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domingo, 18 de octubre de 2020

SEÑOR, TENÍAN MADRES de ANTONIO CAPONNETTO.-


 
El que cayó partido por esquirlas quemantes
de la anónima pólvora estallada a mansalva,
y se quedó sin rostro para ver el otoño,
sin las manos castrenses de los días tonantes:
 
Señor, tenía una madre que lo esperaba al alba.
 
El que olvidó el pellejo tajado por la furia
del insurrecto alzado en la calma de enero,
el que usó de mortaja su uniforme argentino
como el jefe imbatible de una antigua centuria:
 
Señor, tenía una madre que veló a su guerrero.
 
El que cruzó la selva tucumana a sablazo
cuando un tiro faccioso se le hundió en la osamenta,
la mirada nublosa por la sangre surgente
con la oración devota del postrimero plazo:
 
Señor, tenía una madre que aguantó la tormenta.
 
El que gritó en Formosa que nadie se rendía
enarbolando al tope la juvenil guapeza,
recibiendo la muerte de forajidas turbas
sin tiempo para el rezo de algún Avemaría:
 
Señor, tenía una madre que sufrió tal crudeza.
 
El que en tantos recodos del entresijo urbano
con crueldad y violencia trataron sus captores,
hasta extinguir sus huesos en lúgubres camastros
aunque el temple guardaba el valor del cristiano:
 
Señor, tenía una madre que alumbró con dolores
 
El que no delinquió ni mancilló su espada,
salvaguardando cruces,custodiando banderas,
en regimientos patrios,en las Islas Malvinas
para que lo aguardara una prisión sellada:
 
Señor, tenía una madre con su alma en las trincheras.
 
Guillermina con Gladys, Juan Eduardo tras Paula,
la pequeña María Cristina, toda infancia,
no alcanzaron el tiempo de la flor y la fruta
no más juego a la siesta ni más libro en el aula:
 
Señor, tenían madres que aún gimen la distancia.
 
¿No merecen acaso el respeto del luto,
el consuelo impetrante de una carta papal,
la misiva romana del sucesor de Pedro
la bendición solemne en señal de tributo?:
 
Señor, dales Tú mismo la certeza pascual.
 
Desagravia esta afrenta a las madres ausentes
de la historia, el recuerdo, la memoria o las plazas.
Nómbralas comensales de tu pan y tu mesa,
condecora sus pechos con tus llagas ardientes.
 
Señor,a todas ellas, yo sé que las abrazas.

miércoles, 20 de abril de 2011

SEMANA SANTA: JESÚS CAE POR CUARTA VEZ de Antonio Caponnetto.



LA SEMANA SANTA: ¿SEMANA
DE VACACIONES O DE LUTO?

El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque para nada hubiera servido la creación si no hubiera habido la salvación.
Cristo se hizo nuestro Cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar a la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su “Suma Teológica” (IIIª parte, 66, 4).
La Semana Santa es la Semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
La PASIÓN significa los sufrimientos y la muerte de Cristo en la Cruz. Pasión, Redención, Salvación y vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, la Cruz y la muerte de Cristo no hay salvación para ti, pecador ingrato.
Cristo acepta ser maltratado, para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.
Cristo acepta gustar la tremenda sed de la crucifixión; acepta gustar la muerte amarga de la Cruz, para que tú no gustes la sed eterna de Felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la Cruz para que tú no seas deshonrado y confundido en el día del Juicio Final.
Y tú, hijo ingrato, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los utilizas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?
Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, Semana de Luto, Semana de la Muerte del Hijo de Dios; tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.
El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo a tus hijos para que sean agradecidos con su Salvador.
La SANGRE que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Es Dios mismo Quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados” (Hebreos, 9, 22). Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados…” (Efesios, 1,7).
Sobre todo no digas que no has pecado y no necesitas del perdón. Si lo dijeras manifestarías tu gran ceguera e ignorancia. “Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», lo hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros” (I San Juan, 1, 8).
El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. Él se ofrece el Viernes Santo en Sacrificio propiciatorio por ti. Solo, mediante la Sangre de Cristo, puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la tiranía del demonio.
Y en estos días durante los cuales Cristo esta en los tormentos de la Cruz para merecerte la salvación, tú, pecador necesitado, te vas a la playa, a pasear, a divertirte, quizás a acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despiértate, hermano mío, despiértate de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa como católico verdadero!
Fragmento de un artículo del blog de Revista Cabildo, domingo 10 de abril de 2011.

POESÍA QUE PROMETE...

JESÚS CAE POR CUARTA VEZ

La tarde huele a sangre y a gemido,
arriba espera el monte abovedado,
más hondo que la huella del arado,
más seco que el ahogo de un latido.

Ya estaba terminado el recorrido,
pronto estaría todo consumado
pero advertiste el rostro de un pecado
venidero y final como un crujido.

La Nave quiebra un mástil, se te aparta,
¡Navega hacia alta mar!, le gritas mudo
y caíste la vez número cuarta.


Mañana sonarán repiqueteos
pero hoy, tu viernes desolado y rudo,
Aquí estamos, Señor, tus cireneos.

Antonio Caponnetto, escritor y poeta católico argentino, Siglo XXI