sábado, 4 de abril de 2026

UNIVERSO POESIA (XVIII). Este cuore - Julián Centeya y otros poemas en lunfardo. Yapa: Julián Centeya en Los Malditos.

UNIVERSO POESIA (XVIII). Este cuore - Julián Centeya y otros poemas en lunfardo. Yapa: Julián Centeya en Los Malditos.


JULIAN CENTEYA
"el maldito".

JULIAN CENTEYA de BUENOS AIRES.
Nombre real: Amleto Enrique Vergiati
Seudónimos: Julián Centeya y Enrique Alvarado.

(15 de octubre de 1910 - 26 de julio de 1974).



Poemas lunfardos.

Este cuore
Julián Centeya

Cuando me dieron este cuore,
creo que Dios debía andarla de apoliyo,
porque me tocó un cuore poligriyo
y es por su culpa que me verdugueo.

No me sirve siquiera como un pucho,
donde hay un llanto juega de pañuelo,
se regala de gil para el consuelo.
¡Una cheno me enloco y lo serrucho!

Tener un cuore así de qué me vale,
se me sale del pecho, se me sale,
si me lo mangan pa' un laburo 'e cuarta.

;Qué bagayo ligué en la repartija!
Con este cuore así era una fija
la llaga con el jopio que me ensarta.



La ví llegar
(1944)

La vi llegar...
¡Caricia de su mano breve!
La vi llegar...
¡Alondra que azotó la nieve!
Tu amor -pude decirle- se funde en el misterio
de un tango acariciante que gime por los dos.

Y el bandoneón
-¡rezongo amargo en el olvido!-
lloró su voz,
que se quebró en la densa bruma.
Y en la desesperanza,
tan cruel como ninguna,
la vi partir sin la palabra del adiós.

Era mi mundo de ilusión...
Lo supo el corazón,
que aún recuerda siempre su extravío?.
Era mi mundo de ilusión
y se perdió de mí,
sumándome en la sombra del dolor.
Hay un fantasma en la noche interminable.
Hay un fantasma que ronda en mi silencio.
Es el recuerdo de su voz,
latir de su canción,
la noche de su olvido y su rencor.

La vi llegar...
¡Murmullo de su paso leve!
La vi llegar...
¡Aurora que borró la nieve!
Perdido en la tiniebla, mi paso vacilante
la busca en mi terrible carnino de dolor.

Y el bandoneón
dice su nombre en su gemido,
con esa voz
que la llamó desde el olvido.
Y en este desencanto brutal que me condena
la vi partir, sin la palabra del adiós...



La Musa Mistonga
Julián Centeya
Yo canto en lunfa mi tristeza de hombre
y ando en la vida con mi musa rante.
Ella es así, maleva, yo atorrante,
camina a mi costao y tiene un nombre.
Nació conmigo allá en Boedo y Chiclana
y se hizo mansa en juego de palmera.
Nunca una bronca, siempre cadenera
vivo con ella muy de la banana.
Me fue como me fue y a ella lo mismo,
una vez el altiyo, otra el abismo,
conforme con lo que es, nunca rezonga.
Fratela con mi suerte la cinchamos.
¡Pasaos de media raya la llevamos!
Sos mi nami mejor Musa Mistonga.

Julian Centeya y Aníbal Troilo.
Yo
A León Benarós, troesma y gomía

Lo bato sin esparo, claramente,
con el chamuyo que me dio la yeca;
yo soy un cusifai que francamente,
como Discepolín, se hizo en el feca.

De contrapinta se me dio la peca,
con una mina que me puso chanta.
Me la llevó un balurdo. Era una seca.
Deliró por el centro y fue yiranta.

Qué querés, Benarós, que yo te diga;
no me queda del pan más que una miga,
y a contramano un pensamiento fijo.

En la última tela voy jugado
pero habré de salvarme, ya estufado:
una cheno cualunque me amasijo.



JULIAN CENTEYA Y "PASCUALITO" PÉREZ.

En la cortada de arena
con tango de Juan de Dios,
esa vida hechar mi buena,
cuanta en la noche serena.
En la cortada de arena
bailé ganando un amor.

Me llamo Julián Centeya
no se le vaya a olvidar.
Si quiere buscar mi huella,
la encontrará por Pompeya.
Me llamo Julián Centeya
pa' lo que guste mandar...

Noche de un tiempo
que ya no vuelve...
Viejos recuerdos
que voy cantando...
Amores hondos
que se me fueron...
Toda tu gloria
la estoy llorando.


La cana.

A la final, ya ves, saltó la bronca
el gil, que se avivó, la fue de esparo
de cruzada un botón lo chapó al monga
y me sirven a mí, si no me paro.

Yo siento que ese fato mishio y raro
de vos me aleja y es lo que más siento
la parlo poco, lo sabés, y claro
y amas te es rejunao mi sentimiento.

Tu breón te cayó en cana, negra amada,
la tasuer me empaqueta de zarpada
y espero una aliviada en la sentencia.

Batile al bepi, que me fui de viaje,
portame entre otras cosas algún traje.
Yo me la aguanto. Vos tené paciencia.



Julián Centeya en Los Malditos.

El 26 de julio de 1974, día en que se cumplían 32 años de la muerte de Roberto Arlt y 22 años de la muerte de Eva Perón, se nos fue para el barrio de donde no se vuelve el hombre gris de Buenos Aires Amleto Vergiatti mas conocido como Julián Centeya.
Había nacido en Italia, allá por 1910, en el pueblo de Borgotaro, en la provincia de Parma, la última ciudad -recordaba él- que se rindió al fascismo. Mi viejo -recuerda Julián- Carlos Vergiatti, era periodista; trabajaba en el diario socialista "Avanti", del cual era jefe de redacción Benito Mussolini, quien andaba en amores con una rusa Angélica Balavanof.
Después de la marcha sobre Roma, 1920, la represión se descargó sobre la izquierda en Italia y el exilio se ofreció como única posibilidad de subsistir. Mi viejo tuvo que venirse como refugiado político con mi vieja, mis dos hermanas, yo y un perro que llamábamos Pri Pri. Y al mentar a su viejo, Julián se amasija en el recuerdo, como reclamando la posibilidad de volver a verlo, siquiera un minuto, como antes.

Mi viejo
Quisiera amasijarme en la infinita
ternura de mi barrio de purrete
con un cielo cachuzo de bolita
y el milagro coleao del barrilete
Verlo a mi viejo
un tano laburante que la cinchó parejo, limpio y largo
y minga como yo
un atorrante
que la va de "sover"
y se hace el raro
Vino en "Conte Rosso
fue un espiro
tres hijos, la mujer, a más un perro
como un tungo tenáz cinchó de tiro
todo se lo aguantó: hasta el destierro
y aquí palmó
aquí yace adormecido
mi viejo, el pobre tano laburante
se las tomó una noche de descuido
y nos dejó un recuerdo lacerante
Qué mundo habrá encontrado en su apoliyo
si es que hay un mundo pa los que se piantan
quizás el cuore cuyo se hizo grillo
y su mano cordial es una planta.

Con el tano laburante y su familia llegó a la Argentina en 1922,cuando tenía 12 años. Primero intentaron suerte en San Francisco (Córdoba) donde el viejo "paraba la olla" trabajando la madera, enfrentando las dificultades siempre con alegría, con optimismo.

"El viejo carpintero fue mi gringo
grandote, bonachón, siempre polenta,"

pero, la miseria los cerca y los atrapa.

"Mi madre aguantiñó la mishiadura
ni una sola palabra
siempre chanta
el dolor le había puesto una dulzura
en los ojos tan claros de ternura
me daba pena verla siempre en yanta".

Ya no había lugar en la Argentina agraria para estos inmigrantes "de última" y bien pronto debieron instalarse en el conventillo de Buenos Aires, detrás de cuyo pintoresquismo - el patio con malvones, el farol alumbrando la milonga - escondían sus terribles rostros, la tuberculosis, la promiscuidad, el hambre.

"La vida fué pa ellos strafute
cinchar y mal vivir, duro programa
el destino jugó de farabute
y la miseria cruel se mandó el tute
Me vas a hablar a mi de cinerama"

Frustrado estudiante secundario, mandadero de comercio, jugador de fútbol, taquígrafo y mas que nada vagabundo, experto en el oficio de no hacer nada para encender los primeros versos:

Por el duro empedrado de Famatina al este
la novia quinceañera con cita de portón
y el corralón que tuvo la chatita celeste
y la luna de siempre plateando el paredón
Qué fue de la muchacha aquella que me amaba
Celina, aquella rubia, Celina se llamaba
su nombre era de cielo. Recuerdo que la amé.

Por entonces se hace hombre y poeta en el Boedo de fines de la década del 20.

"Yo lo trepé a Boedo
viniendo desde el fondo de Chiclana
y era muchacho
el Boedo legendario el de La Balear y El Aeroplano
el de Eufemio Pizarro y "la chancha" muerto de bala en la ancha vereda de la puerta del Biarritz
y mi junada de asombro entreveró a Gorki con Barleta
a Mario Mariani con Gustavo Riccio, a Chejov con Nicolás Olivari
cuando con dos monedas me compré "Versos de una...", que le editó Zamora a César Tiempo
Un Boedo con Una literatura de fábrica y de tango de gustaciones ácidas.

Un Boedo que enarbolaba una literatura molesta para los escritores bien comidos, para la gente sensata de las cátedras de Literatura, los editoriales y los diarios serios. A Julián, como a tantos otros, le salió al cruce la estructura cultural montada por la clase dominante.
El quería hablar del punga, del cafiolo, de la piba que lo encandiló (no morfo más que el pan de su sonrisa), de los chorros y los laburantes, dela musa mistonga y la musa de barro. No lo dejaron.
Quiso volar como poeta, y lo bajaron enseguida, arrinconándolo en una radio, en un diario, donde el alma se le iba a jirones y donde solo de vez en cuando podía enarbolar un verso.
Publicó, sin embargo, varios libros de poemas y una novela El Vaciadero. Pero lo mejor de él se desperdició en las charlas interminables de la madrugada,

"con luz de pucho y copa levantada
en el boliche aquel de la cortada
tan cordial y tan nuestro como el Queco".

Por eso fue desparejo como poeta. Por eso le faltó continuidad. Cómo la iba a tener luchando con las cédulas judiciales de desalojo, contra la guita que no alcanza

"en un mundo, pibe
donde para caminar hay que pisar al otro".

De ahí su desilusión y el alcohol, la amargura y ese himno a la frustración y al escepticismo que tituló como despedida con el nombre lunfardo de la muerte:

ATORRO
Encanutado en la última pilcha
negao a todo
piantado de mí
En la pinchada que da el atorro
como de nada
puesto en el forro
de un jonca e' pino me iré de aquí
Linda sbrufata la de mi vida
me puso chanta "mamá" miseria
si todo ha sido una piojería
no se dió una, siempre en la vía
pa mi cincharla fue cosa seria
Sobre mi llaga pasé la lengua
cuando la chanta se tomó el piro
y en la mentira de otra salvada
me jugué el todo, quedé sin nada
si es de milagro creé, que respiro
"No tuve un llanto que me llorara
y no habrá un llanto cuando finisca
"solari y rosi"
voy de zarpada
y cuando se haga, no habrá mancada
que otro baraje para esa brisca
Algún gomía de esos que quedan
rante y polenta como Barquina
batirá el justo de la pulpeta
y acaso cuente que fuí un poeta
dueño del mundo que da la esquina
y que no tuve más berretines
que los comunes
que fuí sencillo
hecho a ternura, solo en la yeca
con horizontes que me dio el feca
sin otra cosa que un cuore e' grillo
No quiero nada
no se escapelen
paz de lamentos
si me voy piola
En el finirla está la salvada
se va conmigo mi alma cansada
que hace diez siglos no quiere lolas.

Con estos versos pareció que bajaba definitivamente los brazos, derrotado por quienes odian a los gorriones, a los juglares, a los barrios de casitas chatas. Sin embargo, la bronca pudo más y empinándose sobre ella levantó un último insulto para quienes le envenenaron la vida y aún también para aquellos que por miedo o indiferencia resultaron cómplices

Habré de inventarme una puteada esdrújula
para arrojarla contra la vidriera del mundo
y contársela después a Cendrás y a Rimbaud
que tan mierdamente vivieron como yo
Claro que habré de inventarme una puteada esdrújula
porque yo me he desentendido de un Dios
que permitió que César Vallejo se muriera de hambre
la tarde de un día gris que contabilizaba sus piojos
Habré de inventarme una puteada esdrújula
Ud dese por invitado
Se lo merece .

Amleto Vergiatti. Para el pueblo: Julián Centeya "el hombre gris de Buenos Aires".

http://www.discepolo.org.ar/




martes, 31 de marzo de 2026

HABLO DE LA CIUDAD de OCTAVIO PAZ.


HABLO DE LA CIUDAD.
A Eliot Weinberger

    Novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día,
  convivida en calles, plazas, autobuses, taxis, cines, teatros, bares, hoteles, palomares, catacumbas,
    la ciudad enorme que cabe en un cuarto de tres metros cuadrados inacabable como una galaxia,
    la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
    la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos,
    la ciudad que despierta cada cien años y se mira en el espejo de una palabra y no se reconoce y otra vez se echa a dormir,
    la ciudad que brota de los párpados de la mujer que duerme a mi lado y se convierte,
    con sus monumentos y sus estatuas, sus historias y sus leyendas,
    en un manantial hecho de muchos ojos y cada ojo refleja el mismo paisaje detenido,
    antes de las escuelas y las prisiones, los alfabetos y los números, el altar y la ley:
    el río que es cuatro ríos, el huerto, el árbol, la Varona y el  Varón vestido de viento
    —volver, volver, ser otra vez arcilla, bañarse en esa luz, dormir bajo esas luminarias,
    flotar sobre las aguas del tiempo como la hoja llameante del arce que arrastra la corriente,
    volver, ¿estamos dormidos o despiertos?, estamos, nada más estamos, amanece, es temprano,
    estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en  otra, idéntica aunque sea distinta,
    hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de dos palabras: los otros,
    y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un nosotros, un yo a la deriva,
    hablo de la ciudad construida por los muertos, habitada por sus tercos fantasmas, regida por su despótica memoria,
    la ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie y que ahora me dicta estas palabras insomnes,
    hablo de las torres, los puentes, los subterráneos, los hangares, maravillas y desastres,
    El estado abstracto y sus policías concretos, sus pedagogos, sus carceleros, sus predicadores,
    las tiendas en donde hay de todo y gastamos todo y todo se vuelve humo,
    los mercados y sus pirámides de frutos, rotación de las cuatro estaciones, las reses en canal colgando de los garfios, las colinas de especias y las torres de frascos y conservas,
    todos los sabores y los colores, todos los olores y todas las materias, la marea de las voces —agua, metal, madera, barro—, el trajín, el regateo y el trapicheo desde el comienzo de los días,
    hablo de los edificios de cantería y de mármol, de cemento, vidrio, hierro, del gentío en los vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como el mercurio en los termómetros,
    de los bancos y sus consejos de administración, de las fábricas y sus gerentes, de los obreros y sus máquinas incestuosas,
    hablo del desfile inmemorial de la prostitución por calles largas como el deseo y como el aburrimiento,
    del ir y venir de los autos, espejo de nuestros afanes, quehaceres y pasiones (¿por qué, para qué, hacia dónde?),
    de los hospitales siempre repletos y en los que siempre morimos solos,
    hablo de la penumbra de ciertas iglesias y de las llamas titubeantes de los cirios en los altares,
    tímidas lenguas con las que los desamparados hablan con los santos y con las vírgenes en un lenguaje ardiente y entrecortado,
    hablo de la cena bajo la luz tuerta en la mesa coja y los platos desportillados,
    de las tribus inocentes que acampan en los baldíos con sus mujeres y sus hijos, sus animales y sus espectros,
    de las ratas en el albañal y de los gorriones valientes que anidan en los alambres, en las cornisas y en los árboles martirizados,
    de los gatos contemplativos y de sus novelas libertinas a la luz de la luna, diosa cruel de las azoteas,
    de los perros errabundos, que son nuestros franciscanos y nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos del sol,
    hablo del anacoreta y de la fraternidad de los libertarios, de la conjura de los justicieros y de la banda de los ladrones,
    de la conspiración de los iguales y de la sociedad de amigos del Crimen, del club de los suicidas y de Jack el Destripador,
    del Amigo de los Hombres, afilador de la guillotina, y de César, Delicia del Género Humano,
    hablo del barrio paralítico, el muro llagado, la fuente seca, la estatua pintarrajeada,
    hablo de los basureros del tamaño de una montaña y del sol taciturno que se filtra en el polumo,
    de los vidrios rotos y del desierto de chatarra, del crimen de anoche y del banquete del inmortal Trimalción,
    de la luna entre las antenas de la televisión y de una mariposa sobre un bote de inmundicias,
    hablo de madrugadas como vuelo de garzas en la laguna y del sol de alas transparentes que se posa en los follajes de piedra de las iglesias y del gorjeo de la luz en los tallos de vidrio de los palacios,
    hablo de algunos atardeceres al comienzo del otoño, cascadas de oro incorpóreo, transfiguración de este mundo, todo pierde cuerpo, todo se queda suspenso,
    la luz piensa y cada uno de nosotros se siente pensado por esa luz reflexiva, durante un largo instante el tiempo se disipa, somos aire otra vez,
    hablo del verano y de la noche pausada que crece en el horizonte como un monte de humo que poco a poco se desmorona y cae sobre nosotros como una ola,
    reconciliación de los elementos, la noche se ha tendido y su cuerpo es un río poderoso de pronto dormido, nos mecemos en el oleaje de su respiración, la hora es palpable, la podemos tocar como un fruto,
    han encendido las luces, arden las avenidas con el fulgor del deseo, en los parques la luz eléctrica atraviesa los follajes y cae sobre nosotros una llovizna verde y fosforescente que nos ilumina sin mojarnos, los árboles murmuran, nos dicen algo,
    hay calles en penumbra que son una insinuación sonriente, no sabemos adónde van, tal vez al embarcadero de las islas perdidas,
    hablo de las estrellas sobre las altas terrazas y de las frases indescifrables que escriben en la piedra del cielo,
    hablo del chubasco rápido que azota los vidrios y humilla las arboledad, duró veinticinco minutos y ahora allá arriba hay agujeros azules y chorros de luz, el vapor sube del asfalto, los coches relucen, hay charcos donde navegan barcos de reflejos,
    hablo de nubes nómadas y de una música delgada que ilumina una habitación en un quinto piso y de un rumor de risas en mitad de la noche como agua remota que fluye entre raíces y yerbas,
    hablo del encuentro esperado con esa forma inesperada en la que encarna lo desconocido y se manifiesta a cada uno:
    ojos que son la noche que se entreabre y el día que despierta, el mar que se tiende y la llama que habla, pechos valientes: marea lunar,
    labios que dicen sésamo y el tiempo se abra y el pequeño cuarto se vuelve jardín de metamorfosis y el aire y el fuego se enlazan, la tierra y el agua se confunden,
    o es el advenimiento del instante en que allá, en aquel otro lado que es aquí mismo, la llave se cierra y el tiempo cesa de manar;
    instante del hasta aquí, fin del hipo, del quejido y del ansia, el alma pierde cuerpo y se desploma por un agujero del piso, cae en sí misma, el tiempo se ha desfondado, caminamos por un corredor sin fin, jadeamos en un arenal,
    ¿esa música se aleja o se acerca, esas luces pálidas se encienden o apagan?, canta el espacio, el tiempo se disipa: es el boqueo, es la mirada que resbala por la lisa pared, es la pared que se calla, la pared,
    hablo de nuestra historia pública y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía,
    hablo de la selva de piedra, el desierto del profeta, el hormigüero de almas, la congregación de tribus, la casa de los espejos, el laberinto de ecos,
    hablo del gran rumor que viene del fondo de los tiempos, murmullo incoherente de naciones que se juntan o dispersan, rodar de multitudes y sus armas como peñascos que se despeñan, sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la historia,
    hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida.

La Cara y el viento.

Bajo un sol inflexible
llanos ocres, colinas leonadas.
Trepé por un breñal una cuesta de cabras
hacia un lugar de escombros:
pilastras desgajadas, dioses decapitados.
A veces, centelleos subrepticios:
una culebra, alguna lagartija.
Agazapados en las piedras,
color de tinta ponzoñosa,
pueblos de bichos quebradizos.
Un patio circular, un muro hendido.
Agarrada a la tierra —nudo ciego,
árbol todo raíces— la higuera religiosa.
Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda.
Una masa borrosa sus facciones,
por las escarpaduras de su cara
subían y bajaban las hormigas.
Intacta todavía,
todavía sonrisa, la sonrisa:
golfo de claridad pacífica.
Y fui por un instante diáfano
viento que se detiene,
gira sobre sí mismo y se disipa.


Octavio Irineo Paz Lozano​ nace en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Fallece el 19 de abril de 1998. Poeta, ensayista, dramaturgo y diplomático mexicano.

lunes, 23 de marzo de 2026

EL INTERROGATORIO de Hamlet Lima Quintana.

 


EL INTERROGATORIO

de Hamlet Lima Quintana.

A veces me pregunto: ¿Cómo podrán dormir,
hacer la digestión, beber un sorbo de buen vino,
mirar a los hijos en los ojos, dar la mano?
A veces me pregunto: ¿Podrán sembrar alguna planta,
acariciar a un perro, cuidar de los ganados,
amar a sus mujeres, darle los buenos días al vecino?
A veces me pregunto: ¿Podrán contar la plata que les queda,
tener puntualidad para sus pagos, perdonar a sus deudores,
alimentar proyectos de futuro, levantar una casa?
A veces me pregunto: ¿Recordarán los nombres y las fechas,
verán algunos rostros, sabrán qué hacían los domingos,
cómo amaban la vida, cómo cantaban diariamente?
A veces me pregunto: ¿Podrán soñar de noche sin turbarse,
despertar sin tener la boca amarga, matarse la conciencia,
olvidar algún grito, quitar la sangre de sus manos?
¿Olvidarán que a algunos los lanzaron al mar
como sembrando peces doloridos,
a otros les cruzaron el pecho con las balas
hasta hacer estallar las rosas de la sangre
y a todos los cubrieron con oprobio, con torturas,
flagelaciones que duelen más allá de la muerte?
A veces me pregunto si logran el olvido.
Confieso que yo ni un solo día he dejado de pensarlo
y que exijo una forma que dignifique el alma,
provoque los regresos, devuelva algunos cuerpos,
castigue a los culpables
que así se dedicaron a prostituir la vida.

viernes, 20 de marzo de 2026

Tlatelolco 68 - Jaime Sabines México (1926 – 1999).


Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.

Habría que quitarle los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica.
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.



Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

jueves, 19 de marzo de 2026

LA PALOMA de José Coronel Urtecho.

   
LA PALOMA.
        I

Buscando qué tirar subí la loma
y en la rama florida de un espino,
que se mecía al borde del camino,
estaba, entre las flores, la paloma.
Vi su pecho cenizo, su ala ploma,
su pico pardo y su ojo purpurino
y oí su ronco canto matutino
con que saluda alegre al sol que asoma.

¡Lástima, oh Dios, que esta paloma muera!
Pero fiel cazador, corazón duro,
mano que no vacila, ojo seguro,
Tomé la mira y izas!: bala certera,
cayó a mis pies sangrando el ave herida,
batió las alas y quedó sin vida.

        II
Llorad por la paloma patacona,
cedros, robles, laureles y maderos;
llorad, tordos y mirlos y jilgueros;
flores del campo, hacedle una corona.
Por la amiga del higo y de la anona,
la que amaba la sal y los graneros,
llorad peones, compistos y vaqueros,
con la guitarra, el cuerno y la llorana.
Vedla, acechada por rapaz destino,
muerta a traición, asada en la cocina
y aquí en mi mesa en el platón de china;
Mientras, cruel cazador, frío asesino,
sin pensar en su viudo, en su palomo,
yo, con indiferencia, me la como.

José Coronel Urtecho (Granada, Nicaragua, 28 de febrero de 1906-†Los Chiles, Costa Rica, 19 de marzo de 1994) fue un poeta, traductor, ensayista, crítico.