 43 poetas para Ayotzinapa (2015). En septiembre de 2011 presentó su novela La noche de la flor del cactus, en la V Feria Regional del Libro de San Martín de Los Andes (2013). Finalista certamen internacional narrativa por la obra El eclipse y los vientos; CEN Ediciones (Argentina; 2013) y recibió el 1.º Premio certamen internacional narrativa «Huellas contemporáneas» por la obra anteriormente citada. En diciembre de 2014 fue nombrada «Embajadora de la palabra» por el Museo de la Palabra (Fundación César Egido Serrano) sito en Quero Toledo.
 Web de la autoraLiteratura desde la Patagonia
– En FB: www.facebook.com/ammanceda
Publicado en:
Revista Almiar.
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