lunes, 28 de marzo de 2016

Cuentos y relatos: La juguetería de María Rosa Giovanazzi.

La juguetería  del abuelo Marcos olía mal. Sería la mugre acumulada por los años o las  cajas cubiertas de polvo y los desechos de ratas que se apilaban en los estantes, todo marcaba su señal de abandono.
El lugar  llevaba cerrado, demasiados años. La abuela Trinidad  lo había clausurado, con total convencimiento, que  el abuelo se había agotado trabajando allí. Los juguetes, decía,  fueron los culpables de su muerte. Se refería a ellos como seres endemoniados.

Carlos entró al local e intentó encender la lámpara que colgaba de un cable,  fue imposible, seguramente habían cortado la electricidad. Fue a buscar una lámpara a pila.
Jirones de telarañas colgaban por  todos lados, le repugnaba su contacto. Sobre las paredes que alguna vez fueron blancas, la suciedad se depositaba en cada poro sobresaliente del revoque, mostrando pequeñas manchas oscuras. Con esfuerzo levantó apenas la cortina de entrada, el mecanismo estaba oxidado. Con la luz  el panorama fue más sombrío. Su caminar  removía y elevaba el polvo y hacía irrespirable el ambiente, le producía picazón de garganta y lo hacía toser. Observó los detalles del lugar y sonrió recordando los comentarios de su abuela, allí no había nada de embrujamiento.
Y pensar —se dijo— que esto fue una juguetería, un centro de alegría y diversión infantil. Hoy es la imagen de la desolación.
Desde de la muerte de su abuelo, el negocio había sido cerrado, por decisión de Trinidad, ahora ella ya no estaba  y él, su único nieto, debía  poner el local en orden y tratar de alquilarlo.
Desde uno de los estantes una pila de cajas llamó su atención; eran mecanos. Se emocionó recordando su niñez, cuanto le gustaba jugar con  sus piezas de chapa, atornillarlas y armar puentes o escaleras que no conducían a ninguna  parte. Un ratón cruzó  el mostrador de mármol, sin apuro, no advirtió su presencia o la ignoró. Descendió hasta una grieta del piso y se perdió en ella. Un ruido lo sobresaltó, a su derecha un caballito de madera comenzó a hamacarse  solo. Una  corriente de aire le cruzó la cara, está vez el escalofrío lo recorrió por entero. Varios autitos a cuerda aparecieron desde los rincones, marchaban en fila, recorrían el local, giraban y regresaban.
¿Qué está pasando?  Murmuró en voz baja al ver un mono de peluche  agitando los platillos.
—¡Basta! —gritó con tal fuerza que él mismo se sobresaltó.
Todos los juguetes parecieron entender. Silencio y  quietud.  Caminó hasta el centro del local y preguntó:
—¿Qué se proponen?
Me estoy volviendo loco —se dijo— ¿cómo puedo hablar con los juguetes?
Varios aviones de plástico se lanzaron sobre él. Levantó los brazos tratando de evitarlos, tropezó con los autitos y cayó sentado. Una flota de camiones,   bajó de la vidriera y lo llevó por delante.  Intentó levantarse, algo parecido a pequeñas piedras  cayeron sobre su cabeza, eran tanques de guerra disparando contra él. Temblaba, no sabía si de rabia o miedo.
—¡Basta! ¿Qué quieren? —grito furioso.
Los juguetes retrocedieron,  lo rodearon. Eran muchos,  demasiados, no comprendía de dónde habían salido.  Varias  muñecas rompieron sus cajas y blandiendo  paraguas lo  amenazaron.
—¿Quieren que cierre y me vaya?
El mono batió los platillos, festejando su propuesta.
Esto es una locura, se dijo, es imposible lo que estoy viviendo.
Los camiones de lata, aceleraban sus motores de juguete con  un chirrido a oxido, avanzaban y retrocedían. ¡Lo estaban amenazando!  Un grupo de soldaditos de plomo lo apuntaron con sus armas. Ahora comprendía los dichos  de su abuela y sus historias, sobre los misterios en  la juguetería. No lo pensó más.
—Está bien me voy —les dijo—  bajo la persiana y los dejo solos.
Un aullido de victoria brotó de todos los rincones de la juguetería.
¿Era cierto lo que escuchaba?
¡Está bien, me voy!
Bajó la persiana y dando la media vuela, salió por la puerta de atrás. Cerró y colocó el candado, luego  arrojó la llave, tan alta, que el reflejo del sol, la borró de su vista.

1 comentario:

Maria Rosa dijo...


Me alegra que te haya gustado el cuento de la juguetearía y gracias por compartirlo.

Un abrazo.

mariarosa