ALMAFUERTE: Nacido en 1854 en una familia humilde.
Poeta, preceptor, periodista polémico y apasionado, maestro rural.
Por no poseer título habilitante debió dejar la docencia, hecho que lo llevó a la depresión. Logró un empleo en la Cámara de Diputados de Buenos Aires, para luego ser bibliotecario y traductor de la Dirección General de Estadística.
El Congreso le otorgó una pensión vitalicia para que se pudiera dedicar de lleno a su actividad como poeta. Sin embargo no pudo gozar de ella; el 28 de febrero de 1917 falleció en La Plata, a los 62 años, sumido en una extrema pobreza.
I Sueltos van sus cabellos. En guedejas Por su busto encorvado se derraman Como velo de angustias o sombría Melena de león. Adusta, pálida, Desencajado el rostro: la vergüenza no tiene la pupila más opaca, Ni la faz de Jesús, al beso infame, Se contrajo más rígida. Adelanta Con medroso ademán... ¡Oh! ¡La ignominia Con paso triunfador nunca se arrastra! La voraz invasión de lo pequeño No hiere como el rayo, pero amansa! Cuando el alma inmortal cae de rodillas La materia mortal cae deshojada! La caída, más honda es la caída Que nos pone a merced de la canalla, De lo ruin, de lo innoble, de lo fofo Que flota sobre el mar como resaca, Corno fétido gas en el vacío, Cual chusma vil, sobre la especie humana.
II
Yo la siento gemir, y sus gemidos - Resonante, recóndita cascada - En mi cerebro entumecido se hunden, Y allí, en mitad de las tinieblas, cantan, Con el santo fervor de los que piensan Ablandar a su dios con sus plegarias, Con el grave compás de los que lloran Y al son de los sollozos se acompañan, Con el hondo plañir de los que yacen Más allá de la luz y la esperanza... Yo la siento gemir, y sus gemidos, Saetas del pesar, me despedazan, Reproches del deber, me paralizan, Pregones de vergüenza, me anonadan! Yo la siento gemir, y sus gemidos Sobre mi frágil corazón, estallan Como todos los vientos de la tierra Soplando, sin cesar, sobre una rama, Como toda la fuerza de los orbes Gravitando, a la vez, sobre una espalda. Como todo el dolor del universo Que en una sola vida se agolpara, Como toda la sombra de los siglos En una sola mente refugiada.
III
Yo la siento gemir, y me parece Que la bóveda azul se desencaja, Cual si fuera una ruina miserable Que Saturno esparciese con sus alas, Cual si fuera una cúpula proterva Que derrumbase Dios, bajo sus plantas... Yo la siento gemir, y el oceano Y la selva, y las cumbres y la pampa, Y la nube y el viento y las estrellas, Y todo lo insensible y sin entrañas, Me parece que sienten, me parece Que asumen voz y proporción humanas; Me parece que vienen y se postran Sobre la regia púrpura de mi alma, Y la súplica ardiente de las cosas En miserere trágico levantan.
IV
Yo la siento cruzar ante mis ojos Y es una estrella muerta la que pasa. Dejando en pos de su fulgor, la sombra, Porque en pos de su luz, reina la nada! Yo la siento cruzar ante mis ojos Y la pupila tras de sí me arranca, Cual si su imagen desgreñada y torva, En vez de su visión, fuese una garra! Yo la siento cruzar ante mis ojos En aterrante procesión fantástica, De biblias del deber que ya no enseñan, De apóstoles del bien que ya no hablan, De laureles de honor que ya no honran, De inspirados de Dios que ya no cantan, De púdicas estolas que envilecen, De patenas limpísimas que manchan, De eucarísticos panes que envenenan, De banderas celestes que se arrastran! Yo la siento cruzar... ¡Seres felices Que carecéis de luz en la mirada! ¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía Bajo la horrible sombra de mi patria!
V
¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas? ¿Qué? ¿No vuelves tus ojos y la salvas? ¿Qué? ¿No giras tu rostro y la contemplas? ¿Qué? ¿No extiendes tu mano y la levantas? Miras echar sobre su casto seno- ¡Que fue pulcro, Señor, como la nácar. Antes de que su rastro en él dejase La vil caricia de la gran canalla!- Miras echar sobre sus nobles hombros,- ¡Hombros que fueran los de Juno y Diana, Si el azote brutal del infortunio Su pulido marfil no flagelara! Miras echar sobre su cuerpo sacro,- ¡Tan sacro, sí, como tus hostias santas, Porque también tus hostias se mancillan Porque también tus hostias se profanan!- Miras echar sobre la patria nuestra,- Digo por fin, vibrante de arrogancia,- El hediondo capote del esbirro Que ha de ser su señor, si no le matas; ¿Y el rayo de tu enojo no descuelgas? ¿Tu flamígero brazo, no descargas? ¿Tu cielo fulgurante, no oscureces? ¿Y tus mundos atónitos no paras?
VI
¿Dónde estás, Jehová? ¿Desde que cumbre, Circundada de monstruos y de llamas; Desde qué abismo negro, impenetrable; Desde qué estrella errante y solitaria Ves su profanación y no fulminas? ¿Oyes la voz de tu poeta y callas? La voz de tu poeta que te siente, La voz de tu poeta que te aclama, La voz de tu poeta que te adora, En la noche en el día y en el alba, En el secreto foro de su pecho Y en el público altar de su palabra. ¿Dónde estás, Jehová, que así me dejas Buscarte ansioso por doquier, y callas? ¿Y callas como un ídolo sin lengua, Como un muñeco rígido sin alma, A quien supuso vida el fanatismo Y atribuyó justicia la ignorancia?
VII
¡Sí! La virtud, las leyes, el derecho La religión, la libertad, la patria, La tradición gloriosa de los pueblos, La consigna inviolable de las razas, Y todo lo que da calor y vida A ese artefacto rígido que llaman El universo tuyo, son apenas Un sueño, una mentira, una palabra; Una cosa que suena como un disco Chocando sobre el mármol de una escala; Una cosa que está como una piedra, Descendiendo veloz de una montaña: Una mancha que brilla, Una boca que grita y que no habla!
VIII
Y la doblez, la astucia, la codicia; La vileza del sable que amenaza; La insidia ruin que a la virtud deshonra Y a las turbas conturba y maniata; La evidencia del mal, su negro imperio, Sojuzgando las cosas y las almas, Cual si fuera la torpe levadura Que lleva la creación en sus entrañas, La genésica fuerza incontrastable, El fiat inicial del protoplasma,- Esos son la verdad, Dios de los pueblos, A cuyos pies la humanidad se arrastra Como van los rebaños trashumantes Hacia donde los vientos arrebatan, Los pluviales arroyos a los ríos, Y a las aguas del mar todas las aguas!
IX
Esos son la verdad, Dios providente, Que todo lo precaves y lo mandas, Arquitecto invisible, que dispones La orientación del pórtico y su fábrica, Poderoso caudillo que presides La instrucción del soldado y la batalla, Tragediante inmortal que verificas La negra intriga de tus propios dramas! Esos son la verdad Dios de justicia, A cuyo tribunal siempre se llama, Que has hecho del placer el ancho cauce Que conduce a la muerte o la nostalgia, Que has dejado indefensa a la gacela Armando al lobo de potentes garras, Que has dividido el mundo de los hombres. En los más, que padecen y trabajan, Y en los menos, que gozan y que cumplen La misión de guiar la recua humana, Y que más grandes son cuando más mienten, Y que más nobles son cuando más matan!... ¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas, Que así me dejas blasfemar y callas, Mi rebelión airada no sofrenas, Mi pequeñez pomposa no anonadas, Mi razón deleznable no enloqueces, Y esta lengua de arpía no me arrancas?
X Los que sabéis de amor -de amor excelso, Que recorre la arteria y la dilata, Que reside en el pecho y lo ennoblece, Que palpita en el ser y lo agiganta-; Los que sabéis de amor, nobles mancebos, Fuertes, briosos, púdicos, sin mancha, Que recién penetráis en el santuario De la fecunda pubertad sagrada; Vosotros, -Sí, vosotros ¡oh! mancebos De talante gentil y alma entusiasta, Que todavía honráis a vuestras madres, Circuyendo de besos y de lágrimas El augusto recinto de sus frentes, ¡La espléndida corona de sus canas! Volved los rostros a la reina ilustre Que prostituida por los viejos, pasa, Y si al poner los ojos en los suyos, Ojos de diosa que del polvo no alza, No sentís el dolor que a los varones Ante el dolor de la mujer ataca; Si al contemplar su seno desceñido, Seno de virgen que el rubor abrasa, No sentís el torrente de la sangre Que inunda el rostro en borbollón de grana; Si al escuchar sus ayes angustiosos, -Ayes de leona que en su jaula brama- No sentís una fuerza prodigiosa Que os empuja a la lucha y la venganza; ¡Arrancaos a puñados, de los rostros, Las mal nacidas juveniles barbas, Y dejad escoltar a vuestras novias La Sombra de la Patria!
Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, Argentina, 1854-La Plata, Argentina, 1917).
Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte) nació en San Justo, Provincia
de Buenos Aires, el 13 de mayo de 1854.
En La Plata, trabajó en la Cámara de Diputados bonaerense y
ejerció el periodismo en el diario Buenos Aires; posteriormente, llegó a
dirigir el diario El Pueblo.
A comienzos del siglo XX participa un poco de la actividad
política, pero a causa de su inestabilidad económica y de que es reacio a
aceptar un cargo político, ya que criticaba duramente a quienes vivían a
expensas de los impuestos de la gente, no lo hace con mucho entusiasmo.
Al final de su vida, el Congreso Nacional Argentino le
otorgó una pensión vitalicia para que se pudiera dedicar de lleno a su
actividad como poeta. Sin embargo no pudo gozar de ella; el 28 de febrero de
1917 falleció en La Plata (Buenos Aires), a la edad de 62 años.
Pedro B. Palacios, más conocido como Almafuerte nació en la
periferia de Buenos Aires en San Justo el 13 de mayo de 1854. Cargó una
infancia y una adolescencia difíciles. Su niñez fue marcada por la muerte de su
madre, doña Jacinta Rodríguez, y el abandono de su padre, Vicente Palacios. Con
solo cinco años quedó al cuidado de unos parientes una tía paterna en Buenos
Aires, que se ocupó de educarlo.
Residió en La Plata entre 1886 y 1889 y, luego, desde 1904
hasta su muerte, el 28 de febrero de 1917. Fue poeta, escritor, maestro rural
(aunque no contaba con título académico), profesor de dibujo y periodista. En
La Plata, trabajó en la Cámara de Diputados bonaerense y ejerció el periodismo
en el diario Buenos Aires; posteriormente, llegó a dirigir el diario El Pueblo.
Durante años ejerció la docencia, fue director de la escuela
de Mercedes y preceptor en Chacabuco, donde recibió a Domingo Faustino Sarmiento,
en 1884, con un notable discurso.
Su pobreza económica no le impedía dar albergue a otros
necesitados, sobre todo a niños sin techo. Así llegaron a su vida los hermanos
Gismano, a quienes Almafuerte adoptó, y que lo acompañaron hasta el día de su muerte.
Sus ingresos mejoraron desde 1913 en adelante, cuando leía
sus obras en el Odeón y en varios teatros del interior. La gente lo esperaba en
la calle con aplausos de reconocimiento al gran poeta Almafuerte.
Un año antes de su muerte, el Congreso le otorgó una pensión
vitalicia.
En una humilde casa de La Plata el 28 de febrero de 1917
fallece.