sábado, 22 de julio de 2017

Identidad - Daniel Viglietti.


¿Quién dijo artista?
Yo soy un hombre apenas
que ataca el miedo
en su garganta.


Un malherido
país caminante,
madera y aire,
uno ni héroe ni cobarde.


No el cantor como bandera,
ni más ni menos que un humano,
con el día y la noche aquí en el cuerpo,
contradicción que canta afirmaciones,
que duda siempre si anuncian
la derrota de lo nuevo.


¿Quién dijo grito?
Yo soy palabra tierna,
sobreviviente señal,
un pensamiento.


Otro que sigue
lo que tantos iniciaron,
uno que encontró
la sobrevida.


Y no quiere cantar siempre la muerte,
quiere cantar renacimientos
con los seres humanos en los poros,
contradicción cantarle a la alegría
con sangre en la memoria,
que duda siempre
si anuncian la derrota de lo nuevo.

viernes, 21 de julio de 2017

Anaclara - Daniel Viglietti.


Con un grafo
ella escribe en las paredes ”resistir”,
bufanda rojinegra por la espalda,
minifalda,
Anaclara.

Borra infancia
aprendiendo en bellas artes a crecer,
con pechos de rosales sin espinas,
agua marina,
Anaclara.

Es de agua
cuando el hijo se enamora de la sed
y si el niño le regala una amapola
llora sola,
Anaclara.

Nunca encuentra
porque busca siempre el modo de no hallar,
aunque sabe que lo nuevo se conquista,
anarquista,
Anaclara.

Si la hieren
de tan tierna tiene miedo de morir
y entonces pone espinas en las rosas,
temerosa,
Anaclara.

De mañana
va tejiendo los telares de la duda,
aún desnuda preguntándole al espejo
un consejo,
Anaclara.

Hospitales
que conocen la dulzura de sus manos,
los dolores con mirarla ya se olvidan,
fisiatría,
Anaclara.

Si el camino
Anaoscura siempre claro quieres ver,
nunca dejes,
Anaclara, tu locura compañera,
tu locura de palomas casi halcones,
tus pasiones,
Anaclara.

miércoles, 19 de julio de 2017

"Y te digo más...", de Roberto Fontanarrosa.

"Y te digo más...", de Roberto Fontanarrosa.
Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un árbol?

Pero el pobre Gordo casi la palma con esa historia... ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total. Pero en la lona lona, no tenía un mango partido por la mitad, lo habían despedido de la proveeduría donde laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda. Para colmo, se venían las fiestas y algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche.

El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa edad a los pendejos no les vas a andar explicando el fato del FMI, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y todas esas pelotudeces.
La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo. Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo.

Y resulta que en el barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la puerta para promocionar su negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che. Ahora, imaginate la escena, porque estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso río Paraná. El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar por los 120, porque es alto, grandote, Luis.

Y te digo que resultaba perfecto para Papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios. Pero tenés que tener en cuenta una cosa ineludible. Rosario... pleno verano... mediodía, un sol de la puta madre que lo reparió, algo así como 83 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela tipo felpa así de gruesa, así de gruesa no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y guantes.

¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre Gordo. ¿Viste que hay veces en que tipos hacen de Papá Noel pero sin guantes y hasta a veces sin barba, o pendejas jovencitas vestidas de colorado pero con polleritas cortonas, tipo minifaldas, y las gambas al aire así están más frescas?
Pero claro, el Gordo Luis era perfecto para hacer de Papá Noel y por eso se le ocurrió eso a esa vieja hija de puta. Porque lo vio al Gordo gordo y con esos cachetitos medio coloradones que tiene el tipo, el personaje, Santa Claus.

Hasta la voz media ronca tiene Luis... ¿viste que Papá Noel se ríe siempre con esa risa ronca? Jo, jo. Hasta eso tiene Luis, la voz ronca. Jo, jo, jo... Pero vuelvo al tema. Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda... y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo.

A los quince minutos, a los quince minutos te juro, el traje del Gordo ya no era colorado... ¿viste que esos trajes son colorado medio clarito? Bueno, era violeta, violeta era, por la transpiración a chorros que largaba el Gordo. Pero no un pedazo, alguna zona del traje, no. Ni tampoco era solamente debajo de los brazos o arriba de la zapán que es donde uno transpira más, no.

Era todo, completo, íntegro. Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las botas, por ejemplo. Me contaba después –porque todo esto me lo contó él mismo- que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate.

Te digo que era ya un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad, le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos. En eso, una vecina, una vieja de esas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión, que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al Gordo. O escuchó el griterío de los chicos y salió a ver que pasaba. Lo ve al Gordo y se apiada de él... ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete la vieja, una ladilla.

Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita ¿viste? Bajita, canosa con un rodete y aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo, che.
El Gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su trabajo pero, en definitiva, la acepta, lógicamente.

Además, los hijos de mil putas del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un vaso de agua al Gordo. ¡Ni un vaso de agua siquiera! Después hablan de los norteamericanos. Nosotros somos tan hijos de puta como ellos para explotar a la gente. Lo que pasaba también es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio. La vieja que contrató a Luis tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose las bolas debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables.

La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis “Aquí se lo dejo”, y ahí se lo deja.
Cuando el Gordo pudo zafar un poco del pendejerío, te imaginás que con ese calor llegó un momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó media jarra de un saque.
Pero resulta que no era limonada, boludo, no era limonada. Era vino blanco, vino blanco era.
La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a rolete y se lo había dejado ahí, con las mejores intenciones.

El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque. Y aparte, seamos sinceros, cuando ya se dio cuenta no pudo parar, no pudo parar. Te estoy hablando de un muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000 grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco. Fondo blanco.

Bueno, te imaginarás... te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda inmediata y espantosa, demencial. Una curda como para trescientas personas.
Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, para colmo, el Gordo no era un tipo que tomara mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino con la cena, nada más. Alguna copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones como el gin tonic, pero con mucha más agua tónica que otra cosa.

¡El pedo que se agarró ese muchacho, Dios querido, el pedo que se agarró! No te digo que empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes, ni nada de eso. Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de caramelos y chocolatines que eran para toda la tarde...
¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora eléctrica a un pendejo. Después le regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes, después siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas, etcétera...
Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo.
Y el empleado que se rascaba las bolas adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles o apolillando una siesta mientras esperaba la hora en que el patrón llegaba.

Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos en la puerta del negocio había un mundo de gente que venía de todas partes alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño, por la mamúa del Gordo.
La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a cantarle a Gardel.
En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un coche nuevo.
Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco, lógicamente se puso loco. Entró a gritar, a arrebatarles las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores portátiles, radios que la gente se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con los beneficiados.

Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió cagando aceite a ayudarlo al pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana, un patrullero que andaba de ronda.

En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que contaban los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaban que Papá Noel se las regalaba, el pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese quilombo.

Y bien dice el Martín Fierro que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo.

Además, ya había vuelto a transpirar como un litro del vino blanco, me imagino, se había aliviado un poco de la tranca, y comprendió la cagada que se había mandado. Pero te conté que es un tipo manso, un tipo tranquilo que no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a nadie. Supo que tenía la culpa, y entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola, se fue para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derechito viejo, solito, adentro del patrullero.

Afuera seguía el desbole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo.

El Gordo se fue al baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas de mierda de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado en un bolsito y salió de nuevo a la calle.

Cuando salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de los canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo. Claro, lo ve al Gordo, sin el traje colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, el pelo negro achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce.

No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino la conchuda de su esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde está?” me contaba el Gordo que preguntaba el pelado, que venía a los pedos con el policía. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que se había sacado.

Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el boludo, la cosa es que señaló hacia el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la calle todavía había un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio mundo reclamando facturas o recibos de compra.

Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso de última, el otro policía del patrullero que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el Gordo piensa: “Cagamos”.
Y el cana le pregunta “¿Ese bolso es suyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad, que sí, que era suyo.

Pero tuvo miedo de que el cana le hiciera más preguntas, o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No, lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso de mierda que después de todo a él no le servía para un carajo.
El Gordo se piró haciéndose el pelotudo, temeroso todavía de que alguien lo reconociese y lo mandara en cana cuando ya estaba a una cuadra.

Casi termina preso, el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni cómo se llamaba ni adónde vivía. Era un contrato basura, pero realmente basura el del pobre Gordo. Pero casi termina engayolado. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos de invierno, podés creer.
Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios.
Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún pesebre, Gordo. Por lo menos de Niño Dios te ponen en bolas en una cunita y te cagás de risa porque estás fresco.” Eso le decía yo, para joderlo.

“De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo –me decía el Gordo- De vaca”.
Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el rumiante emblemático de la pampa húmeda, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro... ¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Si mis pibes me vienen a pedir un alce de ésos les pongo tal voleo en el orto que aterrizan más allá de la Circunvalación del voleo que les pego, tenelo por seguro.

Ya bastante que el otro día les compré un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con esas pelotudeces inventadas por los yankis que se vayan a vivir a Cincinnati, pendejos colonizados de mierda. Que a mí no me dicen el Zurdo al pedo, me lo dicen por tener una formación doctrinaria... ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del capitalismo salvaje.


sábado, 15 de julio de 2017

EL TEMPANO - Adrián Abonizio.

A veces, cuando pienso que todo está perdido,

voy hacia una de las formas de la muerte,
me pego un tiro con una palabra
que alguna vez me fue tan transparente. 

Y en la ternura del agua que corre

te recuerdo en la llegada de unos trenes,
sales de los mares, curvas de los puertos,
con mujeres descalzas en el verde. 

Voy hacia el fuego como la mariposa,
y no hay rima que rime con vivir...
no te pares, no te mates, solo es una forma más de demorarse.

Y en las tardes tranquilas, cuando extraño todo,
pienso que todo no es lo que perdí;
una rosa de fe, aun a costa de perder, se pierde pero se gana.
La lucha es de igual a igual contra uno mismo,
¡y eso es ganar!
No te pares, no te mates, sólo es una forma más de demorarte.

Recuerdo la quietud de la tierra, la quietud estaba adentro;
se cree más en los milagros a la hora del entierro.
Ese hombre trabajó, ¿quién escribirá su historia?

La cal reseca, la viuda que sueña, los amigos que siguen igual,
la gloria en zapatillas, el florero vacío,
¿quién sabe si se puso a pensar; para qué vivo?
¡Vivo para no perder!.

Voy hacia el fuego como la mariposa,

y no hay rima que rime con vivir.
No se paren, no se maten, sólo es una forma más de demorarse. 
No se paren, no se maten, sólo es una forma más de demorarse,
sólo es una forma más de demorarse,
sólo es una forma más de demorarse

miércoles, 12 de julio de 2017

Poemas de Luis Negreti.

Poemas de Luis Negreti.

LA CANCIÓN DEL HOMBRE AGRADECIDO.
Porque me diste un alma melancólica y buena,
que a despecho de todo se mantuvo serena;
porque en mí florecieron con romántico empeño,
las fantásticas rosas del amor y el ensueño.
Porque amé a la belleza sobre toda otra cosa,
... en el verso, en el ave, la mujer y la rosa;
porque tuve el capricho de labrar mi fortuna
con la plata bruñida de la mágica luna.
Porque fue para todos mi cosecha de flores,
y la dicha gloriosa de mis horas mejores,
porque fui para todos como un beso de amor.
A despecho de todos mis acerbos dolores,
refundido en belleza, yo te alabo, Señor;
en el verso, en el ave, la mujer y la flor.

MI ANTIGUO BARRIO.
I
Ayer volvía a mi barrio después de casi un año,
y me embargó la pena de verla tan extraño.
En unos pocos meses: ¡Cuánto ha progresado!...
¡Tenemos luz eléctrica!. ¿Tenemos empedrado!...
Sin embargo, todo esto no me causa alegría,
y algo noto que falta de lo que antes tenía.
Los chicos ya no juegan en la calle como antes,
huyendo si veían llegar a los vigilantes.
El turco ya no tiene su boliche en la esquina,
ni en la casa de al lado vive ya mi vecina
aquella que a mis versos prestaba inspiración.
También la lavandera se ha mudado de casa,
y el mendigo andrajoso por la calle no pasa
apoyado en el puño de su grueso bastón.
II
¡Cómo ha cambiado todo!. Cualquiera pensaría
que al barrio le robaron el alma que tenía.
Tan sólo la modista parece haber quedado,
pero éste, como el barrio, también ha progresado.
Hoy lleva recortada su linda cabellera
y lleva sobre el brazo luciendo una pulsera,
pero alguien asegura que todos sus excesos
los paga con el falso dinero de sus besos.
Reniego de este barrio progresista y vacío,
porque ya no es el mismo, porque ya no es el mío,
porque ya no merece mi homenaje de amor.
Este barrio que fuera como un reino pequeño,
que aromó con sus rosas el rosal de mi ensueño
y alegró con sus trinos mi jilguero cantor.

POR LAS CALLES DEL PUEBLO.
Cuando todas las tardes
a pesar del invierno,
voy cruzando las calles
polvorosas del pueblo;
cierta gente murmura
de mi traje modesto,
de mi larga melena,
de mi negro pañuelo,
y las alas tan anchas
de mi viejo chambergo.
Y yo escucho que dicen
con desden altanero:
“Es un pobre muchacho
que le da por los versos,
que se pasa las noches,
componiendo sonetos,
que después aparecen
en los diarios del pueblo,
dedicados a una
que ni quiere leerlos”.
Yo prosigo con mi viaje
sin sentirme molesto
con el triste bagaje
de mis pobres ensueños,
y al pensar en mi crimen
de escribir malos versos,
de vestir como visto,
de pensar como pienso,
me da mucha tristeza
de pasear por el pueblo.

YO SOY UN HOMBRE BUENO.
Yo soy un hombre bueno, demasiado sencillo,
que tengo la desgracia de ser espiritual.
Y como de las cosas no me seduce el brillo
la gente me moteja de ser original.
Yo soy un hombre bueno, demasiado sincero,
que tengo para todos un afecto cordial,
y como escribo versos y no tengo dinero
vivo el sueño dorado del bohemio ideal.
El amor pocas veces ha charlado conmigo;
la amistad, sin embargo, me ha brindado su abrigo
y a su amparo he mirado florecer mi rosal.
En mi vida paria solo tengo un anhelo,
y es cuidar cada día con tiernísimo celo
que no crezcan en mi alma las ortigas del mal.

Poemas de Luis Negreti publicados en el sitio Junín - Facebook.

Fantástico este poeta Luis Negreti que por fortuna me acercara un vecino reginense y me hizo descubrir un mundo nuevo.
Ambrose Bierce (1842-1914) manifestaba: “No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos”.

martes, 11 de julio de 2017

Y yo me iré con él (El velorio) Tango de Daniel Giribaldi y Jorge Marziali.

Me moriré en Paris, o en el carajo
un día jueves o, si no, un domingo,
en el bulín que está, si no le chingo,
cerca del Rin, el Paraná o el Tajo.

Espicharé a la gurda y no me rajo:
quizás tendré una cacharpaya en gringo
y allí el Jorge y el John, el Paul y el Ringo
tocarán... si andan flojos de trabajo.

Será un velorio piola, tendrá gancho...
Alguien dirá:"Fue un punto divertido".
Alguien también me llorará a lo chancho.

Y alguien, que llegará sin hacer ruido,
silenciará a los Beatles, lo más pancho.
Y yo me iré con él. Con el Olvido.




El cantautor mendocino Jorge Marziali, que había cumplido 70 años el 19 de febrero último, falleció de un infarto en Cuba después de presentarse en el Festival del Caribe, mientras visitaba la tumba de Ernesto "Che" Guevara en el mausoleo que guarda los restos del revolucionario, en la ciudad de Santa Clara el sábado 8 de Julio. Marziali se encontraba en compañía de su mujer, Marita Londra, cantora entrerriana, y del actor cordobés José Luis Serrano (Doña Jovita).
El viernes, entre aplausos, había terminado su actuación en Santiago con su canción "El niño de la estrella", dedicada al “Che” Guevara, ante un público fervoroso y justamente falleció ante la tumba de uno de los principales líderes de la Revolución Cubana.
Con "El niño de la estrella", ganó el primer premio para el rubro "Canción" en el certamen organizado por la Federación Universitaria Argentina (FUA) y la Multisectorial de Apoyo a Cuba, sobre el tema "30 años de la muerte del Che Guevara".
Jorge Marziali empezó a andar camino en la música argentina desde mucho antes de su primer recordado disco "Como un gran viento que sopla", aparecido en el ´83. 

Marziali fue autor de obras como "Cebollita y huevo", "Los obreros de Morón", "Este Manuel que yo canto", "Coplas a la libertad", "El Cuchi musiqueador", "El niño de la estrella", "La Sixto violín", "Cuando Perón era Cangallo", "Así hablaba don Jauretche" entre muchas otras; muchos de esos temas fueron, algo así, como himnos que allá por los ’80 le pusieron letra y música a la apertura democrática y que con el tiempo se convirtieron en clásicos de peñas y guitarreadas. Abordó todos los géneros del folclore, rescatando ritmos menos difundidos como la refalosa o la polca.



Autor: Jorge Marziali
Intérprete: Hugo Scotto junto a Jorge Marziali, arreglos instrumentales Román Farias

lunes, 10 de julio de 2017

MI VENTANA QUE DA SOBRE LA VIDA de Luis B. Negreti.

MI VENTANA QUE DA SOBRE LA VIDA 
de Luis B. Negreti.
Estoy en mi ventana,
y desde aquí contemplo pasar la caravana,
la eterna caravana que va como perdida
por todos los trillados caminos de la vida.

pasan dos chiquilines,
muy sucios, desgreñados, sin blusa ni botines
y pienso ante las rosas de sus caritas mustias,
que son estas criaturas dos hijos de la angustia

un mendigo ha pasado, en un palo muy grueso,
fuertemente apoyado,
y con él ha golpeado vanamente una puerta.

como nadie ha salido
el mendigo andrajoso tristemente ha seguido
arrastrando sus huesos por la calle desierta

una pareja pasa,
y pienso en dos obreros que vuelven a su casa
después de haber vendido sus santas energías
por el santo mendrugo que prolonga sus días

y una mujer de luto,
que le rinde a la muerte su sagrado tributo
ha cruzado la calle con un paso muy lento
como si fuera presa de algún gran desaliento

después, una viejita
tan triste tan callada tan magra y menudita
que al verla solamente se oprime el corazón

y pienso con tristeza
que acaso en otro tiempo triunfó por su belleza
fue la inspiradora de más de una pasión.

una costurerita
De grandes ojos negros y negra melenita
ha pasado exhibiendo como un sello fatal
la tristeza imborrable de su anémico mal

y un muchacho muy  pálido
cuyos ojos brillaban sobre su rostro escuálido
cruzó ante mi ventana con aire fatalista
quizá era un poeta o acaso un anarquista

don ocho campanadas
las casas y las calles ya están iluminadas
y la noche desciende como un ave abatida

y cierro mi ventana
esta ventana mía, tan amplia y tan humana
que tiene la desgracia de dar sobre la vida.