lunes, 18 de agosto de 2014

Lluvia en la ventana. Julio Cortázar y mayor obra: “Rayuela” por María Giovanazzi.

Se cumplen cien años del nacimiento de Julio Cortázar y cincuenta de su mayor obra; “Rayuela”.
“Lluvia sobre la ventana” intenta ser un humilde homenaje a su autor y a tan bella obra.

El tiempo ha pasado y de París y de Horacio Oliveira, me ha quedado sólo  el recuerdo de su paso por mi vida, años locos, vividos con intensidad. Lo conocí en una de las tantas reuniones que se realizaban en el bar del griego, un local con intenciones de confitería fina, que nunca llegó a serlo. Se armaban mesas de discusión sobre cualquier tema, la independencia de Argelia era casi un hecho y nosotros  dejábamos caer opiniones con la inconsciencia del que no vive en la opresión y habla por hablar. Sartre era una utopía con sus frases memorables que deshilábamos,  palabra a palabra, letra a letra y entre esa locura, ella, La Maga, estaba siempre presente,  pegada a Oliveira, mirándolo con la adoración de una mujer enamorada.
Algo sucedió entre ellos de lo que no me enteré. Debí viajar a Buenos Aires y al regresar, La Maga ya no estaba con Horacio, había desaparecido de su vida.
Las calles parisinas se convirtieron en una pasión para Horacio, las recorría buscando a su amor, era un loco más en el camino; la felicidad.
Alguna tarde al encontrarlo, sólo hablaba de ella:
” ¿Y por qué no, por qué no voy buscar a la Maga? La lluvia en la ventana parece decir su nombre  con el repiqueteo del agua sobre  el vidrio y entonces me desespero y salgo a recorrer las calles y grito su nombre y sólo escucho la lluvia. Tantas veces me había bastado asomarme  por la rue de Seine y llegar al arco que da al Quai de Conti, para ver  la luz de ceniza y oliva que flota sobre el río, y desde allí la veía llegar,  su silueta delgada se destacaba en el Pont des Arts y nos íbamos por ahí, a la caza de sombras, a comer papas fritas, a besarnos junto a las barcazas del canal Saint-Martin. Con ella yo sentía crecer un aire nuevo, los signos fabulosos del atardecer o esa manera como las cosas se dibujaban cuando ella iluminaba todo con su sonrisa”.

Pero La Maga nunca apareció y  Horacio  se transformó en una sucesión de quimeras rotas e ilusiones pedidas.  Como La Maga, él se perdió de los bares parisinos, quién sabe en qué ruta o tal vez, sin que nosotros lo supiéramos, ellos, sí se encontraron y son seguramente alguna de esas parejas, que eternamente jóvenes pasean todas las tardes a orillas del Sena.

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1 comentario:

mariarosa dijo...

Què puedo decirte; Muchas gracias.

Es un cuento de esos que nacen solos y que parece que el teclado va formando las palabras. debe ser la admiración que siento por Cortazar el que me hizo imaginar esta historia. Gracias Guillermo.


mariarosa