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lunes, 31 de marzo de 2014

COMO SU NOMBRE LO INDICA… por Mariano Giammona.

VA OTRO RELATO AMENO, DIVERTIDO DEL ESCRITOR PATAGÓNICO DON MARIANO GIAMMONA PARA USTEDES. 
¡QUE LO DISFRUTEN!

COMO SU NOMBRE LO INDICA…

Hoy los “pibes” tienen cerca de los cuarenta, en aquellas épocas apenas si tenían nueve o diez años.
Se volvían locos para ir al campo, allí retozaban y  hacían las mil y una travesuras,  hasta hacía poco tiempo. Para ese entonces ya estaban más grandecitos, pero igual cuando les pedí que me acompañaran a General Acha a vender hacienda, les brillaron los ojitos y de mil amores aceptaron, pero enseguida pidieron llevar al aire comprimido.
Claro…seguían siendo pibes…
“Ni lo piensen chicos, vamos a un remate de hacienda, y en el campo pasamos solo  a cargar los  terneros, sacamos guía en el  pueblo y  enseguida salimos para esperar el camión en la feria donde se hace el remate”.
Esa fue la primera cara larga antes de partir. Después vino el sufrimiento porque en  los corrales no iban a poder corretear los animales para embretarlos para no ensuciarse.
Pusieron cara de fastidio!!
El fastidio se transformó en “caras largas”, que les duró casi toda la jornada mientras soportaban mis  charlas con compradores, vendedores y fleteros.
Solo tuvieron un momento de felicidad cuando degustaron el exquisito asado ofrecido por los dueños en el galpón de esquila de la antigua estancia que alojaba a la feriera.
Después,  el aburrimiento fue total y el cansancio producido por caminar  casi tres horas detrás del “carro” del rematador,   hizo estragos en sus cuerpitos.
Me había agarrado una verdadera sensación de culpa… Pobres chicos, pensé….no hay derecho que les haya hecho pasar este día… Con algo los tengo que recompensar….!!!.
“Chicos, resolví,  nos quedamos a dormir en un hotel y además vamos a ir a un restaurante y ustedes van a poder elegir del menú el plato que les gustaría comer y la bebida también”.
Y el postre??? Preguntó Adrian???. Por supuesto, por supuesto…
Dejamos las valijas en un Hotel sobre la Ruta 152, y convenientemente bañados y cambiados desandamos la carretera unas pocas cuadras y doblando a la izquierda y atravesando el Parque, entramos a un restaurante.
El lugar era un comedor modesto que recibía a muchos colectivos con parada programada para almorzar o cenar, y que tenía un lugarcito un poco más paquete al que el dueño intentaba dar más categoría.
Allí nos recibió el  mozo, joven espigado, de bigote finito y  cara de intelectual. El patrón le había hecho poner unos pantalones negros, zapatos puntudos, camisa muy blanca, y chaleco con  moñito, todo al tono resaltando el  negro.
Los chicos embelesados!!!…
Se paró delante de nosotros, muy tieso el hombre, con  una servilleta  colgando de su brazo izquierdo, y la bandeja equilibrada en su mano derecha.
Nos entregó –primero a mi, después a Adrian y por último al Pato,  un menú con tapas de cuero,  diciéndonos a  los tres… ¿“quieren ordenar la bebida los señores???”. Los chicos se sentían importantes…, claro en esas épocas lo normal era que el jefe del grupo, en este caso el papá o el tío, ordenaran todo. Hoy no solo les decían “señores”, sino que los que mandaban eran ellos…
Cuando se acercó con el vino,  no traía la botella tomada del pico, -como lo hacían los mozos del otro sector, que por lo demás estaban vestidos de bombacha y alpargatas-,  sino que la portaba elegantemente sobre su brazo, haciendo tocar su fondo en la curva del  antebrazo.
Los chicos enloquecidos,
Para destaparla, pidió permiso delicadamente diciendo “¿puedo usarles el cuchillo para sacarle el capuchón?”, mientras lo tomaba decididamente sin esperar respuesta.
Con otro pedido de  “permiso”, deja el cuchillo en su lugar y tomando delicadamente al corcho por su lado entre los dedos índice y pulgar, lo  depositó paradito en la punta de la  mesa.
Los chicos, lo miraron con cara de estupefacción, porque notaron que algo no funcionaba como ellos pensaban, otros mozos se llevaban el corcho, no lo dejaban en la mesa. Por lo demás, sabían bien que los cubiertos eran exclusivamente para nuestro uso y que el mozo debía tener sus propios instrumentos para descorchar la botella..
Yo por mi parte pensé “creo que al patrón le quedó por enseñarle la última lección !!”… Vamos a ver como sigue esto… parece que se juntaron el hambre y las ganas de comer –los chicos que nunca ordenaron una comida, y el mozo que no tomó la última lección…- en fin… veremos”
Abrieron el menú como si supieran…,  pasaron de largo los platos comunes como “fiambre de la casa”, “sopa” y “milanesa con puré” y se fueron más adelante donde estaban los mas sofisticados, o por lo menos los de palabras difíciles y más caros.
El mozo, firme como estaca,  los miraba fijamente con su libreta y lapicera en mano esperando el pedido. El Pato, con una sobriedad y seriedad absoluta mirando el menú  y levantando la vista lo mira y  pregunta
¿Cómo es la Suprema  a la Maryland?
Parece que el pibe lo descolocó..., vos crees que el tipo se amilanó, vos crees que se puso colorado…, con una seriedad magistral,  y guardando su compostura lo mira fijo y le contesta:
Señor…, suprema a la Maryland es…, como su nombre lo indica…,una suprema…, a la Maryland!!!!!!


Este relato de Mariano Giammona fue publicado en "El Globo de Villa Regina" el día 25 de marzo de 2014.

Correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor:
mgiammona2002@hotmail.com       

viernes, 21 de marzo de 2014

Escritores Patagónicos: VER PARA CREER DE MARIANO GIAMMONA.

VER PARA CREER.
Hace algunos años atrás, mi oculista detecta en sus exámenes de rutina una incipiente catarata en uno de mis ojos miopes.
Con el correr del tiempo lo incipiente se transformó en algo más definido y el otro ojo comenzó a recorrer el mismo camino.
Mire Mariano, me dijo, hasta que esto no le moleste mucho, yo le recomiendo no operar, con el tiempo si el problema aumenta de tal forma que afecte su calidad de vida, pensaremos en una operación, antes no.
Una o dos veces por año concurría a su consultorio por rutina simplemente. Allí, amenizando,  aprovechábamos para cruzar dos palabras sobre la pasión que tenemos en común, la pesca en el mar, a la que él le pone, decididamente,  más dedicación y empeño que yo.
Así las cosas hasta que dos viajes en los que se hizo de noche en la ruta, me hicieron comprender que no solamente corría peligro mi vida, sino la de mis acompañantes si continuaba manejando viendo por detrás de lo que yo llamaría un parabrisas sucio y además mojado, porque la iluminación de los automóviles que circulaban en sentido contrario se deshacían en muchos haces de luz antes de llegar a mi retina.  Pero no, el parabrisas estaba seco y además limpio y sin embargo no podía delinear esa ruta sin marcar, y prácticamente circulaba a ciegas frente a  los vehículos, cuyos faroles emitían lo que a mi vista era un destello muy brillante que por lo demás formaba una aureola alrededor de las luces que me  dificultaba enormemente la visión.

No es un problema que se soluciona con más o menos aumento en sus lentes, sus dioptrías son las mismas, el tema es que las cataratas han avanzado y son ellas las que le dan esa visión borrosa y poco nítida de la que usted se queja.

Mi confianza en su probidad profesional era absoluta. No dudé un instante y le pedí que me operara después de pasado el verano.

Hace una semana, en un día viernes, estaba yo en la sala contigua a la de cirugía con la bata puesta, una cofia y unos zapatones de tela, listo para que Marcelo me llamara. Yo no me veía, pero si lo vi a él, también enfundado en similar atuendo, con más unos guantes y un  barbijo.

Teníamos bastante confianza y los dos dejamos de lado todo protocolo.
Adelante Mariano, dijo.
Buenas tardes Marcelo,  contesté yo.
Intentando sofocar mi tensión le dije… Ud. disfrazado Doctor,  y eso que ya pasó Carnaval…
Se ve que el notó mi nivel alto de adrenalina, -aunque seguramente debe ser una constante de toda persona que sabe que le van a “meter un dedo en el ojo”-, seguramente intentando potenciar mi endorfina dijo a la asistente que me llevaba a la camilla:     ALTO, ALTO… y desenfundando su celular me enfocó con su cámara diciéndome “usted sí que está bonito… ahí va la foto para el recuerdo”. Todo fue risa, y no solamente me reí yo sino que también lo hizo la asistente y el propio médico. Lo había logrado, el ambiente estaba totalmente distendido.


Todo fue de maravillas, no sabía lo que él  estaba haciendo, porque sentir no sentía nada, ver no veía nada, solo un gran resplandor de las luces del quirófano, Solamente escuchaba sus sobrias y apenas audibles  palabras,… “perfecto”… “vamos excelente”… “nos falta poco” y por último… “bueno, terminamos”  … “todo ok”, todo esto en pocos minutos.

El ojo, lo vamos  a destapar mañana a las 9 cuando venga a control… haga vida normal, menos esfuerzos grandes, haga su vida, dijo despidiéndome afectuosamente.

Miré el reloj con el ojo no operado y vi que se habían hecho las cinco de la tarde.

Mientras Pupy daba marcha al auto, sonó mi celular… era un turista que se quería alojar en el Balneario El Cóndor, donde tenemos un complejo de apartamentos, y sin dudar le dije a mi señora… “Vamos,  no perdamos este alquiler”… “Sos loco me dijo, si estás recién operado…” , “ Dale, si manejas vos y el ojo está tapado”...

Eran las 21 horas cuando volviendo pasamos por delante de la clínica.
“Pará”, dije,  quiero verlo a Marcelo porque tengo una molestia… Claro, pensé… yo fui la ida y la vuelta mirando con un solo ojo, y seguramente en forma inconciente hice fuerza para abrir el “tapado” y quizá despegué alguna tela adhesiva, me dije.

No solamente no se despegó ninguna tela, sino que además esta todo perfecto, a tal punto que como ya  pasaron cuatro horas, y esto está tan bien, el ojo lo vamos a dejar destapado. Duerma tranquilo y mañana después de ponerse las gotas que le indiqué, vengase a eso de las 9 y lo volvemos a controlar. Que duerma bien. Nos estamos viendo, dijo.

“Si no perdemos la vista”, pensé en decirle apelando al humor negro del que suelo hacer gala, pero no,  me contuve, Marcelo es un profesional muy serio y no puedo hacerle gracia este tipo de chistes, pensé.

Me acosté temprano esa noche, no más de las diez. Dormí como un angelito… de un solo tirón hasta las seis de la mañana… No lo podía creer, La penumbra de esa hora hacía que se dibujaran en la habitación algunos muebles, el televisor, la cómoda y el gran espejo colgado sobre ella.... Vamos bien me dije tapándome el ojo operado y divisando nítidamente la clásica luz roja del control remoto. Repetí la operación, esta vez dejando libre el operado y ALERTA!!!!, NO VEÍA NADA, lo hice otra vez y NADA. No pude dormir más, y me quedé quietito en la cama hasta las 8. Te confieso que tenía miedo.
Desayuné y ya algo veía. Me afeité mientras controlaba,  cerrando alternativamente un ojo y el otro. La cosa iba bien.
Se me hicieron las nueve y cuarto, y me dije:… que Pupy siga durmiendo,… si yo veo y puedo manejar, que joder…!
Cada dos cuadras paraba. Miraba un árbol con un ojo y después con el otro, los colores eran distintos!!!. La nitidez del ojo operado subía. Ya en la sala de espera tomé una revista y repetía la operación, la nitidez seguía subiendo… podía leer con los dos ojos, claro no era al cien por cien, pero el médico me lo había anticipado, a medida que pasen los días su ojo se va a estabilizar, decía.

Jesús amonestó a Tomas que necesitó ver para creer. La explicación que me hubiera dado mi médico seguramente hubiera calmado mis miedos cuando abrí los ojos en la madrugada, pero con el paso de las horas el ver por mis propios ojos calmó mis ansiedades y me hizo acordar del Apóstol Tomas, que aún teniendo fe necesitó ver para creer.

Publicado en “El Globo de Villa Regina”, 17/03/2014, página 3.


El Correo electrónico del Sr. Mariano Giammona para quienes desean contactarse es: mgiammona2002@hotmail.com

lunes, 6 de enero de 2014

Cuentos y relatos: Padre Nuestro, Ave María y el Papa Francisco de Mariano Giammona.


Padre Nuestro, Ave María y el Papa Francisco.

Habían sido compañeros de estudios allá hace como sesenta años en La Plata. Primero nos cobijó la Escuela Secundaria y después la Universidad, los años los teníamos encima, los recuerdos también, pero cada vez eran más borrosos, y las figuras y las caras de los que éramos del grupo, se nos desdibujaban y a veces quedaban totalmente borradas, lo mismo que sus nombres y apellidos.
Elsa y Pascual se contactaron desde La Plata, y me avisan que a mediados del año 2013 se hacía una cena de reencuentro de los que obtuvimos el título Universitario a mediados de la década del sesenta. Una hermosa oportunidad para revivir recuerdos y actualizar pieles que recordábamos frescas y sin pliegues por caras arrugadas por el paso del tiempo;  cabellos renegridos,  por cabezas calvas,  o blancas por las canas implacables. Claro, ninguno bajaba de los setenta y eso pesaba.
No pudo ser, mi salud me hizo quedar en mi Viedma adoptada y aquí quedamos empecinados en encontrar el origen de esa fiebre que ya tenía más de cuatro meses de vida y no aflojaba.
En los primeros días de octubre, encontramos el problema,  el antibiótico hizo su efecto…,  los rezos propios y ajenos también, y retomé mi vida normal, achatada y apichonada por mi estado de salud.  Hasta ese entonces mi existencia se reducía a estar tirado en un sillón, sin ganas de hacer nada, y mirando embelesado el carisma y la forma en que estaba conduciendo la Iglesia el nuevo PAPA. Soy creyente me dije, y también católico apostólico romano, -no dejo de serlo por no ir  los Domingos a Misa-, por lo demás  tengo muchos años encima y soy muy  respetuoso; ¿porqué no puedo escribirle a mi PAPA y decirle lo que  siento viendo su accionar y su pensamiento? El 8 de octubre despache la carta al Vaticano…

Pasó octubre y en los primeros diez días de noviembre vuelve a contactarse Elsa para avisarme que el 6 de diciembre se hacía otra cena de reencuentro, esta vez de egresados de la Secundaria que también me perdí por problemas con el vuelo a Buenos Aires. En la charla me comenta su proyecto de ir hasta Tierra del Fuego y volver por Chile para reingresar cerca de Bariloche. No dudé en invitarlos a mi casa en su viaje de ida, que emprendería el 2 de enero.

El 3 de enero, después de haber pernoctado en mi casa de Viedma, nos embarcamos en mi camioneta con la intención de que tuvieran una panorámica de la zona. Temprano en la mañana, recorrimos la costanera, hasta llegar a la Ruta 1, y trasladarnos al Balneario El Cóndor.

Como turistas de un día tuvieron suerte, vieron cosas que no se ven normalmente y vivieron aventuras que tampoco son normales. Yo les venía contando sobre las diferencias de mareas, sobre que entre la costanera y el mar había que atravesar no menos de 400 a 500 metros de arenas y médanos, que esa distancia la recorríamos en nuestros vehículos por una calle consolidada por el Municipio, y que allí los estacionábamos cerquita del mar. Nada de eso pudieron comprobar,… una terrible sudestada hizo crecer el mar, dejando sumergidos esos 400 o 500 metros, al límite de dejar bajo agua a los baños químicos, un parador y a una camioneta, cuyo conductor desprevenido no atinó a sacarla a tiempo. Tanto fue la crecida que a escasos 15 metros de donde nos habíamos estacionado en la costanera, vimos a una persona que alegremente practicaba surf entre los medanos de arena.

Pocos loros barranqueros había en la colonia más grande del mundo, pero igual los pocos a la vista eran muchos para sus ojos, que se deleitaban con sus  bellos colores. 

Maravillados quedaron viendo el mar embravecido al costado del camino asfaltado que nos llevaría al balneario La Lobería,  y ya entrando en el ripio,  el monte patagónico les resultaba atípico a sus ojos y ni les cuento su asombro cuando veían los avestruces pastando como gallinas a escasos 40/50 metros del  vehículo detenido, o corriendo por el camino delante nuestro  a gran velocidad,  balanceando sus alones para mantener el equilibrio. 

Su suerte seguía, entrando a Punta Bermeja, después de muchos tiempo se reinauguraba el avistaje de los lobos marinos después de muchos meses que el mar arrasara con su bravura,  sus mas de 300 metros de pasarelas. Sólo había un mirador desde donde a pesar de la alta marea, se apreciaba  a las mamás lobos con sus crías y la presencia altanera, custodiante y desafiante del macho. Turistas anteriores no tuvieron la misma suerte ante la clausura por refacción del apostadero de lobos más grande de la Patagonia y uno de los mas importantes del mundo.

Sólo tenía dos fotos Pascual para poder sacar. Se las hice reservar para que las gastara desde el mirador de la Bahía Rosas, el que aparece en bajada después de una curva rodeada de estepa patagónica. Así lo hizo Pascual, quedandole sólo una que se suponía iba a gastar en algo importante.

Circulábamos por el ripio en dirección a la playa distante unos 10 Km., donde existe abundante pesca y espectacular vista panorámica. El camino era empedrado, pero los vientos y los medanos cercanos en pocas horas se mueven y hasta inutilizan totalmente el camino cerrando el paso. Nosotros que estamos acostumbrados a encontrar arena en el camino, somos bastante precavidos y entre llevar los vehículos “alegres” o “ tristes”, preferimos llevarlos “alegres”, es decir en velocidad y en un cambio que permita una fácil tracción,  y la norma es que salvo problemas graves,  jamás hay que detenerse. En ese momento Pascual grita “pará, pará”. Yo pensé en alguna emergencia y detuve la camioneta…, no había ninguna emergencia, Pascual solo quería gastar su última foto…, el vehiculo quedó sobre una acumulación fenomenal de arena fina y caliente y al querer retomar la marcha, rápidamente quedó encajado y apoyado sobre el diferencial, es decir que quedó en el aire. Aquí empzó la aventura para ellos, yo con una hipoglucemia encima, poco podía hacer, ellos, turnandose con una maderita a modo de pala, escarbaban queriendo dejar libre la rueda. Yo, con mi glucemia, poco podía hacer. Sólo pensaba que hacer… celular no había, las olas que se veían abajo tenían 3 o 4 metros de altura, el viento corría a unos 40 Km. por hora, pasar no pasaba nadie… yo razonaba que con semejante temporal nadie iba a pasar para ir a pescar, ni de ida ni de vuelta…, me equivoqué, … al poco rato se vio venir una motito de 50 cm3, salvado el hombre pensó Pascual. Llegó el motociclista con su cara ensangrentada, el viento lo había tirado de la moto, y en su estado poco podía ayudarnos, por lo demás se ve que sabía, levantandose del suelo desde donde había espiado debajo de la Pick Up, dijo…”es inútil cavar con un palito, con una pala puede ser, la camioneta está en el aire… hay mucho que cavar”… “Yo voy hasta la playa donde estoy acampado con un colectivo, si no encuentro auxilio, les mando la pala con mi hijo…”. Se fue… otra vez el desierto y solos, el viento, la arena, el sol,  Pascual seguía cavando,  yo pensando…, me vino a la cabeza aquella carta al PAPA, donde le contaba que yo rezaba cuando lo necesitaba hacer, que no necesariamente en Misa donde no solía concurrir los Domingos, que lo hacía parado, acostado o en cualquier lugar, o cuando lo necesitaba… y en este momento lo estoy necesitando me dije… y ahí, con la cara mirando al sur, recibiendo el viento, la arena y la brisa del mar, comencé con el Padrenuestro, luego el Ave María, y después el pedido de ayuda…

No pasaron más que tres minutos… una pick up 4x4 blanca con un biólogo al volante. Estaba el hombre doblando en cuatro la soga que portaba para que fuera más resistente, y otro ruido de motor… una turista francesa mostrando por la ventanilla un cable de acero de esos de los chinos. Cambiabamos la soga por el cable, y otro ruido de motor, detrás de los otros vehículos una camioneta tambien doble tracción, con una linga de 10 metros. Todo en no más de dos minutos… gracias Señor dije…

Despues de almorzar en La Lobería mirando el mar, llegamos a casa y contamos las penurias a mi mujer.

Pascual se fue con Elsa rumbo a Caleta Olivia, Pupy apenas salidos revisa  el buzón del correo, …
varios sobres…
uno extraño, dirigido a mi…

lo abro…era del Vaticano, era la respuesta del PAPA, que agradecía mi carta  y que impartía

“de Corazón la Bendición Apostólica como prenda de copiosos favores divinos”…

la carta estaba fechada el 29-11-2013 y llegó a mi casa el día 3/1/2014, fecha en la que me acordé del Padre Nuestro, del Ave María y del propio Francesco…  


Mariano Giammona es un rionegrino por adopción y sentimiento se radicó en la Ciudad de Villa Regina en el año 1.973 que la hizo propia. Reside en Viedma (Capital de la Provincia de Río Negro).


El Correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor: mgiammona2002@hotmail.com

Imágenes gentileza: Sr. Mariano Giammona.

Gracias por vuestras entregas que con gusto son publicadas en este sitio.

lunes, 22 de julio de 2013

DICCIONARIO DE LA INCULTURA por MARIANO GIAMMONA.

DICCIONARIO DE LA INCULTURA.

Corría el mes de julio y  partíamos con alegría a gozar de nuestras   vacaciones de invierno.
Mientras conducía, mi señora buscaba música en la radio. 
En el asiento de atrás   charlaban animadamente mi hija menor con su  amiga,  y dormitaba  la mayor. Hacía mucho frío, pero la calefacción del auto hacía agradable el  viaje.

Para el medio día estábamos alojados en un pequeño hotelito frente al mar en Puerto Madryn.

Dormimos   arrullados por el sonido de las olas que rompían a pocos metros de nuestras camas. Habiendo desayunado con torta galesa, emprendimos viaje a Puerto Pirámides con la esperanza de avistar alguna ballena,  que por esa época del año se arrimaban  al golfo para aparearse en sus mansas y profundas aguas.

Rodeados por  turistas extranjeros,  todos subimos a una enorme lancha que estaba montada sobre un trailer con grandes cubiertas que se encontraba estacionado sobre la arena de la playa. Escuchando la voz del guía y  enfundados en los salvavidas, rojos unos y amarillos otros,  vimos como la embarcación  se movía tirada por un gran tractor que encaraba a las aguas resueltamente.. Así, sin mojarnos y en forma totalmente eficaz y segura ya flotábamos y  con el rugir de los potentes motores la nave comenzaba a  moverse.
Volvíamos por el camino de ripio de la meseta patagónica...
Después de más de dos horas de intensa aventura,  sin asustarnos habíamos visto pasar por debajo de la lancha a esas enormes moles de casi quince metros de largo y cuarenta toneladas de peso. Curioso,  un ejemplar de ballena hembra nos había mirado por varios minutos desde  no más de ochenta centímetros... Terminados los  comentarios emocionados, las niñas  pequeñas cambiaron de tema. Recordaban el viaje al campo de la semana anterior y  para entretenernos  comenzamos a hacer un glosario con las palabras que usaba el gaucho en sus charlas de todos los días. Entre todos lo titulamos:  “diccionario de la incultura”:   “montenegro”= perro guardián de policía; “gogo” = perro blanco grande para cazar chanchos; “pichiné” = perro muy chiquito que no sirve “pá” nada;  las risas se intercalaban  entre palabra y palabra mientras íbamos traduciendo  su extraño idioma.

Hacía  ya un mes del viaje. El paisano y yo mateábamos en la puerta del rancho. Aburridos,  decidimos ir hasta la isla que, aguas profundas por medio, se veía en la  margen opuesta  del río.  Arriesgados nos montamos en un largo y robusto tronco que flotaba  en la orilla, y con un palo como remo nos largamos a la correntada. Ninguno de los dos sabíamos nadar y tragamos mucha agua, cuando el tronco girando sobre si mismo nos despidió con fuerza como si fuera   una banana inflable tirada por una lancha. Como pudimos llegamos a la costa, agitados, temblando de frío y muy asustados  por cierto.

Comenzamos a gritar para llamar la atención de nuestro vecino, el isleño. Nadie respondía.. Poniendo mi mano como visera vi espantado que en la otra orilla estaba amarrado  su  bote.  El corazón se me estrujó…No podríamos volver!!!!!!   Llegamos a la casa del puestero,  la  cocina estaba sin llave, la pieza con candado.
 La vieja Chevrolet Apache reposaba bajo un tamarisco; las llaves puestas…; dentro un equipo de radio. Salvado el hombre –pensé-, con la radio pediríamos  auxilio… La decepción fue total…, la batería estaba descargada y no podríamos ni usar la radio ni poner en marcha la camioneta para cargarla.


Yo desesperado…, el paisano tranquilo….  Resueltamente buscó el cricket, levantó la camioneta desde atrás…,yo insistentemente preguntaba que hacía, el no respondía. Se fue derechito al galpón, volvió con un lazo trenzado. Levantó el capot, le puso un chorito de nafta al carburador y el resto del  bidón que traía lo echó al tanque de combustible.  Yo miraba…, puso el vehículo en tercera velocidad. Le  preguntaba y nada!!!…, el solo sonreía picarescamente. Enrolló el lazo en la rueda levantada, y como si estuviera arrancando una lancha jaló fuertemente de la cuerda, y OH sorpresa, la vieja Chevrolet se puso en marcha tosiendo fuertemente...
Desde entonces y con respeto, a nuestro glosario lo  llamamos simplemente  “palabras del campo”…

MARIANO GIAMMONA
rionegrino por adopción y sentimiento se radicó en la Ciudad de Villa Regina en el año 1.973 que la hizo propia. Reside en Viedma (Capital de la Provincia de Río Negro).

El Correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor: mgiammona2002@hotmail.com

lunes, 10 de junio de 2013

QUE NOCHE DE SUSTOS!!!! por Mariano Giammona.



QUE NOCHE DE SUSTOS!!!!
Era el último día del invierno del año 2010.  Todavía las temperaturas eran muy bajas.

 Haciendo una sobremesa con Eric estábamos en la cocina de la casa, frente al viejo galpón  del  lote uno,  -un verdadero desplayado de piedras, donde todavía remoloneaban algunas vacas buscando los terneros que habían partido para su venta en la feria de General Acha-.

Razonábamos que en pocos días mas la temperatura iba a ir subiendo, y eso hizo que se  acordara  de pedirme alguna riestra de ajos para colgarla en la entrada del rancho y así  ahuyentar a las víboras que con el calor empezarían a merodear en el patio.

Me vino a la memoria aquella tarde calurosa de hacía varios años cuando con el vasco Zubeldía, ya habiendo dormido la siesta,  cerramos la puerta de la habitación, dispuestos a tomarnos unos mates. Después de los primeros amargos, llegó desde los tamariscos el hermano de mi amigo pidiéndome  la jeringa para vacunar.
En la pieza…,  arriba del ropero…, le dije como al pasar….
Al instante  lanzó una exclamación, a la par que suavemente cerraba la puerta que acababa de abrir…
a la pucha ché!!! Hay una yarará en la punta de tu cama!!, -me dijo-,  mientras corría a buscar un palo con qué matarla.
  
Tuvimos suerte, porque por lo visto parece que dormimos juntos la siesta, le dije a Eric,  así que cuidate, porque afuera en su época andan muchas y se arriman a la casa.

Se hicieron como las once y nos fuimos a dormir. Yo, no encontrando ninguna botella vacía de esas de plástico, llené con agua una especie de hielera  redonda de grueso acero inoxidable que usábamos en la mesa para preparar vino “estirado”, y la acomodé al costado de la cama, junto al reloj y  los zapatos.

Como a las dos de la mañana, me dio mucha sed la panceta salada de  jabalí que habíamos comido, y alargando  el brazo en busca del agua,  me vino a la mente la historia de la víbora. No sé si fue sugestión  producto de la charla, pero recogí la mano, porque intuía que había una serpiente bebiendo agua en mi jarro.
Me bajé por la punta de la cama y  fui cauteloso hasta la perilla de la luz.
No pasa nada –me dije-, es solo un pensamiento tonto razoné!.
Encendí la luz, y allí, a no más de metro y medio, estaba ella… mirándome fijo con sus ojos que parecían dos luces dicroicas. Su panza apoyada en el borde del jarro, su cabeza erguida.

Corrí a oscuras hacia el resplandor de la estufa en busca de un leño.

Rápido como un rayo le tiré un brutal  palazo,  que con mala suerte erró a la serpiente y pegó en la hielera  haciendo un  fuerte estruendo…
EL RUIDO ME DESPERTÓ…
Tembloroso me dí vuelta con bronca y estiré el brazo hacia el lado vacío de mi cama de dos plazas…
el corazón se me paralizó cuando toqué  aquella cosa dura y rugosa…, pensando que era la cabeza  del reptil,…

Respiré tranquilo recién  cuando me di cuenta que solo era el inofensivo corcho de la damajuana que había puesto entre las sábanas para espantar a los calambres…

Mariano Giammona: nacido en la Ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, Argentina es Contado Público, Lic. en Economía y Doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad de La Plata. Es un rionegrino por adopción y sentimiento que se radicó en la Ciudad de Villa Regina en el año 1973 que la hizo propia. Desde 1996 reside en Viedma (Capital de la Provincia de Río Negro).
Ahora dedicado a escribir. Descendiente de familia de  inmigrantes sicilianos escribió un libro "La sirena del Vapor" que es la historia de  los inmigrantes,  del desarraigo y cultura con un aporte de vivencias personales e incursionó en los cuentos cortos que me encantan y es un gusto compartir en RINCÓN BARDA SUREÑA y agradecerle la gentileza de vuestros envíos para publicarlos. 
El Correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor: mgiammona2002@hotmail.com

sábado, 8 de diciembre de 2012

DESDE CHACABUCO. Escribe Mariano Giammona.

Ahora le toca el turno,  en RINCÓN BARDA SUREÑA, al Escritor Patagónico Mariano Giammona que muy gentil me acercó este relato con humor, que a él le gusta y mí tambien y es para diafrutar hasta el final.
 

DESDE CHACABUCO

 

Papá era un loco por la caza. Primero fue la pesca, pasión que nunca perdió. Después, una vez ya instalado en Argentina, comenzó con su primo Héctor a incursionar primero con un riflecito del catorce, tirándole a algunas liebres. Más tarde, y en cuanto pudo juntar los primeros pesos, se consiguió una Bayard de dos caños del calibre dieciséis.

 

Las liebres las cambió por las perdices, y  a estas les disparaba siempre al vuelo… usaba munición siete y jamás el gatillo trasero, siempre un solo tiro y por el cañón derecho. De esto había pasado ya como treinta años y sus compinches de caza fueron sus grandes amigos: Tito Cantoni, su hermano Ángel, y Héctor por supuesto. Las perdices coloradas, codiciado tiro para cualquier cazador, eran bastante escasas… sólo una o dos en una jornada de caminata, -y entre todos con suerte-

 

Dále gringo, … animate… le decía Osvaldo, -el hijo de la tía Rosalía-, que por ese entonces se estaba “estrenando” como médico rural en Villa Valeria al sur de Córdoba.

Era el comentario de toda la familia… pobre muchacho… que le abra agarrado que se fue a ese desierto?, y más siendo médico que acá puede trabajar lo más bien!, -comentaban las tías más viejas-. Lo cierto es que Osvaldo estaba feliz con su Villa Valeria, pueblito con muy poquitos habitantes…, todos conocidos,…todos amigos…

 

Tanto insistió Osvaldo que Rosario a su vez convenció a Héctor, y yo enterándome, a mi vez convencí al viejo que me llevara.

 

Primero tocó con la parte frontal de su dedo índice al negro aparato telefónico para ver si le daba corriente, … después esperó pacientemente que la operadora lo atendiera.

Como a los cinco minutos escuchó una voz… “Central Paz, operadora uno cuatro, buen día…”  Señorita por favor me da la demora con Villa Valeria-Córdoba… “En diez minutos lo llamo y le doy el tiempo de espera, su número por favor…?. Paz uno cero nueve nueve –dijo el viejo-

Como a los veinte minutos sonó el  teléfono y ya lo tomó con un trapo por las dudas. “Señor la demora es de una hora cincuenta, pero usted quédese atento porque no creo que salga para antes de dos horas y media. ¿con que número lo comunico?... Villa Valeria 7 dijo Rosario-, gracias.

 

Como a las tres horas sonó el ring ring, y corrió el viejo pidiendo silencio a todos. “Hola Doctorazo, como estas?, si,… y decidimos con Héctor y mi hijo mayor partir a conocer tu tierra y cazar algunas coloradas…, decime como hago?... ahhh, son novecientos kilómetros?, … y Con el Ferrocarril San Martín decís?... donde me bajo???  Y cuantas horas son?   Los cartuchos los llevo de acá, que munición ?... Ahh… y la tía? Pasámela. ¿Cómo que estas en el Club, si yo pedí a tu casa?... Ahhh,  –la telefonista local, que conocía todos los chusmeríos, eficiente pasó la comunicación a Osvaldo sabiendo que estaba jugando a las cartas-

 

Llegó el viernes y comenzamos a ordenar el equipaje. Las valijas eran monstruosamente grandes, porque en ellas, aparte de toda la ropa de invierno, teníamos que acomodar los cañones de las escopetas, sus culatas y siete u ocho cajas de cartuchos. Una vez cerradas pesaban tanto y estaban tan llenas, que debimos abrocharle un cinturón a cada una para reforzarlas y que no reventaran.

 

A las seis de la mañana del sábado, uno en cada taxi nos juntamos con Héctor en la esquina de 1 y diagonal 80 para tomar el tren hacia Constitución.

 

Llevá la valija  del tío por favor, me pidió mi padre, -menos mal que con la mía hacía contrapeso, porque entre las dos pesaban una locura-. El viejo se hizo cargo de la suya y el tío, desentendiéndose desde ese momento, fue al quiosco a comprar el Diario.

 

Respiré tranquilo solo una vez que estuvimos en el tren definitivo que abordamos en Retiro en la estación del San Martín…, mientras tanto en Constitución, en el Subte, y en la Plaza de los Ingleses, las valijas me hicieron deslomar.

 

Era un camarote de clase pulmann, con capacidad para seis pasajeros. Nosotros éramos tres, así que hicimos nuestra vida, jugando a las cartas o escuchando la radio portátil que teníamos como novedad en esos tiempos. Solamente yo no me había puesto corbata, los viejos eran unos dandys: camisa blanca, corbata nudo corazón, bigotes recortados, zapatos lustrados y pelo engominado. Para completar su figura, Héctor tenía un lindo sombrero y el cigarrillo encendido en su mano derecha.

¿a quien se le ocurriría revisarnos las valijas con esa pinta?

 

Todo bien hasta Chacabuco. Allí subieron tres señoras sobriamente vestidas, y se terminó la fiesta debiendo guardar todos silenciosa compostura. Apagamos la Spica y el tío – dueño de una seriedad absoluta, pero que escondía una picardía dotada de un humor elegante, me dijo secretamente al oído…”desde ahora vamos a viajar de gallo”, … y se bajó el sombrero intentando dormitar-

 

Yo veía que Héctor estaba incómodo…, miraba de reojo a las señoras y cada tanto salía al pasillo volviendo al poco rato. Papá leía el diario o hacía palabras cruzadas, … yo, nada.

 

Pasaron las horas y llegamos puntuales a Justo Daract, …-solamente por Villa Valeria pasaban las formaciones de carga-. Esa estación era la convenida con Osvaldo para que nos recogiera.
 

 

Asomándome de la ventanilla, allá abajo era un mundo de gente. Después me vine a enterar… todas las chicas del pueblo aprovechaban el paso de la formación para hacer del andén un lugar de encuentro social.  Todas hermosamente vestidas y perfumadas  iban a pasear al costado del tren confundiéndose entre los pasajeros. Tomadas del brazo, en grupos de dos o tres, caminaban de norte a sur, mientras los hombres lo hacían de sur a norte, cruzándose en su recorrido. Una vez llegados cada grupo al final del andén, daban la vuelta y hacían el camino inverso.

 

Obvio que el tío se desentendió de las valijas. Yo las bajé y apoyándolas en el piso quedamos a la espera de Osvaldo. Allá a lo lejos lo vi. Haciéndome el tonto, avancé hacia él resueltamente con la esperanza que Héctor se hiciera cargo de las maletas.

No me equivoqué… el tío les echó mano…, claro nunca había tomado su peso porque nunca las había cargado…, las asió fuertemente de las manijas y haciendo fuerza para levantarlas lo hizo… Justo habían terminado de pasar dos señoras elegantes, que estando un paso delante de él se dieron vuelta bruscamente mirándolo con mala cara.

 

El tío, con su mejor humor disimulado bajo su seriedad de señorito inglés, les dijo con voz grave y clara…”disculpen señoras…, pero lo venía amasando desde Chacabuco…”

El correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor Mariano Giammona: mgiammona2002@hotmail.com



 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

MESA SERVIDA de MARIANO GIAMMONA.


VA OTRO CUENTO IMPERDIBLE DEL ESCRITOR PATAGÓNICO DON MARIANO GIAMMONA PARA USTEDES. ¡QUE LO DISFRUTEN!



MESA SERVIDA.

Eran Los últimos días de agosto del año 1989.

La helada que había caído en las horas previas a la salida del sol ya se había levantado y estaba el piso muy húmedo a causa de ella, pero en compensación la jornada se presentaba espléndida con el cielo totalmente despejado y una temperatura  realmente agradable para esa época del año tan  cercana a la primavera.

El puestero parece que se había levantado “alunado” porque pocas palabras decía, y recién después de almuerzo dio rienda suelta a sus charlas.

Hace unos veinte días atrás, después que vos te fuiste, -comentó-, seguí a un puma con los perros…; lo  “empacaron” como a una legua de aquí.

Aja…y? lo mataste? –pregunté-.

No, comentó orgulloso… lo agarré vivo. Suerte, viste porque me lo pagan como seiscientos o setecientos dólares.

Y quien ché? Y para que lo quieren, si es que se puede saber?, Porque eso está prohibido, no se si estás enterado?

Lo quieren  para un coto de caza cerca de Santa Rosa –contestó suelto de cuerpo-.

Contame  como hiciste y como hacen ellos para llevarlo y para que no se les escape en el coto?  –curioso seguí indagando-.

Bueno, mirá es fácil. Yo tenía el cuchillo, el revólver, el lazo de cuatro,  uno trenzado  y varias piolitas que siempre las tengo a manos por las dudas. El bicharraco estaba en un limpio y se prestaba para que pudiera enlazarlo, así que me animé. Quedó enlazado del cogote y amarrado a un piquillín, después con el otro lazo de las patas lo dejé como cuerda de guitarra. Le puse la inyección y me lo cargue al hombro para llevarlo cerca de una picada y  dejarlo atado con el collar y la cadena para enseñarle a comer. Hasta allí lo mío –dijo-.

Pará, pará, -lo interrumpí-, de que inyección me hablas y que es eso de “enseñarle” a comer, mirá si no va a saber el pobre animal!!

Nada de “pobre” que bastante daño hace, que si te descuidás se le anima hasta a las vacas.  A comer hay que enseñarle, porque el solo come lo que caza, y más si te ve que se lo arrimás vos. Yo le tiro alguna martineta viva, o algún piche, sea con el ala o una pata quebrada para que el se los cace y así toma confianza…, cuando se acostumbra ya no hay problemas. La inyección es ésta –me mostró-, sacando de una riñonera una jeringa sin aguja  cargada con un líquido amarillento. Es un somnífero, lo pones y en cinco minutos te lo cargas al hombro –sonreía-.

Los del coto te avisan y lo vienen a buscar, es así no? – inquieto yo quería saber-.

No, esos ni aparecen, hay mucha gente involucrada en esto. Viene  un tipo que lo lleva disimuladamente en auto.

Como en auto?, en camioneta dirás…

No en auto, y en uno último modelo para no llamar la atención...

Y ??, dále seguí, no me dejes con la intriga.

Bueno, te cuento de un tiro, porque sino me vas a volver loco: el más corajudo lo lleva en la parte de atrás entre los dos asientos en el piso, tapado con una manta. Obvio le ponemos una dosis reforzada del somnífero antes de salir, el ya tiene el tiempo calculado y si ve que empieza a moverse o a runruniar, le pone algún centímetro más y listo; el otro que sabe venir no se anima,  y trae una jaula en la que lo metemos cabeza abajo tomándolo de las patas, después se pone sobre el asiento y siempre va tapado por la manta.

Ya en el coto, lo atan,  pero con dos cadenas,  una a cada lado que las dejan flojas así puede moverse algún metro para adelante y para atrás. Allí le dan de comer capón o alguna  oveja vieja…, agua no le dan. Cuando calculan que tiene mucha sed, lo toman –por lados opuestos-,  uno de cada cadena  y lo llevan medio a la rastra hasta el tajamar que no está muy lejos  y lo dejan  tomar. Después ya se acostumbra y no hace falta arrastrarlo.   Muchos días antes que llegue el héroe, que se supone es el cazador que llega del exterior, le avisan al campo los de Buenos Aires, y los puesteros dejan de darle de comer. Para esto ya el tipo sabe de memoria el camino al charco.

El extranjero que los contrató, llega a Buenos Aires…, los están esperando un señor y una señorita elegantemente vestidos y perfumados. Ya en  el hotel cinco estrellas, la chica se queda para ponerlo en órbita sobre la Ciudad, obviamente se hace la simpática -o la sensual –como quieras…, 

en la habitación  se descuenta que hay dos botellas de champagne bien helado en un balde de plata!!.

Una vez descansado, a los dos o tres días lo embarcan en Aeroparque, la chica lo despide antes de hacer el check in, y en una hora lo reciben en Santa Rosa en una flamante 4x4 con destino a la Estancia.

La primer noche lo hacen apostar y por supuesto después de cuatro o cinco horas y muy muerto de frío, lo llevan a dormir.

Si no bajó anoche, seguro hoy va a ser el día, vamos a ir temprano apenas anochezca, -comentaban en la mesa-.

Hacía ya muchos días que estando avisados, los paisanos le habían dado medio capón que previamente habían puesto en sal desde hacía una semana. Agua ni por asomo...

En esa segunda noche, y ya con los ojos entrecerrados por el sueño, el “cazador” ve acercarse suavemente al “león”, quien despojado de las cadenas y el collar sabía de memoria el camino a recorrer para apagar su sed… El “gringo” se volvía pensando que era un campeón!!

Bueno… vamos a verlo –propuse-.

 Como a media legua de la casa, tenía al animal atado con una gruesa cadena de no más de  dos metros. Unas pocas plumas desparramadas denunciaban que su última comida habían sido martinetas. Su tacho para el agua estaba vacío. Fuera de su alcance y parado contra un matasebo estaba apoyado  un palo como de tres metros de largo con una lata de duraznos vacía atada en su punta, y a su lado un bidón con unos quince litros con  agua. –seguro era para llenar el tacho sin peligro, razoné-.

El bicho tranquilo, como acostumbrado a las visitas, y el gaucho nervioso me apuró para que nos fuéramos. Viste, comentó… tiene que quedar salvaje y no estar mucho tiempo con cristianos.

Esa noche, cuando salí a hacer el pis previo a la acostada, vi a lo lejos hacia el lado donde estaba el puma, un gran resplandor. Fuego no era, se veía como si fuera una luz muy blanca.

Me alcanzó el Mauser, y el llevaba en la mano el revólver 38. Te animás? –preguntó-. 

Mirá que me iba a achicar, pero por las dudas iba atrás de él.

Dale, seguime sin hacer ruido y vamos a “pata”, así no hacemos ruido con la “chata”.

Nos asomamos entre las ramas de los piquillines y vimos  una mesa de madera en el “desplayado” que había hecho el puma de tanto dar vueltas alrededor del hierro que         estaba clavado en la tierra para sujetar su cadena. Un círculo de unos dos metros estaba perfectamente limpio de pasto y maleza. Casi ocupando todo el  perímetro y hacia el norte había una mesa, …el “león” estaba acurrucado hacia el lado sur del redondel. Seguro nos sintió, y más vale que nos “venteó”, pero ni nos miró... Su vista estaba fija en la mesa que no estaba más que a medio metro de su cabeza. Estaba como aterrado, …nosotros también. Despacito retrocedimos y sin soltar las armas volvimos en silencio hacia la casa.

Nos quedamos como dos horas tomando ginebra para juntar coraje y acostarnos. Mientras tanto lentamente empezaron los comentarios.

Viste, -me dijo-,  que tenía un  mantel blanco, y que había platos,  cubiertos,  comida y vasos?

Si,  y hasta platos de postre con sus  cucharas,  agregué, solo que no había vino, yo solo vi una jarra con agua. Y el gato…, viste el susto que tenía?

Si, y notaste que en la mesa había un pollo y el bicho podría haber llegado y no lo comió?, y a nosotros ni nos miró,… parecía que le tenía más miedo a la mesa…¿quien pudo poner la mesa con el puma al lado…, y las sillas… y la comida que parecía estar caliente?..., y esa luz que no se sabía de donde venía? , y todo esto en el medio del monte!!

En fin ché… vamos a dormir que mañana de día vamos en camioneta, para hacer ruido para  que si hay alguno se espante y no nos joda.

Cuando estuvo alto el sol, cada uno tomó el arma que había dejado al lado de la cama y salimos en la vieja peugeot. En el camino se nos cruzó un avestruz pero a ninguno se le ocurrió tirarle, -había que  ahorrar balas por las dudas-.

Esta vez si que nos miró la bestia. Parecía estar bastante nervioso.

La mesa no estaba, las sillas tampoco, rastros no había ni de quien la puso ni de quien la sacó, tampoco había marcas dejadas por la mesa y las sillas. Solo pisadas del león, pero del día anterior, porque ese día se notaba clarito que el animal no se había salido del pedacito donde se había refugiado en el lado sur.

Pasaron veintidós años. Nunca se me ocurrió contarlo. Mucho menos escribirlo. Hace dos días, me corrí a Patagones a la casa de mi amigo Lucho que me esta dando una mano con alguna foto para este libro. Salió la charla y le conté.

Nunca escuché nada parecido, -le dije-. No vayas a creer, -respondió-, aquí cerquita en el cementerio pasó varias veces…, sin ir mas lejos te puede contar la señora que vende flores en la puerta.

Me irá a contar?, o me sacará corriendo?

Yo creo que sí, andá y probá.

Ayer, como a las once, como un solo hombre me apersoné en el kiosquito que tiene la señora.

Bueno… el asunto, parece que fue cierto, por lo menos ella así lo asegura…,   la vió a la mesa…, fueron tres veces… en distintos lugares del cementerio, pero la primera vez solo a cinco o seis metros de su negocio. Fue en los años 2006, 2007 y 2008. Era una mesa, servida para tres comensales, con mantel blanco, vino, pollo y un muñeco negro, con moño rojo. Los perros que tiene la señora no tocaron el pollo servido. Nada desaparecía como en el campo, porque los empleados del cementerio quemaban todo al otro día. Rastros no había, pero para la señora alguien se entretenía en ponerla.

Y  le digo más, -agregó-, en cada uno de esos años en que apareció la mesa, se me acercaron al kiosco, en tres oportunidades,  tres personas que llegaban en un auto lujoso muy moderno, vestidos con un tul blanco, y con una especie de corona en la cabeza, que me compraron cada vez tres crisantemos que querían llevar a la Capilla del Cementerio.  Era  evidente que   estaba relacionando las  visitas con el tema de la mesa.

Ya me estaba animando a escribir sobre el tema, pero antes me dije ¿para que está Google?, ese si que sabe todo…!!, y resueltamente encaré a mi computadora y a Internet.

Fuera de las leyendas y las historias de buques fantasmas, el buscador reporta dos casos muy concretos, reales y documentados

El bergantín Mary Celeste  (originalmente botado con el nombre “Amazon”) partió el 7 de noviembre de 1872 desde Nueva York, con destino a Génova.

Mary Celeste

La última anotación del libro de a bordo fue el 25 de noviembre y decía que estaban  a tres kilómetros de la punta Este de la isla St Mary. El cinco de diciembre a las tres de la tarde, el capitán del buque Dei Gratia (que  había divisado al Mary Celeste cerca de Gibraltar,  y creía que estaba en problemas), llama tres veces ofreciendo ayuda. Al no obtener respuesta, envía a tres tripulantes para abordarlo. Estos marineros, encuentran al buque en perfectas condiciones, sin ningún tripulante,  con la mesa servida y sobre ella una taza de café todavía humeante. Tres personas pusieron en orden al buque abandonado y las mismas tres lo condujeron hasta Génova, llegando un día después que amarrara el Dei Gratia en el mismo puerto.

El segundo testimonio, da cuenta que el día 24 de abril de 2007 el  yate de lujo Kazz II de 12 metros  de eslora,

Kazz II

fue encontrado a la deriva, en alta mar en Australia, en perfectas condiciones, con sus velas desplegadas, su motor encendido y sus tres salvavidas sin usar. En la cubierta, la mesa estaba servida, y eran tres los tripulantes, los que nunca pudieron ser hallados, pese a haber sido buscados por barcos privados, diez aviones y dos helicópteros de la Autoridad  Australiana de Seguridad marítima. Hoy ya hace cuatro años y como dice Google…ni noticias…

Fijate como se repite el número tres…. Creo que podemos descartar –como alguien me dijo-, que esas “son cosas de campo”, porque el campo queda bastante lejos de Gibraltar, y ni te cuento lo lejos que está de  Australia.

Por qué será  que se repite sistemáticamente el número tres?

Que  cada uno saque sus propias conclusiones o que cada quien quede con su intriga, pero no sea que vayan a pensar en brujas,… porque las brujas no existen, pero que las hay, … las hay.!!!!!


El correo electrónico para quienes desean contactarse con el autor Mariano Giammona: mgiammona2002@hotmail.com